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El culturista

(Visita también: Reflexiones desde las cloacas)
”Si todos supieran nadar en éste mundo, nadie moriría ahogado”, dijo uno de los policias encargado de recoger el cadáver que el mar habia arrojado a la playa.
”Si nadie supiera nadar en éste mundo, entonces si que no moriría nadie ahogado, ya que nadie se atrevería a tirar al agua” - le respondió su colega y metiéndo una de sus manos a un bolsillo del pantalón, sacó un arrugado pañuelo con el que se sonó estrepitósamente la nariz.
Unos cuantos meses antes de que su cuerpo fuese encontrado en una de las tantas playas del litoral, ya maloliente pero intácto, se habia decidido. Empezaría a entrenar culturismo físico, como una primera fase de la recomposición general de toda su vida que se habia propuesto. En varias ocasiones habia estado a punto de dar ese paso, pero siempre algo se habia interpuesto, aplazando su decisión. Y cada vez que esto así ocurría, sentia como una angustia gigantesca lo invadía entero, hundiéndolo en largos periodos de depresión.
Sólo, sin amigos ni conocidos, se iba a la playa y se dedicaba a observar de lejos como el grupo de hombres jóvenes que entrenaba en el gimnasio al aire libre alli dispuesto, mostraban sus enormes músculos y sus bronceados cuerpos a las muchchitas que iban a ese lugar en busca de un furtivo polvo sobre la arena y también - porqué no? - con la esperanza de ser la amante permanente de alguno de aquellos hermosos y fuertes machos. Veia con creciente envidia como estos soltaban fuertes carcajadas al viento y llenos de confianza en si mismos, galanteaban con las jóvenes y bellas hembras, que él tanto deseaba poseer.
Podía estar horas y horas contemplándo aquél ancestral juego entre el hombre y la mujer, bebiendo cortos sorbos de una botella de vino que siempre era su única compañía. Al caer la tarde, se incorporaba penosamente de la ya fria arena, recogía sus pocas cosas y arrastrando con cierta dificultad su pobre cuerpo, se iba al cuchitril en donde vivia y con frenesí e impaciencia, comenzaba a planear el día siguente.
Pero la sóla idea de imaginarse entrenándo al aire libre lo llenaba de pánico, haciéndolo desistir de su decisión tomada cada noche. Después de mucho cavilar caía en un agitado y tormentoso sueño que lo hacían despertar cada vez más y más convencido que debía llevar a cabo lo que se habia propuesto. Pero no se atrevía. Sin embargo, algo en su interior, le decía que esa era su única alternativa de vida. Y cada día se encontraba más y más cercano a la terrible disyuntiva de tener que traspasar el zócalo de la puerta de algun gimnasio o no. Para enfrentarse con la cruda realidad de ver su cuerpo reflejado en los montónes de espejos que llenaban las paredes de esos locales y que lo ponian literalmente enfermo. Pero peor aún era pensar que tenia que recurrir a la ayuda de un instructor para que lo guiase a través del laberinto aquél de máquinas y pesas desparramadas por todos lados. Porque si habia algo que estaba mucho mas allá de lo que podía tolerar, era justamente su incapacidad de reconocer que su cuerpo no era más que una caricatura de hombre. Ya que, a pesar de todo, aún le quedaba algo de vanidad en vida.
Habia dedicado varios dias a la búsqueda de algún otro gimnasio, algo más discreto y cubierto, que le permitiera comenzar su pequeña y privada revolución personal. Y - para bien o para mal - lo habia encontrado. Los dias siguientes los ocupó planeando como haria su entrada en ese local. Frente al mismo y por la acéra de enfrente, habia una pequeña y muy agradable cafetería, en donde se instalaba a contemplar a la gente que entraba y salía del gimnasio, bebiéndo incontables tazas de café que lo ponian más nervioso aún, y cuyo sabor ya detestaba.
Cada vez que veia entrar a alguien de su misma edad y con ciertos parecidos físicos a él, se sentía optimista, sintiéndo una cierta complicidad con la persona en cuestión. Pero cada vez que veia entrar a hombres bien entrenados y llenos de energía, renacían sus complejos y su convencimiento de que jamás sería capaz de entrar, se transfomaba en obsesión.
Muchos de lo habituales de aquella pequeña cafetería, eran precisamente hombres y mujeres que venían de su entrenamiento diario y pasaban por allí a servirse algo reconfortante, como premio a sus esfuerzos después de un duro rato entre pesas y ejercicios comunes.
Al comienzo los escuchaba con mucho interés y envidia, al evidenciar que no entendía de lo que hablaban. Pero, luego descubrió que ahí había una fuente de información muy valiosa de la cual podía profitar, cuando se dió cuenta que en sus conversaciones se referian a tal o cual ejercicio, a una u otra dieta, ese o aquél método para optimizar el desgaste de grasas en el cuerpo, a la definición de tal o cuál músculo y en general, cuando los escuchaba utilizar términos que para él eran totalmente desconocidos, pero que podrían ser de provecho en su incierto futuro.
Los odiaba a la vez que no podía evitar admirarlos, cuando los veía moverse de un lado a otro por ese local, llenos de vida, alegres y hermosos, cubriendo sus bien definidos cuerpos con ropas que les hacian resaltar los músculos y que - con toda seguridad - costaban mucho más de lo que él podría permitirse. Más de alguna vez se habia quedado sentado en su mesa por horas y horas, sin atrever a irse de alli por la verguenza que le causaba el tener que pararse de la silla y caminar por entre las mesas circundantes hasta la salida, dejándo al descubierto su caricaturesco y deformado cuerpo, revestido con ropas estropeadas y pasadas de modas.
No es que tuviera algún defecto físico. No. De ninguna manera! Pero era obeso, de baja estatura, de piernas gruesas y cortas y - lo que él consideraba peor - dueño de una panza descomunal que comenzaba en su pecho y terminaba sobre la parte superior de sus muslos, escondiendole totalmente la pingaja vírgen que hacía el papel de pene.
Permanentemente brillando como efecto de una pegajosa transpiración que siempre le cubría el cuerpo, no era precisamente un Adonis. Amargado y triste, se sumergía en su acto de beber taza tras taza de café, esperando con resignación que fueran abandonando el local para poder hacer lo mismo sin que nadie lo viera.
Ya en su habitación, demoraba lo que más podía el momento de desvestirse porque, aún cuando nadie lo veia, sentía que ese sólo acto era ya una ofensa a la Belleza. Y una rabia enorme lo invadía cuando, sacandose la camisa, dejaba su enorme barriga al descubierto mientras en su cerebro se repetía una y otra vez una sola pregunta: ”Porqué yo?”, ”Porqué justamente yo?”.
Una vez en la cama se tumbaba de cúbito dorsal para, de esa manera, aplastar esa repugnante masa de grasa y carnes flácidas y evitar sentirla a su lado, sobre la cama, como si fuese algo que tuviese vida propia. Ya extenuado, se ponía a pensar en el día de su liberación, de su redención definitiva y su paso a otra vida mejor y llena de tentadoras hembras jóvenes que no harian más que follar y follar con él, y su nuevo y hermoso cuerpo. Se hundía en un pesado sueño cargado generalmente de pesadillas en las que - casi siempre - se veía corriendo desnudo por las calles más céntricas de la ciudad.
A veces lograba masturbarse después de haber soñado con una hembra jóven y bronceada. Y a veces, no.
Hasta que un buen día se decidió. Como la caida de un rayo del cielo, le llegó el valor necesario para dirigir sus pasos hacia el gimnasio, abrir su pesada puerta y acercarse hasta la recepción del mismo, donde una guapa muchacha lo invitó a entrar con una amable sonrisa en su cara. El nerviosismo casi le impedía hablar, pero ya no habia vuelta atrás y con temor, se ubicó en el mostrador sin saber exactamente que decir.
Dió una rápida mirada por el gimnasio y se tranquilizó un poco, cuando advirtió que nadie tomaba nota de su presencia alli: cada uno estaba en lo suyo, preocupado de cuidar su cuerpo de la manera más efectiva posible sin tiempo para nada más.
Cordial y amistosa, la muchacha de la recepción le lanzó una mirada interrogativa, invitandolo a hablar. Balbuceando algunas frases incomprensibles trató de expresar sus intenciones, pero no lo logró del todo y la muchacha acentuó más aun su interrogante mirada hacia él, haciendolo arrepentirse de su audaz decisión.
Pero el instinto de sobrevivencia fue más fuerte que su endeble autoestima y logró hacerse entender sin que fuese demasiado penoso.
La guapa muchacha tomó un micrófono y llamó a uno de los instructores para que se hiciera cargo de él y su enorme panza. Al instante llegó un tipo buenmozo el cual lleno de energía, dientes blanquisimos y movimientos preestudiados, le preguntó cual era el objetivo final de sus planes deportivos, ”Bajar de peso?”, ”Ganar masa muscular?”, ”Obtener una buena condición física?”, ”O tal vez, una combinación de todo lo anterior, eh?” - Y agregó, así como al pasar - ”Y porqué no un cuerpo hermoso y atrayente, eh?”, ”Qué te parece la idea?”. Sin más ni más ya lo habia empezado a tutear, cuestión que no supo como interpretár, ruborizándose al sentir la mirada del otro, escudriñando su cuerpo de arriba a bajo y deteniéndola en su colgante barriga de senador romano decadénte.
En el interior del gimnasio, una pesa cayó pesadamenate sobre el piso de linóleo produciendo un sonido sordo y seco. Como un gongón del destino.
Demostró ser un alumno muy eficiente y empeñoso, y al cabo de unos cuantos méses había logrado bajar veinte kilos de grasa, sustituyéndolos por casi diez de fuertes músculos. Si bien es cierto algo de su antigua panza aún luchaba por hacerle la vida imposible, estaba conforme con lo logrado y, seguro además, que al cabo de unos pocos méses más, tendría el cuerpo que siempre habia deseado y por el cual luchaba hora tras hora en el gimnasio.
Sin ser un gran aficionado a los libros, se habia enriquecido, sin embargo, de un amplio y erudito vocabulario, escuchando a instructores, culturistas profesionales que allí entrenaban y, en general, de conversaciones dispérsas que escuchaba por aqui y por allá, mientras atacaba con entusiasmo las pesas.
Pocas veces preguntaba algo y no conversaba con nadie, lo cual creó una errada imágen de su persona cosa que a él no le desagradó en absoluto sino, muy por el contrario, aceptó de buen grado. Daba la impresión de ser un empecinado y muy responsable culturista. Pasaba además por serio, respetuoso y de hombre de objetivos bien definidos. Y aunque algunas de esas cualidades coincidían con sus verdaderos propósitos y su manera de ser, no era tampoco menos verdad que su motivación básica era la de lograr simplemente erradicar el enorme complejo de inferioridad que lo había acompañado durante casi toda su vida, transformandolo ahora en un fanático irracional y totalmente dependiente de los preparados hormonales que secretamente habia empezado a consumir, para lograr un rápido y eficaz crecimiento muscular. Y con ello, un lugar también en lo que él creia era el mundo normal.
Con no disimulada vanidad, habia descubierto que algunas de las muchachas que alli entrenaban le lanzaban una que otra mirada de interés, haciéndolo doblar el peso de las mancuernas con que entrenaba para impresionarlas y llamar aún más su atención.
Había decididio que era tiempo ya de ir a entrenar al gimnasio al aire libre que tanto añoraba! Y a pesar que aún se seguía masturabando en la solitaria cama de su lúgubre cuchitril, sentía que el desvirgamiento estaba cada vez más al alcance de su mano.
Como en todo lugar en donde hay seres humanos envueltos, se encontró con una rigida y muy respetada jerarquía interna. Los más fuertes y musculosos de aquél reino encadenado por los prejuicios, regian despiadadamente sobre los más débiles y todo lo que ellos decian o hacian era aceptado como verdad absoluta sin derecho a réplica ni critica. Y como en toda escala social, constaba también éste orden, de un jerarca superior con una pequeña elite de elegidos a su alrededor.
El Maestro, como se hacia llamar por sus ”súbditos”, era un hombre de unos 30 años de edad, de pelo corto cortado casi al rape, lo que acentuaba aún más la crudeza de su rostro marcado por las huellas del abuso prolongado de anabolas, hormonas de crecimiento y otros esteroides. Tenía los ojos permanentemente inyectados en sangre y no era raro verlo hablar solo mientras atacaba con furia una y otra vez las mancuernas mas pesadas del gimnasio.
Si notaba que alguien lo miraba demasiado, lo atacaba sin piedad levantando a su victima del suelo con una mano, mientras que con la otra le acertaba repetidos golpes en el estómago hasta que el otro caía sin respirar. Porque estaba convencido de que, aquél que lo miraba le absorvia energias de su cuerpo haciendolo más débil y enclénque.
Y cuando levantaba pesos casi inhumanos, exigia completo silencio y nadie se atrevía a violar esa norma absurda de tirano despiadado.
Alabado por su consorte de ser un gran follador, tenia 3 ó 4 amantes que dócilmente aceptaban ser tratadas como esclavas sexuáles y que le concedian sin chistar todas las perversiones que se le antojaban.
Nuestro personaje sentía, por supuesto, una gran admiración por ese paquete de anabolas y aún cuando nunca le habia dirigido la palabra, se sentía como un miembro más de su elite. Entrenaba a las mismas horas que él y de reojo, lo miraba e imitaba casi a la perfección los distintos ejercicios que éste hacia. Ya finalizado su entrenamiento, se tiraba sobre la caliente arena a descansar a prudente distancia del Maestro, pero lo suficientemente cerca como para oir lo que decía. Incluso, se habia cortado el pelo de la misma manera que su gran ídolo.
Cierto dia se atrevió a dar el gran paso y acercandose a su dios, le dirigió la palabra para pedirle consejos e instrucción, lo cual se demostraría más tarde haber sido una idea fatal. ”Maestro! - le dijo con voz temblorosa - ”Quisiera tener el cuerpo que tu tienes y la fuerza que tú posees”. ”Como lo puedo lograr?”. ”Estoy dispuesto a hacer todo lo que me digas, con tal de ser como tú!”. El Maestro lo miró con mezcla de curiosidad y desprecio y con ironia en su voz le respondió: ”Estás verdaderamente dispuesto a todo?”. ”Ok!”. ”Mañana a las 5 de la mañana empezamos tu entrenamiento”. ”Sé puntual pues de lo contrario te arrepentirás!” No hubo amenaza en su voz sino más bien una advertencia implicita. Como esas que se le hacen a los niños: grave pero a la vez suave y tranquila.
Esa noche pudo apenas conciliar el sueño y una alegría profunda lo invadió. Se sentía realizado y lleno de optimismo y las horas se le hicieron interminables de largas. Porque casi no durmió por temor a despertar tarde y no llegar a la cita con el Maestro.
A las 4.30 de la mañana dejó su cuarto y se encaminó a paso calmado al lugar de la cita: un lugar desolado y apartado de la playa y aunque sintió extrañeza por lo desusual de la ubicación del lugar, no se atrevió a comentarlo con aquél.
Aún hacia frio y una tenue neblina se desplazaba desde el mar por sobre la gris arena de la playa. Habia elegido sus mejores ropas para tan gran acontecimiento y sentía prisa y apuro por empezar su entrenamiento que lo llevarian a lograr un cuerpo perfecto: como el del Maestro!
Al llegar al lugar de la cita se encontró con aquél reyezuelo de gimnasios ya esperándolo. Se puso un poco nervioso pues pensó que a lo mejor lo habría irritado al hacerlo esperar, pero su sorpresa fue grande cuando vió que el Maestro lo estaba esperando con una amplia sonrisa en su rostro y una actitud general que nuestro personaje interpretó como amistosa.
Se detuvo frente a él y sin saber que hacer desvió su mirada hacia el mar que parecia un gran caldo en ebullición. ”Sácate la ropa.” ”Vamos a nadar. Es la primera fase del entrenamiento!”, le dijo.
Se sacó toda la ropa y conservó solamente los calzoncillos. Un frio intenso lo invadió y sintió como si miles de pequeños cuchillos le estuvieran penetrando el cuerpo. El Maestro hizo lo mismo y con decisión y sin dudar, se dirigió hacia el mar zambulliéndose en sus frias aguas. El lo imitó y dándo algunas brazadas se situó a su lado. El Maestro dió vuelta su cabeza y lo miró en forma intensa y ya no había amistad en su mirada sino odio y desprecio: ”Hijo de puta!”. ”A mi nadie me dirige la palabra asi como lo hicistes tú!”. ”Y eso no te lo voy a perdonar!”. E irguiéndose sobre el agua, levantó sus poderozos brazos y los dejó caer pesadamente sobre los hombros de nuestro sorprendido personaje, hundiendolo bajo el mar. Le tomó unos cuantos segundos entender lo que estaba a punto de pasar, pero cuando lo hizo era ya demasiado tarde. Dos fuertes brazos lo mantenian allá abajo, próximo al infierno y a la muerte. Se batió en forma desesperada, pero lo único que consiguió fue gastar sus últimas energias en ese intento desquiciado por agarrarse a la vida. La boca se le llenó de agua salada, que rapidamente bajó a sus pulmones impidiéndole respirar. Al cabo de otros cuantos segundos ya estaba todo consumado y, transformado ahora en cadáver, se deslizó lentamente aguas adentro, hacia el cadálzo de la muerte.
Un nuevo día comenzaba a nacer, y un nuevo ser acababa de morir.
”Seguramente le dió un calambre.” ”A quién se le ocurre nadar en aguas tan frias?”. Dijo uno de los policias. ”O a lo mejor estaba borracho”, dijo el otro y prendiendo el primer cigarrillo del día, le dió una profunda aspirada que lo mareó y le produjo náuseas. ”Mierda! Tengo que dejar de fumar!”, dijo y tiró con rabia el pitillo aplastandolo sobre la húmeda arena.
”Se veía bien entrenado, el hombre”, acotó uno de los representantes de cualquier Ley, cuando cerró el cierre de metál del saco en el cual metieron el cadáver.
Y tal vez, fue ese el único reconocimiento que alguien le hiciera y aunque póstumo, es necesario contarlo para no faltar a la verdad.
Porque tarde o temprano a todos se nos hace justicia. O no?
Las manchas en la cocina
(Puedes encontrar a Leon Gieco en Wikipedia.
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Se despertó con un agudo dolor de cabeza producto de la borrachera de la noche anterior. No estaba muy seguro de quienes habian participado en su juerga , pero a juzgar por el descomunal desórden que lo rodeaba, y por la cantidad de botellas vacias esparcidas por todos lados, parecian haber sido muchos.
Afuera la ciudad continuaba su devenir habitual, y el sonido de los vehiculos que circulaban por sus calles-venas le hizo pensar que tal vez, aún tenia una pequeña opción de sobrevivir. El deambular de la gente por las aceras de su angustia ingénita lo tranquilizaron un poco, pero de inmediato se preguntó con creciente ansia en que peldaño de su vida se hallaba.
El lamento de los perros vagos que a esa hora circulaban por allí, lo hicieron pensar que habia tenido mejor suerte que aquellos, aún cuando no sabía exactamente cual habia sido su contribución a la vida, que lo habia hecho acreedor a tal fortuna.
Tirado sobre una descomunal cama matrimonial que en vano intentaba reconocer, sintió miedo de recordar. Los rayos del sol llenaban toda la habitación en que se encontraba, y el chocar de sus chispas contra el ángulo de sus ojos excesivamente sensibles por la reminiscencia del alcohól, acentuaron su angustia pues en vez de ver dos paredes expuestas una al lado de la otra, vio tres.
El buzón rebosaba de correspondencia no retirada y más de algun vecino recalcó que eso no haria más que atraer a personas non gratas al barrio gentil en que vivian. Algo asi como la ganancia atrae a los parásitos de la privatización. Y que si nadie reaccionaba, alguien vendria con toda seguridad a robar asi como dios lo ordenó. Pero como ninguno de los que ahi vivian estaban excentos de pecados capitales, como esos de meter las manos bajo la falda de la hija del vecino, todos se quedaron callados criticando en silencio al dios de los correos matinales.
Calculó que era ya más del mediodia y eso fue ya suficiente como para hacerlo pensar que no todo estaba como debia estar en su vida actual. No estaba tampoco muy seguro de que dia de la semana era y menos aun si deberia encontrarse en su trabajo o era su dia libre. Afuera, la vida seguia su curso normal y el periódico matinal hacia ya un buen rato que habia sido depositado en el sobrelleno buzón instalado a la entrada de la casa ...de quién? se preguntó. Adónde habia ido a dar esta vez? Dió un pequeño giro con su cuerpo y una ola de náuseas lo invadió y optó por quedarse quieto, aun cuando una parte de su resto semicolgaba de la cama. Intentó pensar en otra cosa, y al bajar la vista hacia la alfombra para distraerse con los variados dibujos y formas de la misma, llegó a la conclusión de que era de muy buena calidad y cara. En dónde estaba?
Escuchó sin prestar atención que un grupo de pájaros revoloteaban por el jardin anterior de la casa y sin hacer el menor esfuerzo, vomitó sobre la hermosa y bien cepillada alfombra y también sobre un montón de ropa que se encontraba tirada por allí. Se limpió la boca con una punta de la celeste y suave sábana y se sintió un poco mejor. Pero, en donde se encontraba? Era algo que aún no lograba descubrir. Se semi incorporó sentandose sobre una de las enormes y blandas almohadas que adornaban la mullida cama matrimonial y buscó entre los bolsillos de su camisa un cigarrillo. No encontró nada. Soltó una maldición y se decidió a reconocer el lugar que lo rodeaba. No tenia ningun recuerdo claro de como habia llegado alli y menos aun si lo habia hecho solo o en compañia de alguien.
Gritos de niños que pasaban por afuera de la casa en que se encontraba, lo hicieron pensar que tal vez eran escolares que volvian de sus escuelas lo cual acentuó la pequeña angustia que ya empezaba a despertar dentro de él. Seria tan tarde ya?
A los tastabillones recorrió la habitación en busca de algo que le pudiera dar alguna idea de donde se encontraba y, sobretodo, en donde estaba él o la dueña de aquella agradable y bien decorada casa. Abrió un vestuario y vió con cierto alivio que la ropa que alli colgaba era de mujer. A alguien, alguna vez, le habia escuchado asegurar que la mejor manera de recuperarse de una borrachera era comiendo un poco y luego continuar durmiendo. Se propuso comprobar esa teoria y sin no pocas dificultades se dirigió a la cocina. Las primeras horas de la resaca eran siempre las peores y no habia más que soportarlas. Aunque el haber vomitado le habia alivianado un poco el estómago y se sentía mucho mejor. Pensó con esperanza, que a lo mejor podria encontrar alguna cerveza helada en el refrigerador, para apagar la sed que lo comenzaba a consumir.
El desorden en la espaciosa y moderna cocina era descomunal y trató de recordar si alguien, tal vez él mismo, no se habia agarrado a los puñetazos con alguno de los participantes de lo que parecía haber sido una batalla gigantesca, pero no llegó a ninguna conclusión.
Al acercarse al refrigerador, le llamó la atención ver unas enormes manchas obscuras que cubrian parte del piso y también de las paredes y puertas de los armarios de aquel cuarto. La asidera de la heladera estaba tambien impregnada de aquella sustancia irreconocible. Eran de un color negruzco y parecían haber sido vertidas alli como al azahar. Solamente estaban alli, como parte del decorado general de la gran cocina. Se acercó a una de ellas y la rozó levemente con la punta de uno de sus zapatos. Era pegajosa y al levantar su pié notó con repugnancia, que la parte que habia rozado se habia desprendido de su superficie negra, dejando al descubierto ahora una mancha de un rojo oscuro y algo brillante. ”Pero...qué mierda es ésto?” - se preguntó con creciente asombro y en voz alta.
Reducidos fragmentos de memoria comenzaron a cobrar vida en su embriagado cerebro, enviando centellos de luz que empezaron a iluminar parte de las escenas en las cuales habia participado la noche anterior. Sin atrevérse a creer que lo que ya recordaba casi en su totalidad, podia ser verdad , llamó a gritos al perro de la casa al cual - ahora caia en la cuenta - se habia comprometido a cuidar mientras Anna se encontraba por asuntos de su trabajo, fuera de la ciudad por un par de dias. Las piezas del rompecabezas comenzaban a encajar unas tras otras...
A Anna la habia concocido hacian un par de semans atrás en una reunión de trabajo en el taller en donde él se desempeñaba como vendedor de articulos de pintura, acrilicos, acuarelas, colores de distintas calidades y precios, paletas y pinceles, y en general todos esos artefactos que son tan indispensables para pintores profesionales, aficionados y de los otros y en dónde ella era consultante de la misma. Entre ambos habia nacido una cierta atracción que no habia prosperado más que en unos cuantos polvos hechados en el taller-estudio donde él vivía. La habia invitado una tarde para mostrarle sus trabajos hechos al óleo y luego de unas cuantas impresiones por aqui y otras por allá, habian terminado follando sobre la mesa de trabajo de él. En aquel mueble, quedaron marcadas las dos nalgas de ella. La mesa estaba llena de pintura reseca, la cual recobró vida al mezclarse con la savia vaginal de Anna, estampándo su bien formado culo, en el centro mismo de aquellla caprichosa costra de colores abandonados. Entusiasmada por la casualidad original de aquella obra, Anna decidió encuadrar sus huellas anales para incluirla en su próxima exposición que se inauguraria dentro de unos cuantos dias, en una de las ciudades culturalmente mas avanzada del pais. Se demostraría haber sido una muy buena idea. El cuadro, que ella bautizó como ”Nalgas presionadas al óleo”, tuvo un éxito enorme y fué comprado por un agente de uno de los museos más relevantes de Europa y se encuentra todavía allí a la vista de quién lo quiera admirar. Por supuesto, Anna nunca reveló la técnica que usó para crear tal obra maestra a pesar de que muchos criticos de arte y dueños de galerias le exigieron incluso, que debería darla a conocer en nombre del desarrollo del arte y de muchas cosas más.
Y fue entonces cuando Anna le pidió que viviese algunos dias en su casa para cuidar de Max, su perro pastor alemán. El, encantado de poder serle útil en algo mas allá de lo puramente carnal, aceptó sin condiciones los deseos de su amante de turno, aúnque se guardó para si lo que pensaba hacer en la hermosa residencia de aquella pintora ya consagrada y muy respetada entre los eruditos de los grandes periodicos nacionales y de sus revistas ilustradas adicionales, de los los dias domingos y festivos.
Hugo, artista multifacético frustrado, tanto por falta de condiciones naturales como también por la adversión que sentía por los estudios técnicos especializados, habia pasado gran parte de su vida de adulto conviviendo con toda suerte de pseudo artistas los que en su gran mayoria vivian a expensas de amantes ocasionales. A menudo damas cuya juventud y belleza estaban ya limitadas a fotos de albumes de años ya lejanos, pero con dinero suficiente como para mantener a un ”protegido de mucho talento” quién, a cambio de comida y algo de contante para ”gastos de materiales” satisfacían también a sus dinosaurios (como las llamaban en su jerga de tertulias ociosas) con uno que otro coito sin mucho apetito. Hugo era el más joven de todos y el que más contribuia con nuevas conquistas y contactos con criticos de arte de dudosa procedencia. Lo de Anna le habia venido como anillo al dedo pues ”la cofradia”, como pomposamente se denominaban, se encontraba momentaneamente sin financieros y con pocas esperanzas de sobrevivir, ya que el mundo del arte se reducía cada vez más a obras creadas con las nuevas tecnicas de la multimedia computacional de las cuales ellos estaban totalmente marginados, por la falta de los carisimos recursos técnicos necesarios para, al menos, intentar estar al dia con la revolución que se estaba desarrollando en el mundo del arte.
Decididos a no dejar pasar esa oportunidad, se dispusieron a planear lo que harian cuando Anna tomara sus pinturas y valijas (culo encuadrado incluido) y dejara a Hugo como amo y señor del palacete aquél donde ella vivia, junto a su amado perro Max.
Instrucciones escritas con actividades bien definidas, horarios de paseos, gimnasia canina, y horas muy estrictas de comida le fueron entregadas a Hugo el dia en que Anna partió, una vez más, a deslumbrar a sus criticos de arte y a un publico que poco entendía lo que esa extravagante pintora queria expresar y que se interesaba mas por el cóctel ofrecido y por la posibilidad de aparecer fotografiado en algun periódico local que del contenido de la misma.
Sentado sobre una de la sillas de la cocina de la casa de Anna y ya en su tercera cerveza, contempló con una mezcla de admiración y pánico las manchas de la cocina. El calor del mediodia le habia obligado a abrir las ventanas y un montón de moscas revoloteaban alrededor de las manchas y las más atrevidas se habian depositado ya sobre las mas frescas, deleitandose de ese inesperado manjar.
”Max!” - llamó sin mucho convencimiento, con la esperanza de ver aparecer a la bestia al trote, obedeciendo su decir que venga. El animal no apareció y ya no le cupo ni la menor duda de lo que habia sucedido la noche anterior, de la proveniencia de las manchas en la cocina, ni la misteriosa desaparición del maldito perro.
Ya pasada la medianoche y cuando todo lo comible ya se habia acabado y el alcohol corria a mares en la casa de Anna, se le ocurrió a alguien hacer un asado al horno. La idea fue aceptada por todos y rápidamente se formaron distintos comités de acción:
1. Los cocineros, encargados de encontrar alimentos, condimentos y similares
2. Los jefes de niveles, encargados de que copas y vasos estuvieran siempre llenos
3. Los bomberos, en caso de que el fuego tomara proporciones inesperadas
4. Los servidores, encargados de servir las delicias por cocinar
5. Los comensales, la gran y hambrienta mayoria y por último
6. Los matarifes, encargados de llevar a cabo la delicada operación del deguello.
Porque alguien manifestó que el alimento más delicioso es aquél que, de la muerte, va directo al plato, pasando - por supuesto - por el arte culinario de la preparación del alimento exquisito.
A quién se le ocurrió la idea de sacrificar a Max, era algo que no recordaba y la sola idea de pensar en aquella aberración, le hacia ingerir cada vez cantidades más grandes de alcohol. La cerveza se habia terminado ya hacia un buen rato y - para suerte suya - habia encontrado una botella sellada de Ron y ya abierta, le permitia anestesiar su angustia bebiendo largos sorbos directamente de la botella.
Ya con el coraje suficiente, dejó correr sus recuerdos y vió exactamente todo tal como habia sido. El que se ofreció degollar a Max dijo provenir de familia campesina y estar acostumbrado a matar corderos, ovejas y cerdos. ”Estos son los peores!” - dijo - ”Chillan como barracos!”. Alguien, al lado de él acotó que ”Por la mierda, si son barracos!!” ”Cómo carajos quieres que chillen?”. Ofuscados, se tiraron un par de puñetazos al aire, pero a más no llego el entredicho. Al fin y al cabo eran todos artistas, y no pudieron o no quizieron, localizarse ni en Tiempo ni en Espacio. Estaban demasiado borrachos y no pudieron moverse con la soltura que exige el noble arte de la defensa y todo no fué más que una parodia de riña. Un viento menudo empezó a correr y el hambre comenzó a aumentar.
Dispuesto de todas maneras a demostrar sus condiciones de matarife fue uno de ellos a buscar a Max, el que oliendo la cercanía de la muerte, se habia refugiado bajo la alcoba de Anna. Nadie se enteró como aquél carnicero aficionado lo logró sacar de allí. Lo cierto es que al cabo de unos cuantos minutos, apareció con la enorme bestia en sus brazos y demostrándo bastánte destreza, le ató una gruesa cuerda a una pata trasera y haciendo pasar el resto por encima de la enorme lampara de la cocina, dejó al pobre Max colgando cabeza abajo. El animal hizo desesperados intentos por liberarse y al no lograrlo, comenzó a soltar aterradores aullidos, que hicieron que el improvisado matarife tomara el primer cuchillo que encontró y se lo introdujera con violencia en un lugar no especificado del cuello. Ninguna de las dos cosas tuvo el efecto deseado. El cuchillo era de servicio diario, sin filo ni punta y el lugar elegido en el cuello del pobre Max fue más cercano a una de sus orejas que a la yugular. La escena fue espantosa y muchos abandonaron a tientas y tropezones la cocina, para evitar ver la masacre que se estaba desarrollando allí.
Enfurecido por la herida recibida, Max comenzó a balancearse como si fuera un trapecista de circo pobre y mostrándo sus enormes colmillos en mueca impoténte, se debatió ferozmente tratando de eliberarse de aquella trampa mortál. Su cabeza casi topaba el techo en esos estertóres y espasmos que daba, mientras la pata que lo ataba a la tortura de esa caricatura de muerte, ya estaba despedazada y amenazaba con romperse en cualquier momento.
Hugo no pudo evitar una enorme y prologanda carcajada cuando se acordó de lo que alguien habia dicho despues que Max soltó su último suspiro: ”A este hijo de puta no lo matámos...SE MURIÒ...!! El gran cabrón...!”
Se paró con dificultad de la silla e hizo un esfuerzo por limpiar la cocina, pero no lo logró. Abrió el horno y alli estaba, achurrascado y maloliente, el cuerpo de lo que quedaba de Max. No era especialmente agradable verlo: grandes trozos de cuerpo le faltaban por aqui y por allá, estaba sin la cabeza y conservaba aún la piel, lo cual significaba que le habian metido el diente sin despellejarlo y se habian comido gran parte de él.
La tarde ya se habia dejado caer y con ella también, la constatación de que todo era verdad y no parte de una pesadilla. Una mucama pasó con un cochecito portándo a un durmiente bebé, el que arrugó su naricita al franquear una nube espesa de olor a perro chamuscado.
Abrió el congelador y vió la enorme cabezota del perro que con ojos vidriosos, abiertos al maximo y con la lengua pegada al paladar lo contemplaba desde su último invierno.
Cerró la puerta , se dirigio al baño, vomitó un par de veces más, se echó la botella de Ron al bolsillo y dejó la casa sin cerrar la puerta.
Anna tal vez podria creer que alguna secta de perversos fanáticos lo habia atacado y junto a él, también a Max. Y la verdad es que tan lejos de la realidad no estaba.
Simbiosis. Observaciones de un abedúl

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Ya casi sin aliento se dejó caer pesadamente sobre un peldaño de la pequeña escala que daba a la puerta de la casa en dónde intentaba pedir refugio. Golpeó desesperadamente y esperó con ansias que alguien abriera para ponerse a salvo, pero sólo un silencio espeso le respondió. Escuchó a lo lejos, los ligeros pasos de sus perseguidores que se acercaban más y más, augurando lúgubre desenlace. Se incorporó con pesadumbre y volvió a correr entre los callejones de aquella parte de la ciudad, hacia adónde lo habian acorralado sus verdugos.
El corazón le latía con fuerza, pero no sólo de cansancio sino también de pavor y angustia. Al llegar a una esquina, prestó atención a unos chirridos de frenos que gimieron a sus espaldas y volviendo la cabeza hacia atrás, percibió con creciente desesperación que dos poderosos focos lo alumbraron casi por completo desvistiéndolo de la seguridad que le ofrecia la oscuridad.
Un motor zumbó violento rompiéndo la quietud de la noche y unas ruedas quemaron rabiosamente el pavimento que las sostenian, hartas ya de no poder frenar y descansar.
Se detuvo unos cuantos segundos para razonar, pero su cordura ya habia sido nublada por la hediondez de la adrenalina que bañaba su cuerpo, y en instinto de sobrevivencia elemental se precipitó en enloquecedora carrera calle abajo, en busca de algo que lo pudiese ayudar a franquear el castigo que ya presentia, y para lograr escabullirse también de sus perseguidores.
Habia elegido voluntariamente ese macabro juego, y ya no podia dar paso atrás.
La oscuridad de la noche ahogaba sus lamentos, y sentia con horror los pasos de sus castigadores cada vez más cerca de él. Es que no se cansan nunca? pensó. Su cerebro aún trabajaba y era asombrosa la rápidez con que lo hacía.
En una esquina giro rápidamente hacia la izquierda pero inmediatamente se dió cuenta de lo errado de tal decisión. La pendiente de una callejuela sin pavimentar se reía a mandibula batiente de él y lo invitaba con una mueca irónica a correr por sobre su áspera lengua mordáz: ”Por aquí!”, ”Por aquí!”, lo llamaba y le decia ”Ven que yo te salvo!”, ”Ven que yo te salvo!” y soltándo carcajadas diabólicas, le mal alumbraba el camino con los famélicos rayos de las pocas y raquiticas lámparas incandescentes, que habian logrado salvarse de las pedradas que diestras manos de niños pordioseros se empeñaban en apagar para siempre.
La vereda estaba anegada de orines y aguas sucias y optó entonces por tomar el medio de la calle aún cuando esto acentuaba el riesgo de ser descubierto por sus perseguidores.
Uno de los vehiculos ya mostraba su trompa luminosa en el entrecruce por el cual habia doblado y frenándo bruscamente, la enfiló hacia su silueta diminuta e indefensa.
El cuerpo mojado de transpiración, las ropas en desorden, la boca abierta buscando aire para renovar sus cansados pulmones, el sollozo estremecedor de la impotencia infantil ante el castigo del adulto, la callejuela riendose estrepitósamente de él, y los ligeros pasos pisandole la sombra. Qué más podia pedir? No tenia nada que envidiarle a nadie.
En su loca carrera habia pasado sin darse cuenta frente a una escuela pobre, la cual al verlo pasar, cerró sus postigos-párpados para no ver lo que se avecinaba. Ya habia visto demasiado y el nochero que transitaba por sus tripas simuló prender un cigarrillo cuando - en el fondo - también quería huir. Siguió corriendo y pasó jadeando ahora por la vereda de una enorme iglesia católica, la cuál con su impunidad decretada parecía cerrarle el paso. Pero, no es ésta la casa de dios? se preguntó con desesperación, titubeando al ver la pesada mampara cerrada. Pero el miedo pudo más que la razón y dándo un pequeño giro para frenar su carrera, se dispuso a golpear la puerta de los cielos para pedir clemencia. Pero se acordó repentinamente y con agustia que la noche era para descansar y que con toda seguridad, dios dormía.
Todo parecia deshabitado y muerto y nadie recurría a sus silentes gritos de ayuda.
Dudó un instánte ante el úmbral de un conventillo. Era un callejón sin salida, aunque porqué debía de ser ésta una alternativa peor que cualquier otra? Nada parecía indicarle que veria el amanecer de un nuevo día, de tal manera que, porqué no?
El suelo de la entrada estaba mojado y fangoso y ninguna luz alumbraba su interior. Era como si todos los que alli habitaban, contenian la respiración al unísono a la espera de algún final definitivo.
Y de improviso tuvo una idea!
Se agachó y enterrándo las manos en el barro se embadurnó la cara y sacándose toda la ropa, continuó con el pecho, los brazos, el vientre, los testiculos, el pene, los muslos, las rodillas, las pantorrillas y tirándose de espaldas sobre el ciénago, untó con lodo toda la parte de nuesto cuerpo que nunca vemos, apagando asi la cara oscura de la luna y puso mucha atención en lo que hacia.
Calculando minuiciosamente su accionar, empezó a darse cuenta que su desesperado plan estaba dando frutos. Su cuerpo comezó poco a poco, de abajo hacia arriba, a mezclarse con el barro que pisaba revolviendo su masa con la masa de la tierra, mimetizándose con ella y en ella. Dentro de sólo unos instantes, seria parte del pedazo del suelo mojado y barroso que estaba pisando.
A lo lejos sintió que alguien tiraba la cadena de un baño, y el sonido que produjo en el silencio nocturno fue como un eructo subterráneo de miles de cloácas intestináles.
Embadurnado de barro todo el cuerpo y completamente desnudo, se sentó sobre la vereda de la callejuela y convertido en bollo de fángo, esperó. Un auto se detuvo bruscamente a la entrada del conventillo bloqueándo la única salida de escape posible. Cuatro hombres portando poderosas linternas bajaron del vehículo y comenzaron a rastrillar el lugar. Uno de ellos soltó una maldición por tener que ensuciar sus zapátos nuevos, pero el deber lo obligó a seguir.
Los pasos ligeros de sus perseguidores se acercaban cada vez más a él, que camuflado de montículo embarrado, se dispuso a aceptar lo que viniese.
Observaciones de un abedúl.
Transformado en abedúl enclénque para no desentonar del paisaje mísero que lo rodeaba, vió como sus torturadores alumbraban con poderosas linternas todos los rincones del conventillo, convirtiéndolo momentáneamente en tívoli triste de esperanzas perdidas.
Cuando uno de ellos lo rozó con su cuerpo, contuvo la respiración para no ser descubierto ni oido, pero se acordó rápidamente que ya no era humano sino vegetal, y soltó todo el aire contenido en su interior para probar el efecto que provocaría.
Sus extremidades-ramas se agitaron levemente y una brisa mortecina levantó un mechón de cabellos de uno de sus perseguidores.
”Parece que se va a poner a llover”, dijo aquél y levantando el cuello de su abrigo lanzó un escupitajo que quedó colgando de una de las hojas de su cuerpo camaleónico.
Después de haber buscado en vano por la callejuela embarrada del conventillo, se detuvieron al lado del abedúl a conferenciar. Ya era más de medianoche y un murciélago confundido cruzó el cielo, pero como éste no era su cuento su aparición no fue más que un accidente fugáz que no se volvería a repetir.
Uno de los perseguidores propuso allanamiento masivo, pues estaba convencido que la víctima se encontraba oculta en alguna de las casas de aquél lugar. Otro planteó que lo más probable era que se hubiese escapado saltándo alguna de las tantas empalizadas que separaban ese conventillo de otros igual de miserables, y que lo mejor era seguir la búsqueda por allá. Un tercero sugirió rastrear los patios traseros pues a lo mejor se escondía por ahí, esperando que ellos se fuesen para dejar tranquilamente el lugar burlándose de ellos. El cuarto, el que habia soltado el escupitajo, recomendó irse a putas el resto de la noche y olvidarse de todo el asunto.
Tales eran las alternativas presentadas en aquél pequeño pedázo del mundo y como si ésto no fuese suficiente, a esa misma hora y muy lejos de allí, alguien recibía el premio Nobel de literatura de manos del rey de Suecia, y se aprestaba a saborear la exquisita cena con que la casa real sueca acostumbraba congratular a tan proverbial individuo, después de magnificarle el ego con un grueso cheque. La proposición de pasar el resto de la noche en morada de rameras fue aceptada por unanimidad y pasando de la palabra a los hechos, se marcharon de alli.
El abedúl comprobó que su nuevo estado, si bien no era nada de envidiar, lo habia hecho insensible a la empatía, a las decisiones por otros tomadas y a otras cosas que ya tendría tiempo en constatar. Pensó en las ventajas y desventajas de su nueva situación llegando a la conclusión de que, en ese instánte, era lo mejor que le podía haber haber sucedido.
Una araña se deslizó por su hilo fino de espumarajo espeso, dejando un pequeño regero de terciopelo suave sobre uno de sus lomos y con la decisión del que sabe lo que hace, se marchó a pescar.
Se despertó sobresaltado al sentir un ruido familiar que no pudo identificar. Era como si un riachuelo estuviese deslizándose por su lado, soltándo leves murmullos al pasar.
La madrugada era tenue y los gritos habituales de los moradores del conventillo, llenaron la callejuela embarrada de lo necesario para sobrevivir un dia más. Y contempló extasiado el devenir de un nuevo amanecer a través de su costra de abedúl.
Constató de inmediato algunas cosas que le harían más fácil aceptar su nueva situación. Podía escuchar pero no hablar, podia oler sin sentir hambre y no se podía mover. Además podia pensar y si ésto era una ventaja o nó ya lo comprobaría con el correr de las horas, porque estaba convencido que su nueva vida vegetal sería temporal, y pronto recuperaría su condición de ser humano.
Mas, dónde estara ubicado el cerebro?, pensó. Porque pensaba, eso estaba claro y lo estaba demostrando en este preciso instánte, al plantearse esa pregunta. A lo mejor estaba en sus raices protegido por la tierra de los acosos del hombre. Asi debía ser!
Descubrió además que también podía mirar y que su percepción visual estaba ubicada en todo su derredor y que en su pequeño mundo especial, no existía ni adelante ni atrás. Y eso era una gran ventaja aunque de qué le podría servir si no se podía mover?
”Dejémonos de pensar en forma negativa”, se propuso y miró a su alrededor para ver el paisaje que lo rodeaba y sintiendo la humedad tibia del caldo amarillento de un perro fláco correr por su tronco, se resignó a su nuevo situación.
Algunos nacen, otros mueren y algunos como él (aunque no muchos) logran también resumir ambas condiciones, en un solo y reseñable acto de simbiótica existencia peculiar.
Bagatelas sin sentido

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Un día cualquiera en el Circo sin Fronteras que es la Unión Europea, se le ocurrió a Pelle darselas de director de teatro.
”Qué te pareció?” me preguntó sentándose en el unico sillón disponible de mi pequeño departamento en un suburbio pobre de Estocolmo. Hacia unos cuantos días atrás habia depositado en mis manos un manuscrito con lo que él aseguraba, seria la mejor obra de teatro escrita en los ultimos decenios sobre el planeta Tierra.
“Aún no lo he podido leér”, le dije y puse una cafetera sobre la cocinilla a gas que me ayudaba a sobrevivir.
(A espaldas de mi amigo Pelle, sin que él lo sepa y antes también de darle a conocer mi opinión sobre su “pieza de teatro”, quisiera presentárselas a ustedes, lectores leales de guillermiadas para que se hagan una idea propia, y no se dejen influenciar por mis opiniones al respecto. Y lo hago en un intento algo deseperado por buscar aliados que esten de acuerdo conmigo en que Pelle, el creador de este bodrio que él aparatosamente titula “obra de teatro”, pertenece a las cloácas de la subcultura y deberia ser tirada al basurero de la historia literaria.
Pelle es mi mejor amigo, pero ya veremos en que categoria me situará después que léa este artículo.
Aprecien por si mismos!)
Diálogo de verano
Obra en dos actos, dirigida por Pelle Persson
Primer Acto
Sobre el escenario, una mesa, dos sillas, una lámpara de pié, una bacinica antigua amarillenta y saltada.
Con salvedad de la luz que arroja la lámpara, todo el escenario estará sumido en profunda obscuridad. Bajo la misma lámpara un músico deberá estar ubicado a diez metros de los actores principales.
La música que aquél tocará, será un concierto para piano en una nota, interpretado en un pianillo de juguete. El concertista estará muy serio y concentrado vistiendo un negro frac. Su cara deberá estar además, cubierta por una careta de color gris y de muecas tristes.
Al comenzar la obra, estará sentado bajo la lámpara que arrojará rayos de luces tenues y difusos. El sonido del pianillo deberá ser rutinario cual sonido de campana de parróquia pueblerina y pobre. Su plañido cesará cuando comienze el diálogo entre los actores de la pieza teatral de marras.
Dos actores estaran sentados uno a cada lado de la mesa y de espáldas al público. Porque si es un diálogo, que importa la mímica o el maquillaje.
Ambos deberan estar rigurosamente vestidos de negro para mimetizar sus cuerpos con la obscuridad que bañará todo el escenario.
En sus nucas portaran sendas caretas blancas que, con sus ojos sin vida, miraran al público.
La careta del actor de la izquierda deberá representar una mueca de enojo, en tanto que la de la derecha, una mueca burlesca.
La idea es mostrar dos caras blancas que den la sensación de flotar en el aire mientras dialogan.
La opertura estará a cargo de Careta Enojada.
”Y entonces en un punto de la Nada, una intensa energía explotó con enorme fuerza formando el Universo.” Y agregará muy seguro de si mismo: ”Es la teoria del Big Bang.”
E inclinando su cabeza hacia el centro de la mesa, quedará contemplando el vacio del espacio infinito que lo rodea, en magistral toque teatral de actor de Broadway.
“Aha!” responderá Careta Burlesca y agregará en espontánea reflexión: “Algo asi como la celebración del Año Nuevo en Suecia!”
“Cómo asi!?”, responderá a su vez Careta Enojada con algo de confusión en el tono de su voz. Y deberá agregar con sorpresa: ”Qué quieres decir con eso!?”
“Intensa energía y gran explosión!” responderá Careta Burlesca con ironia y esperará risas del público.
En ese punto de la obra, ambas caretas se confundiran con la obscuridad que las rodea y ”desapareceran” momentaneamente, al mismo tiempo que una voz resonará por los parlantes diciendo:
”La política de alcohóles en Suecia es uno de los puntos más sensibles del Estado de Bienestar de éste país. Pues cuando el pueblo sueco se decide por el camino de las bebidas fuertes, no hay quien lo detenga. Y la celebración del Año Nuevo es uno de esos caminos. Política que desde el punto de vista de la controversia, tal vez tenga su paralelo con la política de inmigración. O con la de la integración. O con la de la adopción o no del euro como moneda europea nacional. O con la de la pasividad ante el nazismo creciente. O con la de los impuestos. Pero a pesar de todo, no hay nada más delicado en Suecia que el tema del alcohól.”
Llegado este momento, ambas caretas reapareceran nuevamente mostrando sus blanquecinas muecas, mientras que por los parlantes del teatro comenzarán a escucharse los tonos de All you need is love de los Beatles, al mismo tiempo que las dos caretas orinaran en la vieja bacinica apostada al medio del escenario. Los chorros de los orines deberán ser fluorescentes y daran la sensación que caen de la nada.
El pianista, ofuscado se parará de su silla situada bajo la lámpara, introducirá su pianillo bajo la chaqueta de su frac y desaparecerá del escenario a paso rápido y exageradamente decidido.
Solo volverá a reaparecer al concluir la obra. La voz se extingirá cerrándose asi el primer acto, al son de una mezcla de tango, samba y la canción nacional sueca.
Segundo Acto
Un baño muy pequeño y estrecho deberá estar ubicado al centro del escenario. En su interior se encontrará una mujer tendida de espaldas en el suelo con un hombre sobre ella. Al comenzar esta escena estarán en el climax de un acto sexuál un tanto desesperádo e incómodo. Pero entre gemidos, movimientos múltiples de brazos y piernas hacia todos lados, lograrán un orgásmo mancomunado.
Al salir de entre las piernas de la mujer, el hombre se dará un fuerte cabezaso en el lavamanos y la mujer romperá a reir, la cual por lo estrecho del lugar y también por la posición en que se encuentra, tendrá dificultades para incorporarse. El hombre se pondrá de rodillas a su lado y extendiendo sus manos, la ayudará a sentarse en el suelo. Pero la levantará con tal fuerza que la frente de la mujer también irá a dar contra el canto inferior del lavamanos. Ahora será el hombre quien romperá a reir, mientras la mujer se frotará la frente y se producirá el siguiente diálogo:
El hombre: ”Esto es sin duda alguna, muestra concreta del principio del fin de la iglesia católica! Je, je, je…!”
La mujer: ”Si! Ja, ja, ja…!”
El hombre: ”Somos verdaderamente la pesadilla del Vaticano, no te parece!?”
La mujer: ”Ja, ja, ja…! No me hagas reir que se me van a soltar los esfínteres!”
El hombre: “Somos el sueño de cualquier párroco rural, no crees? Je, je, je…!”
La mujer: “Jo, jo, jo…! No me hagas reir más, por favor! Ja, ja, ja…!”
Y a través de los parlantes se escuchará el claro y muy distingible sonido de un fétido ronco y prolongardo.
Ya más calmada y sentada sobre el piso del baño, la mujer le dirá al hombre – que aun todavía seguirá de rodillas a su lado - lo siguiente:
“Mi padre me llamó a mi celular hace un rato y me contó que…”
El hombre interrumpiéndola le dirá: “No te parece que estamos en una posición un tanto precaria como para hablar de tus progenitores?”
La mujer: “Ja! Tal vez tengas razón. Pero escucha! Me dijo que en la mañana cuando habia salido a hacer las compras semanales junto a mi madre…”
El hombre:Se le olvidó!”
La mujer: “Se le olvidó qué!? No me sigas interrumpiendo, por favor!”
El hombre: “Pues se le olvidó sacárle el bozal a tu madre y se asfixió camino a las compras. Je, je, je…!
La mujer: No te hagas el gracioso! Quieres que te siga contando lo que sucedió o no!?”
El hombre: “Si, cariño! Vamos, no te enojes!
Y cambiando de posición cual político oportunista, se sentará en la tina del baño a contemplar lo que la vida le estaba ofreciendo de manera temporal.
La mujer: “Pues bien. Cuando mi padre conducía su vehículo, a medio camino se dió cuenta que el automóvil se sentía más pesado de lo habitual y que…
Interrumpiendola una vez más, el hombre le dirá: ”Pero como nó! Si tu madre iba arriba! Je, je, je…
La mujer ignorará ese comentario y continuará hilvanando su frase suspendida, agegando que…”olia a goma quemada. Y sabes porqué!?
El hombre: “Porque iba arrastrándo a Vargas Llosa! Je, je, je…!”
En ese preciso momento deberá caer el telón y todo quedará sumido en una semi-obscuridad artificial pero agradable a la vista.
Por el centro del pesado cortinaje reaparecerá el músico, quien sacando su pianillo de juguete de uno de sus bolsillos comenzará a tocar los primeros acordes de Time to say good bye de Andrea Bocelli.
La sala será absorvida por los sonidos de esa melodia, al mismo tiempo que aparecerá por sobre la cabeza del músico un gigantesco afiche que dirá:
Y deberan sacar un rayo del arcoiris para entender lo que han visto!
Y ya me dirán ustedes, lectores de guillermiadas cuál es el mensáje que Pelle quizo hacer llegar con su “obra de teatro”. Expresión alocada que nunca se estrenó pues todos los productores teatrales en sus cabáles a los cuáles recurrió, llegaron a la misma conclusión que yo: esto es una basura sin sentido!
Tomé mi celular y llamé a Katrine, la cual por suerte no era feminista y sabía exactamente el motivo de mi llamada nocturna. Me respondió de buena gana, y me olvidé por un rato de mi buen amigo Pelle.
“La noche es jóven y recién comienza!” pensé. Y cerrando la puerta de mis obstáculos, me fui a vivir.
Armonia impúdica y cotidiana

Este cuento fue presentádo en un concurso literario en Chile. Creo que fue hace un par de años atrás. Y quién lo organizó, no me acuerdo. Lo único que si recuerdo es que no ganó ni el primero, ni el segundo, ni el tercer premio. Pero si, ganó un "premio especial". Y si lo léen se darán cuenta porqué. Mi modesta opinión, es que deberian haberlo tirado a la basura de los desechos literarios. Suerte en la lectura!
Guillermo Ortiz-Venegas
Se dió vuelta en la cama y tropezó con el contador de horas que habia heredado de su abuelo. Lo habia recibido de regalo cuando se desvirginó una mañana cualquiera del siglo pasado en que todo el mundo descansaba, con ayuda y gracias a la generosidad prestada para tal ocasión de la hija del sastre de la esquina, que no creia en eso que los domingos eran fiestas de guardar, y trabajaba siete días a la semána. Y era su hija entonces quién guardaba entre sus blancos muslos, lo que su padre ignoraba.
El reloj dió las tres de la mañana y ninguna mujer entibiaba con su aliento cálido y fresco, su espalda descubierta cosa que le sorprendió.
”Ashla deberia estar a mi lado”, pensó pero el sopor de la vigilia no le permitió seguir especulando sobre la ausencia la mujer.
Levantó la vista hacia el techo de su alcoba y doblando los brazos tras su nuca intentó contemplar el alcázar que lo rodeaba, mas nada pudo distinguir.
Se levantó en silencio para no despertar a los fantásmas que por ahi merodeaban, y sentándose al borde del crujiente catre que cobijaba los olores de sus manchas, tomó la decisión de bajar al piso inferior de su casa sin ponerse calzoncillos. Dormir en pelotas era una de las pocas libertades que aún le quedaban. Algo asi como un pedazo de mantequilla expandida con mucho cuidado sobre un trozo de pan rancio.
La oscuridad de la noche le ayudaria además a camuflar sus partes intimas. Porque a pesar de que poco o nada le interesaba esa mundana problematica de esconderlas o no, la mojigateria de la moral oficial le exigía lo primero.
Pero se convenció a si mismo que lo que hacia era correcto, cuando dedujo que si sus testiculos se balanceaban libres, pues a quién le podria importar tal movimiento pendular, si nadie los veria en la soledad oscura de una noche como esa.
Y como nadie lo contradijo, se sintió amparado en la conclusión final de ese debáte nocturno, y soltando un suspiro de satisfacción las emprendió escalas abajo, a la piedra de toque de su hogar.
Se sentó en la comodidad de su sillón favorito – el sillón mágico – dejándo caér todo el peso de su presencia sobre aquella delicada superficie, mas no pudo evitar sentir un ligero malestar cuando se le ocurrió que a lo mejor estaba profanando con su impertinencia, el resultado exquisito que tapizadores y albañiles habian logrado con su obra maestra, y que ya terminada, soportaba ahora todo el peso de su humanidad carnal.
Picasso lo observó desde la incómoda posición que le habian impuesto al clavetearlo en una pared sin alarmas, y arugando su mirada, lamentó que vendiesen aún litografías baratas de su obra genial. Pero nada pudo apelar, puesto que sus restos ya no eran suyos sino patrimonio universal, y pertenecian a todo aquél que tuviese la buena voluntad de ofrecerle a sus obras, un lugar privilegiado en su casa sin polvos del tiempo y algo de buena iluminación.
El humo eterno de los cigarrillos de los vecinos se empezó a colar por las rendijas de su terraza e inmediátamente tomó la decisión de – a corto plazo y con carácter de urgencia – cementar su puerta para evitar tabacazo ajeno, pero también para acentuar el ruido del silencio.
El ladrido del perro de uno de sus vecinos lo sobresaltó, justo en el instánte en que se disponia a orinar en el macetero que soportaba en su medio artificial, la planta favorita de su mujer, y soltando una carcajada incontrolable, se preguntó si aquella interrupción no habria sido producto de una inspiración infernal o de maldición divina.
Un espontáneo estornudo ocasionado por un pedazo de polvo que se habia salvado del holocausto del paso de la aspiradora por los dominios de Picasso enclavado, cortó por un instánte su racionalidad y perdió también por unos cuantos segundos, su capacidad motórica innáta.
”A lo mejor son precisamente esos momentos en los cuáles la población europea se encuentra sumida, cuando vota a favor de pertenecer a la Unión Europea. Es decir, irracionales y paralizados”, se dijo y tomando una servilleta de papel, se limpió las fosas nazales ocasionando sonidos de trompetas desafinadas.
Un gañan en moto que dió por pasar por la calle en que vivia, se preguntó con algo de espanto que ”quién puede estornudar de esa manera en el mundo cristiano?”, creando ipsofacto un prejuicio contra los no-cristianos, cuestión de la cual nunca fue conciente. Y acelerando a fondo el motor de su máquina, se alejó de alli a toda marcha para no tener que ser una vez más, testigo acústico de sonidos pagános, primitivos e incivilizados.
Cuando sus pupilas se habituaron a la oscuridad, observó que Ashla lo escudriñaba con pasión agitada desde el otro extremo del sillón mágico, y que abriendo la prenda nocturna que cobijaba su caliente cuerpo le ofreció sus generosos pechos, para que bebiera algo de la savia de vida que aún le quedaba y que ella celosamente habia guardado para ocasiones como esta.
Y el alba de un nuevo día demoró su luz para darle tiempo a que bebiese un refrescante jugo de mujer, sin el acoso del horario rutinario de un día dividido en obligaciones sin mucho sentido.
Satisfecho el acto y sin ningún comentario al respecto, se incorporó de su cuerpo agitado y clavando la mirada en la pantalla vacia del televisor que nada le decia, optó por concentrar su atención en el sonido de aplausos provocado por la lluvia que caia sin cesar sobre el techo de su casa, y también sobre su vida.
”Tal vez sobre la tuya, pero no sobre la mia!”, le gritó el repartidor de periódicos en esa mañana lluviosa y gris, desplegando un enorme paragua negro y lo dejó afuera de la posibilidad de ser feliz.
”Pero qué haces!?” le preguntó con asombro no fingido, y una gota de sudor se desprendió de su cuello, desplazandose por su pecho como lombriz angustiada, hasta que logró llegar al punto contrario del lumbago.
”Cerraré el paraguas!” le respondió el repartidor, y corriendo feliz por las calles mojadas de su pueblo natal, desapareció de su espacio visual cantando Singing in the rain… I´m singing in the rain… y nunca más lo volvió a ver.
Cuando un nuevo día depuntó en el alba del día siguiente, el televisor ya habia comenzado a transmitir sus banalidades acostumbradas y lo apagó sin remordimientos de conciencia ni pesar alguno.
Ashla aún dormia en el sillón mágico y recordó que su propia presencia y persona jurídica se habia quedado dormido sobre el teclado del computador, estampando la siguiente cifra en su pantalla: 647788888888, con la ayuda de las arrugas que pavimentaban su frente y se sorprendió que esa cifra no fuese más larga.
”Es que tengo la frente tan estrecha?” pensó y para conformarse concluyó en voz baja que ”lo que pasa es que estoy bajando de peso!”.
Pero sus lentes estaban rotos y maldiciendo su mala suerte los reparó con pegamento barato, pues no tenia los recursos necesarios como para pagar la visión libre que ofrece la democracia con lentes.
Se lavó los dientes con furia para sacarse el gusto de una mala noche, y se le ocurrió pensar que los yanquis seguian asesinando en forma impúne en nombre de una supuesta lucha ”contra el terrorismo internacional”, pero que a pesar de todo, el mundo seguia girando de la misma manera como lo habia hecho durante millónes de milenios.
Se acordó de la vieja bruja de Talagánte y pensó que a lo mejor era parienta de la mujerzuela Hiriarte, esposa del Homosaurio. ”No puede ser de otra manera!” se dijo convencido. Y confiando en la seguridad que le ofrecian esos nuevos conocimientos adquiridos, tomó la decisión de aplazar la vida un día más para aprovechar al máximo la energia que ofrece el instinto primitivo de la sobrevivencia, para de esa manera decirle hola! a su mujer, como reconocimiento por años transcurridos.
Pero no crean ni por un instánte que mi pasado no me persigue! Porque en cada Navidad prendo una velita eléctrica en mi árbol navideño de plástico irrompible, disparo unos cuantos cuetes al aire cada vez que al calendario se le ocurre cambiar de año, y en mi cumpleaños degullo algo de torta, cuyos trozos se me atragantan en el pescuezo, pues no augurian primaveras sino otoños. Pero la digiero sin chistar para satisfacer a familiares, conocidos desconocidos y oportunistas de toda especie.
Y antes de comenzar un nuevo día, apoyé una mejilla sobre las tibias caderas de Ashla pensando que pronto llegaría la hora en que mi mujer me diria ”buenos días”, en ese instánte matinal en que todavia semiadormecidos y poco atrayentes por las huellas de la noche en nuestros rostros y alientos, nos encontrariamos en el baño común de esposados legáles.
”Qué tendrán de buenos?” le responderia yo como de costumre y guardariamos silencio para no provocar al pasado con nuestro presente. Y era lo único que necesitabamos decirnos para sobrevivir año tras año.
Y mientras besaba una de las nálgas de Ashla, me acordé de un trozo de un poema de Dylan Thomas:
Me has olvidado?
Soy el hombre al cual decias amar.
Yo acostumbraba dormir en tus brazos.
Te acuerdas?
Comenzó a llover y nos escondimos de nuevo. Y ya nada más tuve que escribir sobre estaciones del año, fenómenos metereológicos, o relaciones humanas.
Alguien afirmó que ni a nuestros progenitores ni a nuestros vecinos los elegimos nosotros. Se nos imponen! Igual que las estaciones del año y un sinfín de cosas más.
Y la armonía de mi vida, volvió nuevamente a ser total.













