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Remembranzas insólitas

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Desde su punto inicial se traslado al cuarto de fumar. Cuando llego a su destino prendió un cigarrillo el cual seria, según su manera de ver las cosas a muchas horas ya de la génesis, el ultimo de la noche o el primero de la mañana. Dependiendo esa dualidad horaria de si el acontecer de esos hechos memorables se miraban desde el comienzo hasta el final, o desde lo finito hasta sus embriones.

Pero cualquiera que fuese el prisma a través del cual se mirase ese quehacer cotidiano de vivir por inercia, el cielo estaba más oscuro que bostezo de viejo desdentado y sin amígdalas, en el momento ese en que la mayoría de los seres por allí esparcidos dormían apacible sueño de niños aun sin deudas financieras, porque de las otras ya la religión los tenia atiborrados.  Las siluetas de los árboles más cercanos a su ventana parecían esqueletos despojados de sus pellejos boscosos y lo único que se distinguía en ese universo fugaz y opaco, era la carretera que pasaba por debajo del edificio que habitaba. Las amarillentas luces artificiales que la bordeaban la hacían ver como una gran lengua de asfalto gris por la cual se desplazaba uno que otro vehículo confundido, en busca de alguna meta a la que llegar.

Levantó la vista para tratar de distinguir la silueta del rocoso cerro que cortaba en dos mitades casi exactas el horizonte que se visualizaba a la luz del día, pero solo pudo deducir donde estaba gracias a los dos focos con destellos intermitentes que se encontraban sobre su lomo, y que con toda seguridad estaban allí para prevenir a peregrinos nocturnos que por allí no era aconsejable concebir ideales, sin el riesgo de romperse el pescuezo. Y ahora se estaba dando cuenta que esos focos no cesaban nunca en su centellar, sino que siempre estaban allí pestañeando su furioso orden de árbol navideño, y hasta recordaba haber visto sus luminosidades reflejándose en una de las blancas paredes del departamento que limitaban su estampa en este mundo tan grotesco y hostil.

Abrió la ventana para comprobar si el frio era tan ardiente así como lo describían los poetas, pero lo único que consiguió con ese gesto de suspicacia hereje fue permitir la entrada a su morada transitoria de quien sabe cuantos recuerdos que, como espermatozoides impetuosos tratando de entrar al óvulo fecundo, revoloteaban por ahí esperando petrificarse para siempre en cualquier refugio que se abriese una noche oscura de invierno a las dos de la mañana. O de la noche.

Aspiró lo ultimo del cigarrillo cuya substancia ya reposaba en sus pulmones generosos y cuyos restos se aprestaba a arrojar al vacio, como sacrificio ofrecido a dioses de religiones idólatras. Lo sujetó entre el pulgar y el fuck you y lo disparó al aire. El circulo que el agonizante pitillo dibujó en el espacio, semejó piedra de catapulta cruzando plazas y mercados para sobrepasar murallas sarracenas, y al chocar con los escombros de un arbusto semipelado, se rompió en cientos de centellas cual fuego artificial de involuntario cambio de año.

Cerró la ventana sin atender que le aprisionó la cola a una evocación que pretendía entrar a sus dominios privados, cual ilegal franqueando fronteras europeas. Tampoco escuchó el quejido de dolor y angustia  que soltó la reminiscencia al ver su cola rebanada en dos, dejando una de sus mitades en su presente y la otra en su pasado.

Y cuando se dirigía a sus aposentos tibios comprobó con algo de sorpresa (o seria miedo?) que la luz de la lámpara que había dejado prendida cuando tomó la poco sabia decisión de ir a fumar, estaba extinta. “Mierda!” dijo en voz alta, más como para amedrentar lo desconocido que por la sorpresa que aquel hecho le causaba, y con pasos de ciego prudente y receloso se dirigió a la cama. Cuando llegó a destino, sin preocuparse siquiera de empelotarse se sumergió entre sabanas y frazadas desordenadas y una vez bajo la seguridad que le ofrecía ese amparo infantil, aventuró sacar una mano para investigar con ella el porqué del silencio de su lámpara nocturna. Alcanzó el interruptor, lo pulsó con rapidez para evitar el roce con algo oculto y misterioso (como un recuerdo con cola cercenada, tal vez?) pero la oscuridad siguió reinando a su alrededor. “Qué pasa?” se preguntó en silencio al tiempo que ya desbocado y con perlas de adrenalina nauseabunda adornando su amplia frente de pensador arruinado, prendía y apagaba esa luz artificial que le estaba ocasionando una pesadilla sin siquiera haber abierto los ojos para volverlos a cerrar.

Escondió rápidamente su mano, cobijándola bajo las mantas de su cama y se quedó tan quieto como el rigor mortis. Y como intentando pagar pecados que nunca había cometido pero que había heredado por genes e historia, improvisó un ruego pagano para acallar los remordimientos que ahora, ya viejo y con menos pelos que los que portaba en su adolescencia, carcomían su consciencia, al acordarse de todas las veces que había engañado a amantes, esposas legales y prostitutas :

Cuándo y porqué te dejé de amar? No me acuerdo!

Tal vez fue cuando la luna se cansó de esperar mis besos románticos

bajo su luz azulada y cerró sus rayos a un sendero que ya no iluminaba?

O fue quizás cuando dejé de encontrarle gusto a tu comida?

O a lo mejor cuando abusé de tu generosidad y bebí un cuarto más de lo debido del cognac que tu abuelo tenia reservado solo para navidades y fiestas de guardar?

O acaso cuando en vez de besar tu boca, besé la de tu prima en visita?
O seria aquella vez que en vez de lavar mis calcetines, lavaste los del vecino?

Y repitiendo esa plegaria hasta que los arcaísmos de su contenido comenzaron a perder sentido, entremezclándose antojadizamente en las frases iniciales, se dio cuenta que sin saber cómo, repetía una y otra vez “tal vez fue cuando la mesa se cansó de palpar mis pasos rastreros” en vez de Tal vez fue cuando la luna se cansó de esperar mis besos románticos.

Y ya con la certeza de que ni pasos rastreros ni romanticismos escasos eran cosas que le acontecían, dio un manotazo a la lámpara situada sobre su velador, espantando a uno de los recuerdos que algo le quería murmurar en su oreja derecha, estrellándola contra el frio piso de su alcoba temperada por gases naturales, y logró lo memorable de esta historia algo sin sentido, a saber: dormir por primera vez en su vida de adulto con los ojos cerrados, y respirando con ritmo pausado y regular. Como gato enrollado en acordes de un blues nostálgico y maravilloso.

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Pensando

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En la suela de mis zapatos

mal habidos,

tantos kilómetros hechos

 a destajo,

persiguiendo la nada,

pensando en el comienzo

en el ocaso.

Enroscándome en la muerte,

en la nostalgia de la garúa,

en la letra imaginaria de algún tango,

en algún amor entreverado,

en el arminio de la luna  sumisa,

que se esconde entre las nubes negras,

de las más negras tormentas

de otros tiempos.

 

Desprolijos  botines viejos

te imaginabas estar en tantas guerras,

con otros zapatos mal habidos,

en otros bailes de milonga y canto,

en otros encuentros de bandoneón

y  tango.

En otras cargas de lanzas y caballos,

cuando la patria chica pegaba el primer grito

y la libertad era historia de cuchillas.

 

Fueron promesas, arrebatos,

los dueños de palabras,

y de botas lustradas,

te arrinconaron,

donde se guarda el alma,

y pasaste a ser orgullo,

palabra suelta, protesta,

malevo suelto de las pampas.

Y te hechaste a ser camino,

vagabundo, chirimica, aventurero,

sendero largo al mundo nuevo,

donde cada paso es un comienzo.

 

La historia anónima de los zapatos

 viejos,

el sendero y siempre el horizonte,

la utopía por meta,

la libertad como proyecto de conjunto,

un mundo nuevo de zapatos sin agujeros.

Héctor Díaz

7/11/2010

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Miércoles, 10 de Noviembre de 2010 18:37. Guillermo Ortiz-Venegas Ver como artículo separado. Héctor Díaz


Bofetada educadísima de Brasil al mundo

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DECLARACIONES DE CRISTOVAM BUARQUE, MINISTRO DE EDUCACIÓN DE BRASIL.

Durante un debate en una universidad de Estados Unidos, le preguntaron al ex gobernador del Distrito Federal y actual Ministro de Educación de Brasil, CRISTOVAM BUARQUE, qué pensaba sobre la internacionalización de la Amazonia. Un estadounidense en las Naciones Unidas introdujo su pregunta, diciendo que esperaba la respuesta de un humanista y no de un brasileño.
Ésta fue la respuesta del Sr. Cristóvão Buarque:
“Realmente, como brasileño, sólo hablaría en contra de la internacionalización de la Amazonia. Por más que nuestros gobiernos no cuiden debidamente ese patrimonio, él es nuestro. Como humanista, sintiendo el riesgo de la degradación ambiental que sufre la Amazonia, puedo maginar su internacionalización, como también de todo lo demás, que es de suma importancia para la humanidad.” Y continuó:

“Si la Amazonia, desde una ética humanista, debe ser internacionalizada, internacionalicemos también las reservas de petróleo del mundo entero. El petróleo es tan importante para el bienestar de la humanidad como la Amazonia para nuestro futuro. A pesar de eso, los dueños de las reservas creen tener el derecho de aumentar o disminuir la extracción de petróleo y subir o no su precio. De la misma forma, el capital financiero de los países ricos debería ser internacionalizado.” Para continuar agregando que: “Si la Amazonia es una reserva para todos los seres humanos, no se debería quemar solamente por la voluntad de un dueño o de un país. Quemar la Amazonia es tan grave como el desempleo provocado por las decisiones arbitrarias de los especuladores globales.” Y siguió afirmando que:

“No podemos permitir que las reservas financieras sirvan para quemar países enteros en la voluptuosidad de la especulación. También, antes que la Amazonia, me gustaría ver la internacionalización de los grandes museos del mundo. El Louvre no debe pertenecer solo a Francia. Cada museo del mundo es el guardián de las piezas más bellas producidas por el genio humano. No se puede dejar que ese patrimonio cultural, como es el patrimonio natural amazónico, sea manipulado y destruido por el sólo placer de un propietario o de un país. No hace mucho tiempo, un millonario japonés decidió enterrar, junto con él, un cuadro de un gran maestro. Por el contrario, ese cuadro tendría que haber sido internacionalizado.”

“Durante este encuentro, las Naciones Unidas están realizando el Foro Del Milenio, pero algunos presidentes de países tuvieron dificultades para participar, debido a situaciones desagradables surgidas en la frontera de los EE.UU. Por eso, creo que Nueva York, como sede de las Naciones Unidas, debe ser internacionalizada. Por lo menos Manhatan debería pertenecer a toda la humanidad. De la misma forma que París, Venecia, Roma, Londres, Río de Janeiro, Brasilia... cada ciudad, con su belleza específica, su historia del mundo, debería pertenecer al mundo entero.”

“Si EEUU quiere internacionalizar la Amazonia, para no correr el riesgo de dejarla en manos de los brasileños, internacionalicemos todos los arsenales nucleares. Basta pensar que ellos ya demostraron que son capaces de usar esas armas, provocando una destrucción miles de veces mayor que las lamentables quemas realizadas en los bosques de Brasil.”

“En sus discursos, los actuales candidatos a la presidencia de los Estados Unidos han defendido la idea de internacionalizar las reservas forestales del mundo a cambio de la deuda. Comencemos usando esa deuda para garantizar que cada niño del mundo tenga la posibilidad de comer y de ir a la escuela. Internacionalicemos a los niños, tratándolos a todos ellos sin importar el país donde nacieron, como patrimonio que merecen los cuidados del mundo entero. Mucho más de lo que se merece la Amazonia. Cuando los dirigentes traten a los niños pobres del mundo como Patrimonio de la Humanidad, no permitirán que trabajen cuando deberían estudiar; que mueran cuando deberían vivir.”
“Como humanista, acepto defender la internacionalización del mundo; pero, mientras el mundo me trate como brasileño, lucharé para que la Amazonia, sea nuestra. ¡Solamente nuestra!

NOTA: Este artículo fue publicado en el NEW YORK TIMES, en el WASHINGTON POST, en USA TODAY y en los mayores diarios de Europa y Japón.
Pero en Brasil y el resto de Latinoamérica, este articulo no ha sido publicado.

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ESPECIE EN PELIGRO DE EXTINCIÓN. SALVEMOS A LA MUJER!

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Publico en mi blog un ocurrente e irónico articulo que me llegó a través del ciberespacio. Escrito por Luis Fernando Veríssimo, (nacido el 26 de Septiembre de 1936 en Porto Alegre, Rio Grande do Sul) uno de los prosistas brasileños más populares y leídos del país carioca. Extremadamente tímido, fue  homenajeado por una escuela de samba de su tierra natal en el carnaval del año 2000.

 


 

El irrespeto por la naturaleza ha afectado la supervivencia de varios seres, y entre los más amenazados está la hembra de la especie humana. Tengo apenas un ejemplar en casa, que mantengo con mucho celo y dedicación, pero en verdad creo que es ella la que me mantiene. Por lo tanto, por una cuestión de auto-supervivencia, lanzo la campaña “Salvemos a las mujeres”.

Tomen de acá mis pocos conocimientos sobre la fisiología de la feminidad, con el fin de que preservemos los raros y preciosos ejemplares que todavía quedan:

 1. Hábitat:

La mujer no puede vivir en cautiverio. Si está enjaulada, huirá o morirá por dentro. No hay cadenas que las aten y las que se someten a la jaula pierden su DNA. Usted jamás tendrá la posesión sobre una mujer; lo que la va a atar a usted es una línea frágil que necesita ser reforzada diariamente.

 2. Alimentación correcta:

Nadie vive de la brisa. La mujer vive de cariño. Dele en abundancia. Es cosa de hombre, y si ella no lo recibe de usted, lo buscará en otro. Besos matinales y un “yo te amo” al desayuno las mantienen bellas y perfumadas durante todo el día. Un abrazo diario es como el agua para los helechos. No la deje deshidratarse. Por lo menos una vez al mes es necesario, si no obligatorio, servirle un plato especial.

3. F l o r e s:

También hacen parte del menú. Mujer que no recibe flores se marchita rápidamente y adquiere rasgos masculinos como la brusquedad y el trato áspero.

4. Respete la naturaleza:

¿No soporta la TPM (tensión pre-menstrual)? Cásese con un hombre. Las mujeres menstrúan, lloran por cualquier cosa, les gusta hablar de cómo les fue en el día, de discutir sobre la relación. Si quiere vivir con una mujer, prepárese para eso.

 5. No restrinja su vanidad:

Es propio de la mujer hidratar las mechas, pintarse las uñas, echarse labial, estar todo un día en el salón de belleza, coleccionar aretes, comprarse muchos zapatos, pasar horas escogiendo ropas en un centro comercial. Comprenda todo esto y apóyela.

6. El cerebro femenino no es un mito

Por inseguridad, la mayoría de los hombres prefiere no creer en la existencia del cerebro femenino. Por ello, buscan aquellas que fingen no tenerlo (y algunas realmente lo jubilaron). Entonces, aguante: mujer sin cerebro no es mujer, sino un simple objeto decorativo. Si usted está cansado de coleccionar estatuillas, intente relacionarse con una mujer.

Algunas le mostrarán que tienen más materia gris que usted. No les huya, aprenda con ellas y crezca. Y no se preocupe; al contrario de lo que ocurre con los hombres, la inteligencia no funciona como repelente para las mujeres.

 7. No haga sombra sobre ella

Si usted quiere ser un gran hombre tenga una mujer a su lado, nunca atrás. De esa forma, cuando ella brille, usted se bronceará. Sin embargo, si ella está atrás, usted se llevará una patada en el trasero.

 8. Acepte:

Las mujeres también tienen luz propia y no dependen de nosotros para brillar. El hombre sabio alimenta los potenciales de su compañera y los utiliza para motivar los propios. Él sabe que, preservando y cultivando la mujer, él estará salvándose a sí mismo.

Mi amigo, si usted piensa que la mujer es demasiado costosa, vuélvase GAY.  ¡Sólo tiene mujer, quien puede!


 

Luis Fernando Veríssimo

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Evocaciones non gratas

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“Por fin tuve noticias de Carmelo!” me dijo Pelle cuando lo encontré a la salida del Lidl, uno de los supermercados más baratos de la Europa global e hipócrita, en donde compro lo mínimo necesario para subsistir en el reino de juguete sueco. Porque el consumismo ya me tiene hasta más arriba de los pelos que me están saliendo en las orejas! le contesté.

“Carmelo! Te estoy hablando de Carmelo!” me objetó irritado, y agregó en falsete atragantándose en su propia cólera:

“Porque, no me digas que no te acuerdas de Carmelo! Era ese al que le gustaban las tiras de asado, el dulce de leche, los chivitos, el clericó y un mate bien cargado antes de seguir su paso por la vida. Y que le deleitaba poner barras de jabón nuevo en el baño de sus amantes, para que oliesen bien.”

Te acordás cuando vegetamos en el hotel ese, que quedaba en la esquina de la avenida Córdoba y  la calle Bulnes, al sur de la capital federal? Y que a mi me gustaba tu compañera, y ti la mía? Y que yo le gustaba a tu mujer y a la mía, le gustabas vos? Te acordás? Que yo te dije que cambiásemos de camas y vos me diste una disertación sobre la moral de un buen revolucionario, cuando yo y vos sabíamos que mi compañera quería tirarse bajo tu cuerpo en cualquier catre, y que la tuya quería acurrucarse bajo el mío, en cualquier rincón del hotel donde vivíamos. Te acordás?

“Y que supiste de él?” le pregunté con poco interés. “Que lo encontraron en Chile.” Me dijo Pelle. “Vive allá?” Le pregunté ahora con verdadera curiosidad. Así como el adolescente que arde por saber si su amor es correspondido  por la chiquilla de turno, de la cual está locamente enamorado. Y a la cual asegura en apasionados recados de amor, que nunca más amará a nadie así como la adora a ella.

Lo encontraron enterrado en el patio trasero del prostíbulo de Mahadoony en el barrio de La Plateada, el barrio ese de criminales y prostitutas en donde el menos macho escupía a dos metros por el colmillo, y atravesaba de ombligo a cerviz a cualquiera que lo mirara de reojo, con un punzón oxidado, mientras bailaba charleston con los aparecidos, al ritmo del new vaudeville band .

Y de su presencia amena solo quedaban unos cuantos huesos y algo de ropa deshecha. Y todos mis amigos revolucionarios de ayer son hoy día directores de empresas, senadores fofos o ladrones de alta categoría. Je, je, je! rio y no supe si lo hacia por burlarse de su situación tan peculiar o de sus ex – amigos. Mas ahora comprendo el contenido de su mirada irónica, cuando me regaló una barra de jabón nuevo, para que la pusiera en el baño de la habitación del hotel que yo habitaba, a un piso de distancia de donde vivía el con Ana, su compañera de entonces, y mi amante disfrazada de amiga a la cual seducía un día y maldecía al día siguiente, cuando di por pasar por Baires a comienzos de la década de los setenta. Y ella se dejaba odiar y amar al mismo tiempo, pues sabia que mi hostilidad era más corta que mi pasión por ella.

“Pero, porqué se fue a Chile?”, le pregunté a Pelle con el mismo asombro del asalariado pobre que descubre un billete de cien morlacos en un bolsillo perdido de fin de mes. “Tal vez a recorrer los caminos que tú nunca recorriste, pero que con mucha certeza y convencimiento le describías cada vez que le contabas tus vivencias en ese país largo y tendido al lado del Pacifico.” Me contestó con una mezcla de pesadumbre y reproche, en el tono de su chillido de pajarraco afónico. “Pero, en La Plateada yo nunca estuve!” le dije con algo de molestia, pues deduje que de algo me culpaba. Para inmediatamente agregar con énfasis de triunfo en mi voz: “Porque La Plateada nunca existió!”

Pelle acentuó su mirada y clavando sus pupilas cansadas en las mías, sentenció con la misma sabiduría de un juez que tiene una carta de triunfo en su manga: “Fue justamente por eso que lo encontraron allí…” y dejo su frase victoriosa vibrando en el aire, como tormenta eléctrica acumulando rayos en la oscuridad de un cielo de verano escandinavo.

Y donde habrás dejado tus penas, Carmelo? En la patria de los charrúas o en la de los mapuches? O a lo mejor se te quedaron entre ambas, en la tierra de los che. Cavilé mientras Freud hacia funcionar los mecanismos de autodefensa de mi cerebro, cerrando mi meollo a evocaciones incómodas, de persona non grata en la vida de otra.

Guillermo Ortiz-Venegas ®

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Perentoria

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 Perentoria, la memoria se revela,

mano abierta a los días y a los años,

que el caudal de sonrisas se extravierta,

en lo humano de la vida y la poesía,

Y no hay lenguas y no hay ríos que la paren,

se escabuye en el amor y las trastiendas,

y se esconde en la nostagia de los mares.

De la mano de los niños se desprende,

se desprenden y comprenden los fonemas,

la poesía sin idioma, esperantista,

es caudal de los hombres sin fronteras.

Arde el sol en estas latitudes,

mañana vendrán  las nubes pasajeras,

horizontes, naufragando en la distancias,

que se dejan crecer,  hacia la espera.

 

El hombre es un paisaje con zapatos,

deambula con las jirafas africanas,

se sienta en la sombra de los ombués de la pampa,

se contagia de frío en el alto Himalaya,

se esconde en los antiguos mitos,

siempre en busca de las cumbres altas.

 

Me acuerdo de tí, cuando era niño

cuando llevaron tu cajón, de tiempo ido

siempre me quede pensando en ese olvido,

en esa continuidad, de las palabras.

Siguen volando las mariposas,

revoloteando en mis ideas raras,

donde sesenta años no son nada

y tus alas siguen viviendo en mis ansias.

Nada fue, ni será, sin haber sido,

nacidos como pastos de la pampas,

nos quedamos pensando en el vacío,

la imaginación, la libertad y el canto,

la luz nueva de todas las mañanas,

el camino de piedras, de idas y regresos

las  estrellas  que acompañan ese mundo y sus andanzas.

No sabia del mar, del mar abierto

un día vi tus ojos detrás de la ventana,

la libertad del verde de tus ansias,

el gris de tus nostalgias,

la espera incontenida, que cada uno tiene

el vibrar de tus dedos, en el cristal de fuego

donde la gota de agua, su muerte zigzagueante,

yaciendo junto al agua, río de vida

antes y depués de tu ventana.

La poesía,  es vida incontenida

la fuerza, el jazmín y la meceta

el juego de los niños y sus búsquedas

de repetir mil veces el objeto,

la arena de la playa y el castillo,

donde los niños esconden sus secretos.

La fantasia de las cosas,

las cosas de la fantasia,

la gramática y los contenidos,

el animísmo trascendente,

el camino de piedra y la gota de agua

que hará la  poesía del mañana.

 

Héctor Díaz.

25.11.2010    

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Jueves, 25 de Noviembre de 2010 11:21. Guillermo Ortiz-Venegas Ver como artículo separado. Héctor Díaz

La aparición

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El agradable golpeteo de la refrescante agua que caía sobre su cara, adornó su existencia de hermosas y exóticas voces que parecían aflorar desde lo mas profundo de la tierra. La estrepitosa cascada que acariciaba su desnudo cuerpo, era como un masaje espléndido en medio de su edén en la tierra, y juntando las manos en cuenca de dedos entrelazados recibió su fluido, para lavarse la cara con el mismo deleite que siente un amante abandonado al encontrar un nuevo amor.

Abrió su boca al mismo tiempo que cerró sus ojos, para gozar al máximo los chorros de agua fresca que corrían por su pecho descubierto. Y si estaba muerto y se encontraba en el paraíso, pues que viva la muerte! Pero si esta vivencia se estaba llevando a cabo en cualquier rincón del mundo, valía la pena entonces tomarse la molestia de estar vivo.

El agua que caía sobre él, parecía haber borrado con su esencia la línea sutil y milenaria del horizonte en donde el cielo se enreda con el mar, y se sintió feliz por primera vez en su vida.

Se sentó sobre las faldas tibias de una colina bañada de sol, y aspiró ansioso el aire que llenaba todos sus órganos de nuevos bríos.

De pronto creyó reconocer el texto de un lenguaje afable que lo llenaba todo de un embrujo maravilloso. Pero supuso que había sido su imaginación, la que malinterpretaba el sonido de una suave brisa que hacia balancear arbustos y ramas a su alrededor.

“Porque en esta fase de mi vida no hay idiomas, sino solo música y sonidos agradables”, pensó.

Giró sobre si mismo para permitir que los vitales rayos solares masajearan su espalda frágil. Segundo tras segundo, como máquina de tiempo intermitente, el viento evaporaba cada gota de agua que caía sobre él, formando invisibles manchas sobre su cuerpo relajado.

Por un momento creyó distinguir a través de la delgada cortina de agua, que como una fina tela de araña dificultaba su campo visual, una silueta que con pasos suaves y serenos pero a la vez decididos y firmes se acercaban a él, al mismo tiempo que el timbre de una voz bien conocida resonaba en el trasfondo de su cerebro: “Es tu ángel! Es tu ángel!” Y en ese preciso instante, comprendió que ¡por fin! había encontrado el sentido de su vida.

Los labios purpúreos, suculentos y húmedos del ángel, susurraron algunas frases que no logró percibir, al mismo tiempo que descubrió una perfecta línea de dientes blancos en una boca que, semiabierta, parecía sonreírle desde el otro lado de  la fantástica cascada que chorreaba sobre sus cansados ojos. Con fascinación observó que cada pequeño detalle del contorno de esa aparición imprevista, estaba rodeada de una aureola resplandeciente, igual que caros letreros luminosos nocturnos en Tokio, que alumbran maniquís más caros aun, parados sin alma tras escaparates de cristales blindados.

Una nueva melodía apareció en ese momento de su vida y extendiendo ansiosamente los brazos - así como lo hacen los hambrientos del mundo, cuando estiran sus famélicas prolongaciones para asir desesperados el alimento escaso -  intentó abrazar a su ángel. Pero antes siquiera que pudiese esclarecer en su mente confusa si eso había sido producto de una decisión suya o no, le susurró La Voz que dioses malignos eran los que habían dejado escapar el agua que corría sin control sobre su cuerpo y que en ese preciso instante, la estaba separando de su ángel.

“Donde estáis, dioses de los mil demonios!? Donde estáis!?” gritó amenazante, como si su bravata pudiese poner en peligro el poder de los fetiches, mitos, leyendas y prejuicios que los omnipotentes de distintas creencias habían instituido en el desventurado planeta Tierra, y blandió sus puños cerrados contra esas divinidades sombrías. Y su grito furioso, en medio de lo que ahora le parecía ser una silente y pacifica noche, semejó más el bramido de un vampiro sediento de sangre, que el tono lastimero de un adorador frustrado.

El ángel pareció no apreciar sus blasfemias contra tanto dios apático y retrocedió unos cuantos pasos. Algo confundido por esa reacción, supuso que a lo mejor esas criaturas divinas no estaban acostumbradas a codearse con los mortales, y creyó entender el dilema en el que había puesto a su ángel salvador. Y para compensar ese malentendido, retrocedió unos metros  también, arrastrándose desde la cascada a su mojada orilla, esperando el siguiente paso de la Aparición.

 

El calor de un tibio sol de verano malogrado ya se dejaba sentir sobre esa localidad, cuando Ambrosio fue despertado por una hermosa joven vestida con el obligatorio uniforme verde del camping, la cual con tono amistoso y bien formulado le pidió que saliese de debajo de la ducha al aire libre ubicada al frente de los vestuarios, y que se fuese a acostar a su carpa. Y le recordó también, de manera muy profesional y amable, que ese no era campo nudista sino lugar de recreación con ropas.

“Qué!?” articuló con sorpresa pero no obtuvo ninguna respuesta, pues la joven muchacha ya dirigía sus apresurados pasos a otros quehaceres de su geografía laboral cotidiana. “Pero, no la conozco?” se preguntó interrogando las intimidades más profundas de su cerebro, mas La Voz no estaba a su lado y no recibió respuesta alguna.

Miro a su alrededor mientras unas gotas de lluvia liviana comenzaban a caer sobre su cuerpo desnudo. “Maldito clima!” murmuro al mismo tiempo que se dio cuenta donde estaba. Y con la misma seguridad de quien sabe a ciencia cierta lo que hace, dirigió sus pasos hacia la superficie que se abría ante él, donde cientos de carpas de múltiples colores y casi el mismo número de sombras sin espectros, le indicaban que ese no era su hogar.Y como en muchas otras ocasiones, no tenia idea de como había llegado a ese lugar.

Y con la ultima dosis de dignidad que aun quedaba en él, caminó derecho y sin dudar, hacia el oasis de civilización temporal que se extendia ante sus ojos, sin saber exactamente hacia donde se dirigía, desnudo y confundido.

La esquizofrenia de su personalidad afectada había ganado una vez más, en la vida que estaba obligado a compartir con miles de millones de seres en este mundo.

Guillermo Ortiz-Venegas ®

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Seguridad

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Carvallo pensó en el tiempo transcurrido. Había tenido suerte. Pero la suerte no había sido todo. Aprendió a tener paciencia. Paciencia para saber esperar. Se sentía seguro. Para algunos era el “cacique”, para otros un “correligionario”, para los más el “capatáz” de la Estancia 33.  ¿Cómo se dieron las cosas?  Es una cuestión que se va perdiendo en el camino de la memoria. Todo el secreto estaba en vivir el presente, la vida no debería tener ni pasado ni futuro. No sabía lo que era conmiseración, ni lástima, ni idea misma del daño que producía en los alrededores. Con el tiempo fue notando que cada vez menos gente se oponía a sus deseos. Su palabra se fue convirtiendo en ley. Al comienzo no había sido ni provocador ni prepotente, pero vaya a saber porqué, se le había ido agriando el carácter. Muy arrimado al comisario y protegido del juez de paz, sin saber cómo, se le había hecho el “campo orégano”. Una noche pateó los dados en lo del Toto González, nadie atracó a pesar de que el ambiente era “malandro”. Se le quedó con la plata a todo el mundo. El hecho fue muy mentado en el pago y desde entonces Carvallo se sintió completamente seguro. Sus borracheras terminaban siempre en el quilombo del pueblo. A pesar de que el “queco” estaba regenteado por el milico Peralta, la noche terminaba siempre en lío.

En la estancia había que tener mucha paciencia con él, soportarle impertinencias y seguirle el hilo de su carácter cambiante; saber reírse a tiempo de todas sus malsanas ocurrencias, como el día aquel en que se le ocurrió que el “malevo”, perro hecho a la intemperie, estaba sucio de más. No pensó nada mejor que tirarlo al pozo. El perro luchó horas antes de ahogarse.

Malquistarse con él en la estancia era trabajar de balde, no se conoce a nadie que haya podido cobrar la paga de  una  “changa” no reconocida por Carvallo. Y si le ponía el “ojo” a las paisanitas, no se le escapaba ninguna. –“Picardías de Carvallo”, murmuraba por lo bajo el paisanaje.

Hacía tiempo que se venía metiendo con la Zulema. Ella le soportó algunas cosas por no poner en compromiso a Juan.  Juan, inocente de los hechos arriaba el ganado, volviendo de tardecita pa’l rancho. Un día la Zulema le dijo a Juan:

-Tenemos que irnos de la estancia lo más pronto posible, Juan.

Juan, gauchito hecho en la humildad y muy “aquerenciado” con Zulema y con el lugar, le preguntó porqué. Ella al comienzo no quiso contestar, pero de a poco y entre sollozos le dió a entender a Juan que la situación con Carvallo se hacía insoportable. Juan pensó un rato y luego dijo:-No nos vamos nada.  Eso fue lo que dijo.

Carvallo gustaba jugar con la culata de su revólver. Juan le conocía las costumbres a Carvallo. Sabía que en las tardecitas se iba hasta la pulpería de Delgado a jugarse un truquito, tomarse una caña e informarse de los sucesos del pago durante las horas que él había estado en “las casas”.  Al regreso volvía orillando el arroyo, cerquita del monte de espinillos. De lejos divisó a Juan, que trataba de pasar desapercibido. Carvallo intuyó que la Zulema se había “soltado de lengua”, porque Juan a esas horas acostumbraba a estar en el rancho y nada tenía que hacer semi escondido en el monte. La verdad es que Juan había pensado “primerearlo”, caerle de arriba, cuchillo en mano cuando Carvallo pasara por debajo del sauce. Ahora estaba todo el juego descubierto. Carvallo bien montado, acariciando el revólver, alzó la voz. El tono vigorozo de su voz  hizo que la luz de la tarde que moría, se detuviera un instante a contemplar los hechos. Su caballo estaba alerta. Carvallo se sintió más seguro y se acercó bastante, como para darle una “oportunidad”. Estaba admirado de que este gauchito simplote quisiera cuestionar la ley preestablecida por la convivencia. Juan no había tenido nunca un incidente con nadie. Trabajador, humilde, acostumbrado a obedecer, no había dado señales de que era capaz de rebelarse.

Entonces la lengua de Carvallo quebró la tarde:- vos que hacés por acá en lugar de cuidar a tu mujer.

El otro le contesta: - tenemos que conversar, patroncito.

- Entre nosotros está todo conversado, contestó Carvallo, manoteando la culata del 45.

La “crucera” esquivó el casco del caballo, clavando los colmillos en los ijares del manchado. El caballo corcoveó dando por tierra con Carvallo. Juan, daga en mano, apresuró la tarea de deguello. Cuando repasaba el filo del facón por la herida se sintió seguro. Carvallo había tenido tiempo de desenfundar.

 Murió, revólver en mano sin disparar un tiro. Juan quedó cavilando porqué los cristianos dicen que las víboras son bichos detestables.  

 

Héctor Díaz

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Reflexiones desde las cloacas)

Martes, 30 de Noviembre de 2010 15:06. Guillermo Ortiz-Venegas Ver como artículo separado. Héctor Díaz


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