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Se muestran los artículos pertenecientes a Octubre de 2014.

Teresa Romero. Sobre la irracionalidad y la empatia en una sola moneda

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Desde que empezó la crisis del Ébola en España, mucha agua ha corrido bajo el puente. A mediados de Agosto y en Septiembre respectivamente, fueron trasladados desde Africa dos misioneros españoles contagiados por esa enfermedad. Ambos fueron internados improvisadamente en el hospital Carlos III de Madrid, en donde fallecieron a poco llegar. Otrora un gran centro de investigación de enfermedades infecciosas y tropicales, ese servicio de salud ya estaba siendo desmantelado gracias a la política neoliberal del gobierno de Rajoy, impuesta por la Troika y aceptada en su totalidad y sin rechistar por el gobierno derechista español. A la sazón, el Carlos III no cuenta ni con el diez por ciento de su personal activo. 

Una de las auxiliares de enfermeria que se ocupó de cuidar a los dos misioneros fue Teresa Romero - nombre ya conocido por la opinión pública - la que fue contagiada por el virus del Ébola en algún momento al cumplir sus labores, sin que se haya determinado con exactitud cómo y cuando se produjo, y ha sido la primera victima de esta terrible enfermedad que se contagia fuera de Africa y la primera en Europa.

El "caso" de Teresa se ha transformado en una pugna tecnocrática, burocrática y de politicastros de cuello y corbata con el desvergonzado Javier Rodriguez - Consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid - a la cabeza y con la incompetencia de Ana Mato que sustenta el irónico titulo de ministra de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, a escasos milimetros del primero. Todos y cada uno intenta sacar ventaja política del drama que está viviendo Teresa, aislada en una sala improvisada del Carlos III de Madrid.

Es por eso reconfortante leer una carta que Ana de Pablo, médico especialista en Medicina Intensiva y máster en Bioética, le escribió Teresa Romero. En su sincera misiva, publicada en su blog, Ana se pone en la piel de la enfermera e intenta averiguar cómo se siente recluida entre las cuatro paredes de su habitación en ese hospital.

La carta se está difundiendo por las redes sociales y está conmoviendo a la opinión pública, muy sensibilizada con este tema.

Desde Estocolmo, un fuerte abrazo solidario y lleno de empatia, Teresa! Ya te has transformado en un simbolo de la lucha por la Vida y del pensamiento Humanitario!

Ahí va la misiva:

"Querida Teresa:

No sé si algún día leerás esta carta, en el mundo digital nunca se sabe. He decidido escribirte porque, entre todo lo que he leído sobre el Ébola, me falta algo. Sé muchas cosas sobre ti (que no se deberían haber publicado), tengo cierta idea de lo que pasó (hay tantas contradicciones...) pero aún no he encontrado a casi nadie que se preocupe de lo que verdaderamente importa: tú.

No he visto a nadie ponerse en tu lugar. Yo lo intento y me imagino tu miedo al ponerte el traje por primera vez, sin casi formación. Me imagino tu angustia cada vez que te ponías el termómetro. Tu indefensión cuando, desde salud laboral, quitaban importancia a tu malestar. Imagino tu intranquilidad pensando que has podido contagiar a otros. Tu angustia intentando revivir qué pudo salir mal. Tu enfado al ver como tu "quizá me rocé al quitarme el guante, porque es lo más crítico" se convierte en un "confiesa que se tocó la cara". Como si hubieras estado jugando a la ruleta rusa en vez de atendiendo a un paciente de alto riesgo biológico.

Imagino tu soledad en esa habitación de aislamiento, la pena por tu perrillo que no has podido compartir con nadie. La rabia cuando veas cómo los de arriba te abandonan y te convierten en arma política, en ocasión de conservar o no su poder.

Me siento muy identificada contigo, porque a mí tampoco me ha enseñado nadie a ponerme el traje de seguridad. Es más, en mi hospital no hay monos, solo batas impermeables y mascarillas, que dejan muchas zonas expuestas. Y las respuestas de los responsables son deplorables. Me imagino tu indignación al pensar que tu desgraciado contagio ni siquiera va a servir para que se revisen los protocolos y se mejore la formación, para proteger a tus compañeros.

No salgo de mi asombro cuando oigo cómo los que te han puesto en riesgo por la improvisación, por los déficits en gestión, por un protocolo que reconocen erróneo, por no asegurar que alguien te supervisara y ayudara a quitar el traje, quieren ahora culpabilizarte y lavarse las manos. No sé cómo te contagiaste. No sé qué pasó en el centro de salud y en Urgencias, no sé si tardaste en avisar de tu contacto con el virus, pero nunca se me ocurrirá juzgarte. Tu nivel de angustia en ese momento podría haberte llevado a hacer cualquier cosa. Quizá tenías miedo de que te remitieran de nuevo al Carlos III, a ese servicio de salud laboral que no te hacía demasiado caso. No lo sé. Solo sé que te contagiaste haciendo tu trabajo, ese trabajo tan bonito que tiene un solo nombre: CUIDAR. Que quizá llevaste un poco de consuelo a los últimos momentos de los misioneros fallecidos. Que debes estar orgullosa de tu profesión, aunque te haya puesto en riesgo.

Cuídate, Teresa. No hagas caso a todas las tonterías que se han dicho y que se seguirán diciendo. Cuentas con el apoyo de tus compañeros. Con el de todos lo sanitarios, que admiramos tu valor al exponerte al contagio. Confía en los cuidados y la atención de los profesionales, que son lo mejor de este maltrecho sistema sanitario. Ojalá todo salga bien. Te esperamos en unos meses para celebrar tu curación, quizá en una nueva Marea Blanca. Ánimo, Teresa. No estás sola".

 

Comentarios a:

guillermo_suecia@hotmail.com 

La máquina de coser, la metafísica de la existencia o apocalipsis‏

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El subconsciente,
lloraba sus silencios,
regresábamos una vez más
de nuestras últimas muertes;
éramos los pobres de la tierra, 
los
piches,
los sin
patrias.
la materia prima,
los que no conocen el discurso,
los equivocados
los que todos los días,
como todas las noches,
teníamos las estrellas cambiadas,
éramos..., de izquierdas,
de derechas, del presente,
del pasado.
Los desheredados,
los que perdimos las batallas,
los presos, los torturados,
los torturadores,
los que sufríamos el hambre
mendigando.
Eramos, nuestra muerte anunciada.
la fotografía de nuestro cadaver,
la hoja inmoral de la noticia,
la tumba común que estaba preparada.

Fue el olor de tu piel y tu mirada,
que nos retenía en esta vida,
el milagro de tus intenciones,
nuestra desesperada necesidad de proyecciones,
tu abnegada continuidad,
tu frescura de río, de agua clara,
tu luz, la flor de loto,
tu mano repartiendo sandía abierta en el desierto,
tus noches de esperas y de sueños.

Hemos muerto tantas veces,
pasos directos hacia lo incierto,
hacia la noche, con o sin estrellas,
portando la llave del regreso,
tu voz fue la caricia,
tu voz el hilo tenue de energía,
río largo del encuentro,
la playa, devolviéndonos la vida,
la dignidad como preámbulo,
largo camino de la LIBERTAD,
que se ganó su premio, caminando.

Qué sería una avenida sin palabras.
sin la grafía hecha cartel, neón
aviso...., llamado de atención,
invocaciones al grito o al silencio,
un libro escrito en blanco,
la biblioteca sin catálogos,
la voz del orador que no se escucha,
vos y yo cruzando la avenida
con los semáforos apagados.
la frenada inquieta de los autos,
el desagradable olor a amianto,
la mirada furtiva de los ciegos,
la voz sorda de los que nos gritan,
y nosotros, ajenos, contemplando
una ciudad sin cielo, techos sin casas,
plazas sin niños,
que no tienen monumentos,
donde los peces sin bozal, 
mean en los rincones de los perros.
Y vos seguís cosiendo,
Arrimandohilocolorado,
apretando un pedal desenfrenado,
y me seguís contando el sueño:
- pájaros sin alas, arrastrando
el castigo de no creer en los ocasos,
de no guardar para mañana,
de bañarse donde el mar
no tiene agua.
 

Y me preguntás por la querencia,
aquel planeta, que un día habitamos,
por los caminos cortos y los caminos largos,
por las palmeras, que emigraron todas
cuando la bomba de napal y uranio
hizo saltar de golpe el mercurio
de todos los controles y aparatos.
El tacataca de la máquina,
la cortina con un nuevo diseño,
las luces malas de la alfombra,
la araña del techo, tantendo, desconfiada,
sabe del radón, que decora la casa,
los caracoles ya no van a las plantas,
los ríos buscan desesperados sus aguas.
De las selvas, hay solo fotografías quemadas
y de lo que nos va quedando,
un cemento que se multiplicó de a rato
por toda la superficie plana
convertida en gran zona de estacionamiento.
Quedaban recuerdos,
vaga memoria confundida,
si había habido beduínos,
si quedaban indios en las pampas,
si los tigres eran gatos inflados,
si los helechos habían existido,
y si quedaba del llamado hombre,
algún triste esqueleto.
Mientras ronroneabas la máquina,
hablabas de la cueva, del comienzo
del miedo a todo, cuando el miedo no existía,
cuando no existía la existencia,
realizarse una abstración sin realizantes,
y tu abuela corriendo la roca de la puerta,
nos preguntaba:- ¿Qué comemos mañana?

Héctor Díaz, desde la galaxia 0 321
años galáticos, después que la estrella-sol
se nos muriera.

 


 

 



ENTREVISTA EXCLUSIVA A TERESA ROMERO

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’Avisé en el centro de salud de que había cuidado a los misioneros’

  • ELMUNDO.es entrevista en exclusiva a Teresa Romero, primera contagiada de ébola fuera de África, desde el aislamiento del Hospital Carlos III, ya superado el virus mortal
  • ’En ningún momento he reconocido que me tocara con el guante en la cara’, asegura
  • ’La muerte de Excálibur me parece un asesinato’, asevera
  • ’Estuve 50 minutos en la habitación limpiando y nadie me avisó para que saliera. Aquel día, no sé por qué, no había supervisor. Doblar el colchón fue difícil’, explica

 

 

Si una imagen vale más que mil palabras, la sonrisa sobre estas líneas más aún: se trata de la primera fotografía que se publica de la auxiliar Teresa Romero, la primera contagiada de ébola fuera de África, tras vencer al virus.

Pero están las palabras: en esta entrevista exclusiva, una semana después de superar el trance, Romero niega haber cometido errores al contagiarse, rechaza haberse tocado con un guante y asegura que avisó en el centro de salud, cinco días antes de su hospitalización, de que había tratado a los misioneros del ébola. Pero, sobre todo, sonríe.

Teresa, sabes que has estado... Vamos, que se puede decir que has vuelto a nacer, ¿no?

He vuelto a nacer, es cierto.

¿Y lo sientes, Teresa?

Y lo siento, y lo siento así.

¿Sabes que la gente, fuera, está muy pendiente de ti, no?

Pues no te puedo decir, porque llevo muchísimos días sin salir a la calle, no te puedo decir cómo está la calle.

Claro, pero sabes que la gente te tiene mucho cariño porque has superado una enfermedad que causa mucho miedo, ¿no?

Bueno, pues se pasa mal. ¡Qué voy a decir!

¿Qué recuerdas de los momentos más complicados? Tú misma le decías a tus compañeros cómo tenían que asistirte, cómo tratarte, ¿verdad?

Bueno, yo no sé ni lo que les decía. Yo les decía que estaba muy mal, que no estaba muy bien, que me encontraba fatal, que me encontraba mal. Y, bueno, que estuvieran tranquilos...

¿Y quién crees que tiene la responsabilidad de que tú te contagiaras?

La responsabilidad... No lo sé.

¿Tú crees que la tienes tú?

Yo creo que no, no la tengo yo. ¡Cómo voy a ir a contagiarme el ébola a posta!

Obviamente.

Obviamente.

El nombre de la mujer más buscada de España lleva un mes monopolizando telediarios, temores y conversaciones de bar.

El cuerpo de Teresa Romero estaba en proceso de desmantelamiento por culpa de «el bicho», como lo llama su marido,que este lunes salió al fin de la cuarentena, cuando la mujer, de 44 años, llegó al Hospital de Alcorcón al grito de «cuidado, que creo que puedo tener ébola».

Era el lunes 6 de octubre. Desde entonces, Romero ha estado en todas partes, pero realmente en ninguna, más allá de su pelea a vida o muerte en un cama del Hospital Carlos III, rodeada de astronautasvestidos de «pollo», como llama ella a los trajes de protección amarillos.

En los peores días, hizo entrevistas -la primera, en EL MUNDO- que ahora, asegura, ni siquiera recuerda haber hecho. La lucha con el virus no le dejaba ni un gramo de fuerza para recordar, casi ni para respirar: su respiración, trabajosa, aterrorizaba más que angustiaba al otro lado de la línea.

Su responsabilidad en el contagio

Contestando con monosílabos, Teresa (porque así, por su nombre, la comenzó a conocer la opinión pública) apenas esbozó un discurso dudoso sobre la responsabilidad de su contagio de ébola, el primero de la Historia fuera de África, nada más y nada menos.

Tras asegurar a este diario con voz cansada que no tenía ni idea de cómo se había contagiado, en otros dos medios sí dejó entrever la posibilidad de que se hubiera tocado con un guante en la cara.

Entonces Teresa apenas podía hablar, pero la versión oficial de su muerte parecía establecida: se tocó con un guante en la cara y, apuntó el consejero madrileño de Sanidad, Javier Rodrígueztal vez «mintió» sobre su fiebre.

Aquellas declaraciones tuvieron lugar un día antes de la fecha fatídica: el jueves 9, un fallo multiorgánico parecía llevársela al otro barrio (una radio lo aseguró) con la culpa del contagio, mediáticamente, bien adosada en su chepa.

Todo parecía atado... Y sin embargo, aquí tenemos a Romero un mes después, vivita, coleando -los médicos no saben exactamente cuál de las terapias utilizadas la salvó- y sobre todo hablando. Diciendo que no, que no recuerda haber cometido ningún error, y que si pasó demasiado tiempo en la habitación del segundo misionero fue porque nadie la avisó.

EL MUNDO publica hoy, en exclusiva, su primera entrevista tras vencer al ébola. Ella contesta enérgica. Viva. Y escuchar sus palabras emociona al más pintado.

Teresa, haz memoria. ¿Recuerdas haber cometido algún error en la dichosa habitación?

No, yo hice el protocolo como lo hacemos aquí habitualmente.

¿En algún momento recuerdas haber reconocido que te tocaste la cara con un guante?

¿Si en algún momento lo he reconocido? No, no, en ningún momento lo he reconocido.

¿Y por qué ha salido entonces publicado que sí lo has reconocido?

Pues no lo sé.

¿No te acuerdas de nada, de que fueras entrevistada?

La verdad, no me acuerdo.

Entonces, ¿por qué se ha brá producido el contagio?

Pues no lo sé. Yo no lo sé, qué te crees, que si sé... Pues no... ¿Si sé cómo se produjo el contagio estoy ahí? ¿Producirme el contagio a mí misma?

¿Tú dijiste en el centro de Salud que habías tratado a pacientes con ébola?

Sí.

Vale, muy bien. ¿El médico qué te dijo?

¿Que qué me dijo? Pues me mandó paracetamol [un medicamento que enmascara los síntomas del ébola y retrasa, a veces mortalmente, el diagnóstico de la enfermedad].

Teresa, esto es muy importante: ¿seguro que le dijiste al médico del centro de salud Laín Entralgo que habías tratado a los misioneros del ébola?

Sí, sí.

¿Y él no lo tomó en consideración para ponerte en cuarentena, simplemente te recetó paracetamol?

Sí, nada más.

La Comunidad de Madrid ha sostenido desde un principio que Romero no dijo en atención primaria, seis días antes de su definitiva hospitalización, que había tratado a los dos misioneros españoles que murieron de ébola en el Carlos III.

Su marido, Javier Limón, ya aseguró a este diario el pasado domingo que, a la pregunta aquel mismo día de si había avisado en el centro de salud, ella le había respondido afirmativamente. Ayer Teresa lo corroboraba a este diario. Pero volvamos al momento clave: el del contagio.

¿Puede ser que estuvieras el último día en la habitación del misionero 50 minutos?

Sí puede ser, sí.

¿Y por qué estuviste tanto tiempo, Teresa?

Porque hubo que recoger, el fallecido ya se había ido, hubo que recoger toda la habitación y el colchón hubo que doblarlo y hubo que precintarlo.

¿Lo del colchón sí que fue difícil, no?

Lo del colchón fue... Pues claro, éramos tres chicas... Pues sí fue un poco... Tardamos bastante tiempo, me refiero.

¿No había alguien, un supervisor, viéndoos, para avisaros de que estábais demasiado tiempo allí?

La verdad es que nadie nos avisó.

¿Pero habitualmente sí había un supervisor allí?

Habitualmente siempre lo hay, sí. Siempre lo hay.

¿Y por qué ese día no?

Ese día ya no estaba el fallecido, o sea, ya no estaba el misionero, perdón... Pues ya no lo sé, no te lo puedo decir por qué estaba o no estaba, yo sé que estaba a mi trabajo.

Tú te pones a hacer tu trabajo y a ti te tienen que avisar de que tienes que parar, ¿no? ¿Te sentiste cansada en aquel momento, esos 50 minutos que estuviste en la habitación?

Un poco agobiada sí, pero cansada no.

Porque con el traje se suda mucho, ¿no?

Sí se suda, sí. Bastante agobiada, bastante.

Durante todo ese tiempo, esa semana antes de que fuérais al hospital, tú estuviste tomándote la fiebre...

Sí.

¿Y fuiste tomando nota?

Sí lo hice. Sí lo tengo apuntado en el teléfono. Yo creo que sí, que lo tengo, si no se ha borrado, sí, lo tengo apuntado en el teléfono.

Esta entrevista, realizada por teléfono (no se la puede visitar aún), se realizó a la tercera tentativa. Las dos primeras fueron, además de periodísticamente frustrantes, desoladoras para los implicados: Teresa, recién vencida la enfermedad, pero todavía con virus muertos en sus fluidos corporales -y por tanto aún aislada en presión negativa-, sólo era capaz de articular un largo y sinuoso lamento, apenas un grito.

Toda la tensión de quien acaba de bailar con la muerte, y vuelve a aterrizar exhausto en la vida, se le vino encima. Y le acababan de comunicar la muerte -la «ejecución», dice su marido- de su perro, Exkálibur (así, con k).

Contemos ahora una interioridad: Teresa y Javier se llaman entre ellos «guapo, guapo» (ella a él, pero también él a ella) porque así llamaban a su American Stanford, que no sólo era su «hijo adoptivo»: fue también, durante 10 años, un sólido vínculo emocional entre ellos.

Teresa, a Exkálibur sí que se lo llevó el ébola...

Me parece un asesinato.

¿Quieres que se pidan responsabilidades por su muerte?

Claro que quiero, por supuesto.

Explícalo mejor, por favor.

¿Qué lo explique mejor? Porque a ver, que el animal es inocente, qué culpa tiene el animal que está en casa tranquilo y tienen que venir a cogerle y asesinar al perro...

¿Y el consejero de Sanidad de Madrid?

Es un irresponsable.

Renacida en apenas cuatro días -este periodista ha podido comprobar en imágenes la evolución de su aspecto, cómo ha ido ganando peso, luz y sonrisa-, a Teresa y también a Javier les preocupa especialmente la avalancha mediática que se les viene, muy probablemente, encima.

Un vago eco de ese interés ya les ha ido llegando en el mismo hospital en el que ella trabaja, y al que la crisis estaba golpeando especialmente hasta que, paradojas de la vida, lo revivió el ébola: «Sí era difícil trabajar aquí así, sí», dice.

¿Has notado el cariño de tus compañeros estos días?

Hombre, por supuesto, je, je, je... Lo que más.

¿Qué te dicen?

¿Qué me dicen? Pues muchos ánimos, y que a ver si se quitan los trajes amarillos para darme abrazos y besos, y venga, y venga y ánimos y ánimos... Y me traen de todo, y «¿Qué necesitas?», y así, bueno, es increíble. Yo agradecida hasta la muerte. Estoy muy emocionada. Lo peor ha sido lo del perro.

Claro, pero cuando salgas habrá que darle un sucesor a ’Exkálibur’, ¿no?

Yo quería un perrito, sí. A ver, buscarme uno.

Y ahí interviene, no lo puede evitar, Javier: «¡Una Exkalubita!». Y Teresa Romero se ríe, y todo vuelve a empezar.

El Mundo.es

 


 

Y hoy se llevan colchones nevera y sofá del piso de Alcorcón

Y casi cinco semanas después, los servicios de desinfección de la Comunidad de Madrid pasarán hoy por el piso de Teresa Romero y Javier Limón, en la Avenida del Pinar de Alcorcón, para terminar de desinfectar el apartamento, cerrado a cal y canto desde que se llevaran de allí al perro Exkálibur y lo sacrificaran después de limpiar las zonas comunes del edificio, el número 35, en cuyo 6ºA vive la pareja. De hecho, Limón firmaba hace escasos días el permiso para que las autoridades penetren hoy mismo en el lugar, y se lleven los enseres que más preocupan desde el punto de vista bacteriológico y de otro posible contagio. Estos son, más concretamente, el sofá desde el que la pareja veía la TV, los dos colchones de las dos habitaciones y la nevera, a la que iban a parar alimentos y posibles rastros de virus. Esta vez no se ha necesitado una orden judicial para que los servicios de desinfección, que ya sembraron la inquietud en el lugar hace un mes, entren en la casa: el propio Limón lo ha autorizado, y ayer mismo se planteaba entrar él también con sus efectivos por un motivo: en la cocina se quedó el informe realizado por el primer médico que vio a Romero aquella aciaga madrugada del 6 de octubre. Javier Limón, que salió del Hospital Carlos III sin su historial médico pese a haberlo solicitado, y que sopesa demandar a las autoridades sanitarias por el contagio, temía que el documento de la cocina desapareciera misteriosamente de un apartamento que, por motivos ajenos a él, tardará un tiempo en volver a ser suyo.

 


 

'Bebo agua para llenar la tripa'

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Benita Martínez, en la furgoneta donde duerme con su marido y su hijo. A. DI LOLLI

Benita, su marido y su hijo duermen en una furgoneta y comen si hay suerte

Hay noches en que Benita se mete en la furgoneta sin cenar. Rocía bien con insecticida esta suite de la pobreza llena de bichos molestones, se echa a un lado del colchón para dejar sitio a su marido y se encoge un poco porque su hijo está a punto de tumbarse a los pies de ambos. Entonces Benita se acurruca contra la ventanilla de la derecha y reza para que no llueva porque las camionetas de los pobres son un óxido de goteras, un confort de ranuras, vehículos con hielo acondicionado.

- ¿Tú pasas hambre, Benita?

Y Benita Martínez, 49 años, tres durmiendo en un furgón, enferma social y pulmonar, profesional de la chatarra, analfabeta y limpia, se queda un momento mirando al suelo mientras acaricia una escopetita de plástico rellena de bolines de anís para su nieto que ha encontrado en una bolsa de basura.

- A veces me acuesto sin cenar y el estómago hace glú, glú, glú. Bebo un poco de agua y así echo algo en la tripa. Y pienso: ’¿Mañana comeré?’. Mira, yo sé lo que es el hambre. Pero también sé que durmiendo se pasa.

Estamos en Las Barranquillas, un mundo olvidado que fue primero un país de casitas, luego se convirtió en el mayor mercado de droga de Europa y ahora es los restos de aquello, un estado fallido de chapa, ratas, barro y personas con las uñas sucias. Estamos a 20 minutos del Congreso de los Diputados, de la CEOE, de las sedes de los sindicatos, del Banco de España... Seamos demagógicos.

Benita tiene interiorizada la pobreza. Lleva tanto tiempo a ras de suelo que esa palabra ocupa su vocabulario como una invasión. «Yo antes vivía bien y ahora soy una vagabunda y tengo una historia. Todos los vagabundos tienen una historia. Lo que pasa es que no hablan. La pobreza te hace callar. Pero yo no me callo».

A su marido le dieron un dinero por la casa que tenían aquí, pero el piso de alquiler se llevó la pasta. Igual influyó el gasto de meter a cuatro hijos, dos nietos y un yerno, gente en paro que al menos duerme bajo techo. A cambio, Benita, su esposo y un hijo se vinieron al suelo.

La exclusión, la ansiedad y la enfermedad pulmonar obstructiva crónica le dieron a Benita 56 puntos en la ruleta de las pensiones no contributivas por discapacidad, un concurso que se gana con 65. Pasa palabra. Ahora ha pedido los 426 euros de la Renta Mínima de Inserción, «una ayuda que tarda en concederse un año y medio», dice Cuarto Mundo, el colectivo que ayuda a Benita y a tantasBenitas a saberse humanas.

«El cielo es mi manta», dice ella, sentada en la silla de los amaneceres. «Me levanto a las cinco de la mañana, cuando ya no aguanto el frío ni el dolor de huesos. Salgo de la furgoneta y me siento a ver amanecer».

La silla está frente a una pila de hierros, lavadoras rotas y maderas. Hay un arcón frigorífico oxidado que la familia usa como chimenea y un chamizo para huir del clima. La casa mágica, lo llama Benita. Está construido con somieres verticales y tiene un techo que se vuela con el viento. Cuando hace frío, colocan un bidón con agujeritos y leña, lo encienden y se apiñan junto a él. «Si no fuera por el humo estaríamos bien».

Por las mañanas, Benita busca en la basura de otros. Vuelve con comida, a veces envasada y a tiempo, a veces caducada, y a veces suelta. «Abrimos las botellas de leche y usamos la que no esté pasada. Cuando sólo tenemos una, nos aguantamos. Pido a la gente que no rompa los paquetes de comida que tira porque se pudre. Y huele mal». Hoy hay panceta, dos lonchas en bocata para cada uno. Benita las fríe en una cocina con campana extractora infinita: el cielo. El gas es de una bombona regalada, como la ropa, hurgada de entre las cosas que una empresa descarga a 50 metros de esta finca deLos Nadie. «Es ropa de los muertos. Yo la lavo y me la pongo».

Las horas de la pobreza duran más que las otras. Aquí no hay más entretenimiento que distraer el hambre y pensar en el dinero. En eso la pobreza es igualita que la riqueza.

Benita habla de dinero en minúscula, como si contara su vida con los euros de una mano. Un día 20, alguno menos, muchos ninguno... La chatarra. Cuando la empresa vuelca su carga, Benita se acerca a trabajar el montón. Hay muebles, neveras, lámparas, maderas... Los metales sirven de chatarra, pero muchos hay que separarlos a base de fuego.

Y entonces, al llegar la noche, Benita enciende una pira y deja que las llamas fundan lo que no le sirve y dejen libre el hierro de sus euros, el esqueleto de su abundancia.

 


77% sin empleo, 61% sin casa...

El informe de Cáritas cuenta que de los 12 millones de personas empobrecidas, el 77% sufre exclusión del empleo, el 61% exclusión de la vivienda y el 46% exclusión de la salud. El texto, muy crítico con lo hecho por los poderes públicos, pide que se revisen las políticas contra la pobreza de los últimos años y plantea «priorizar la atención a los fenómenos de exclusión y pobreza severa». «Deben ir primero los que peor están. Es una cuestión de derechos humanos porque la pobreza severa es un atentado directo a la dignidad de las personas. Y además, la expansión de estas situaciones cuestiona la sostenibilidad social».


 

El perro que baila flamenco

A veces la vida nos depara sorpresas desagradables, otras veces agradables. Esto que les presento a continuación, pertenece a una de las últimas. Y es que a veces, el buen humor nos hace olvidar por un instánte la inmundicia de sociedad en que nos ha acorralado el capitalismo globalizante y su hija putativa, el neoliberalismo. Y como una suerte de terapia paliativa nos ofrece un respiro, aunque no sea más que ayudado por un respirador artificial.

Obviemos entonces por algunos instántes esa engorrosa realidad, y disfrutemos de la delicia de un baile flamenco llevada a cabo por un perro. Animal que, sin duda alguna, baila esa danza española mucho mejor que yo.

Disfrutenla que es fantástica! Y un fuerte abrazo para todos desde Estocolmo, la capital del reino de juguete sueco.

Comentarios a:

guillermo_suecia@hotmail.com



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