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Un día igual que cualquier otro

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I

(Toma de conciencia)

Me di cuenta que el libro que leía tenia su lomo cubierto de polvo. ¿Pasará tanto tiempo entre página y página? pensé, y con algo de indiferencia comprobé además que ese hecho ni siquiera me ruborizó, pero para evitar comentarios irónicos de las quintaesencias frustradas que visitaban mis aposentos de manera regular, lo limpié con la palma de mi mano.

Gaddafi aplasta a los rebeldes que se alzaron en su contra, y si eso está bien o está mal, lo tendrá que decidir el propio pueblo libio. A Japón le llueve sobre mojado aun cuando la radioactividad no es del todo ajena en el país nipón, pienso con algo de sarcasmo y logro dibujar en mi mente los hongos atómicos de Hiroshima y Nagasaki, encumbrándose en el horizonte de la monstruosidad humana.

Dirce sigue pintando su cuadro con frenesí y mientras lo hace, canturrea una melodía conocida, sinónimo de que está satisfecha con lo que está logrando. Y yo para no ser menos, decido poner una película de Roman Polanski en el box del DVD, porque de escribir ¡ni pensarlo! 

II

(Consejos de Pelle en un bar algo convulsivo)

Las frases que había escrito hacia unos días atrás aun flotaban vacilantes sobre el papel que las toleraba, y no lograba encontrar un denominador común que las pudiese unir en algo coherente. La literatura es como el Arte abstracto, me dijo Pelle con tono académico, cuando disfrutábamos de un café en un barcito recién abierto en la esquina de Götgatan con el negocio de segunda mano, en donde compro mis ropas y otros utensilios caseros, tan necesarios para garantizar la sobrevivencia del homosapiens en el universo infinito, en el barrio de Södermalm.

Un pintor abstracto da unas pinceladas por aquí y otras por allá para decorar su obra, sin preocuparse sobre detalles tan pretensiosos como la coherencia, sentenció con sabiduría.

Uno de los mesoneros que se trasladaba por el barcito tropezó con algo y todos los platos y vasos que llevaba en sus manos se estrellaron fuertemente contra el suelo. El efecto fue impresionante: (como si la impresión se pudiese medir. ¿O se puede?) algunos quedaron como petrificados en medio de una mascada. Otros, cubrieron sus cabezas con sus brazos en acto instintivo de protección del intelecto. Unos cuantos (los menos, debo acentuar) se refugiaron bajo las mesas que ocupaban creyendo que se trataba de un atentado terrorista, pero la gran mayoría siguió sentada como cadáveres-estatuas sepultados por la erupción del Vesubio en Pompeya, a comienzos de la era cristiana en el continente europeo. Otro mesonero se apresuró a barrer la destrozada loza del suelo, y todo continuó con su normalidad habitual. 

III

(Las frases de marras)

Había escrito que “El hielo de las calles comenzaba a derretirse y los ilegales limpiadores de nieve, ya habían desaparecido de los techos de la ciudad”, o algo parecido. Y también que “Creí que te podría encontrar en alguno de los muelles de Estocolmo pero lo único que vi fue gente mirando el viento, sin darme cuenta que estabas acurrucada en la sombra de tus recuerdos y que sin quererlo, me salté esa hoja de tu vida.” No lograba ver la relación entre esos dos párrafos, aunque ¿porqué tal vínculo tenía que necesariamente existir?

O a lo mejor son el resultado de dos sueños distintos, dijo Pelle y no tuve más que asentir sin dejar de pensar que siempre le doy la razón cuando estoy algo melancólico.

Al día siguiente compré una docena de tulipanes para apresurar la llegada de la primavera, pero ni siquiera eso logró que mi lápiz volviese a rasgar páginas vacías. Decidí entonces volver a lo de las pesas, en el gimnasio cercano al departamento que habitaba. Compré yogurt, cereales deshidratados, fruta fresca, un poco de quinoa andino, albahaca, agua mineral con gas, y un poco de pan blanco para no exagerar y de esa manera no tener porte de santo escandinavo. Quería comprobar si eso de mens sana in corpore sano, me podría ayudar a salir del estancamiento lírico en el cual me encontraba empantanado. 

IV

(Las furias de Dirce)

Dirce había terminado su cuadro y estaba inquieta. Estado que era normal en ella cada vez que se encontraba entre un proyecto y otro. ¿Porqué no pruebas a dar una pincelada por aquí y otra por allá? Le dije para poner a prueba la teoría de Pelle. Pero la inmediata reacción de Dirce me demostró que Pelle estaba equivocado. Al menos en este preciso momento. ¿Qué te sucede? reventó Dirce como reactor atómico herido por un tsunami devastador. ¿Eres estúpido o qué!? Me preguntó furiosa, y ella misma contestó tan sensata interrogante. Porque por si no te has dada cuenta, mi estilo no es el arte abstracto sino el hiperrealismo. ¡HI-PER-RE-A-LIS-MO! Es decir, plasmo la realidad  en sus más mínimos detalles. O para que lo entiendas mejor: intento copiar la realidad de tal forma que parece una fotografía y no una pintura. ¿Entiendes? “Pinceladas por aquí y pinceladas por allá”, repitió mofándose del tono de mi voz con el cual le había hecho tal proposición ingenua, y agregó con desprecio. ¡Seguro que esa idea la metió en tu cabezota el gran sabelotodo de Pelle! Sentenció lapidaria y cerrando tras si la puerta del departamento que arrendábamos, me dejó solo.

Pobre Pelle, pensé. Porque su única intención fue la de darme una manito para salir de la sequedad de ideas en que estaba atascado. Y la próxima vez que se encuentre con Dirce, va a tener que, además, soportar una cantidad nada despreciable de epítetos despreciativos, además de la permanente amenaza a la cual recurría  cada vez que ella consideraba que “si sigues influenciando a mi amante de turno con tus pseudo teorías, te cortaré la cabeza para que dejes de producir tanto veneno intelectual.” Amenaza que, por supuesto, nunca llevó a cabo, pero que sonaba terrible cada vez que la emitía.

Pues bien. Tal vez lo mejor sea dejarlos que se despedacen entre si, mientras yo sigo en esto de pensar en como unir frases dispersas, en un todo congruente. 

V

(Fin)

Y como nada más tengo que agregar, termino aquí. Hoy, es un día igual que cualquier otro en la historia de la humanidad.

 

Guillermo Ortiz-Venegas ®

guillermo_suecia@hotmail.com

 

 

Amor y coincidencias

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El sol parecía una bola rojoamarilla que ascendía centímetro a centímetro por el cielo sin nubes al otro lado de mi ventanal. Y como cada centímetro son cientos de años luces, cuando el astro rey  llegue a su cenit, ya los biznietos de mis nietos no serán más que recuerdos en sus propias historias, pensé. El paisaje que siempre se divisaba en la acera de enfrente a mi ventana me tenia aburrido, y decidí ir a contemplarlo desde el tragaluz de la buhardilla para cambiar de tema. Pero era muy incomodo mirar desde allí, constaté. Y como a fin  de cuentas lo que sucedía al otro lado del edificio tampoco era muy interesante, opté por volver a mi antiguo mirador. Porque además el solitario desván olía a humedad seca, y estaba todo lleno de mierda de palomas residentes y de ratones intrusos. Y me cercioré sin asombro, que el panorama desde mi observador habitual seguía siendo el mismo: de postal descolorida de tanto ser manoseada por los ojos incrustados en mi cara.

Y cada vez más me gustaban los cuadros al oleo que pintaba Dirce y a ella también. Bueno; por lo menos tenemos algo en común, pensé. Aparte de follarnos recíprocamente y sin interrupciones, por supuesto. Pues cada vez que yo le manoseaba los senos, ella acariciaba a su Chihuahua. Y fue una de esas noches, cuando ya cansado de sentir la exaltación del maldito perro al lado de mi aliento cada vez que era mi turno de estar arriba, que me fui a la cocina sin planes precisos. Y se me ocurrió que a lo mejor podía comenzar a comer con las pinzas que Dirce usaba para arrancarse cejas y otros pelos impertinentes, que según ella deformaban su bello rostro (¡a mi me gustan las caricias de tus vellos!). Y esa herramienta siempre estaba por donde uno menos se lo esperaba: al lado de la vacía taza de su desayuno consumido, sobre el control remoto del televisor o dentro del vasito que contenía nuestros cepillos de dientes y la pasta dentifrica que nos daba la ilusión de haber blanqueado nuestros incisivos cada mañana. Pero ahora estaban allí, sobre la bandeja del pan en la cocina, y decidí probar. Las tomé cuidosamente y elegí de la olla en que Dirce había cocinado la cena, un pedazo de carne camuflado entre arvejas, zanahorias y pimientos al jugo, que era la creación gastronómica de su preferencia, y descubrí que una hebra de sus pestañas con aspecto de mitad de paréntesis, iba adherida a ese pequeño trozo de filete. Y se me quitaron de inmediato las ganas de seguir usando esas pinzas como instrumento culinario y también las de comer. En general.

¿Es que nada te sale bien? me dijo Dirce simulando enojo, (cuando le conté lo de mis paseos nocturnos por el departamento que arrendábamos) para de esa manera desviar lo de sus pinzas y sus cejas rapadas, y concluí que era hora de cambiar de táctica para sobrevivir con algo de decencia. Y en una de esas me pongo a aullar como lobo en una estepa de Laponia, razoné. Para  esperar un escopetazo por las costillas de algún cazador que acabe de una vez con mis frustraciones permanentes. Porque aprobaron una ley que permite cazar veinte lobos por temporada, le dije a Pelle. ¿Y si ya han cazado a los veinte? Pues me disfrazo de diecinueve para que no se produzcan confusiones al respecto, y ya está.

¿Y la noche siguiente? ¡Otra vez de sonámbulo! Y como no podía dormir empecé a esbozar un cuento para niños. Pero como ahora para escribir necesito del computador, me dirigí al lugar en donde estaba para prenderlo, y con algo de disgusto me di cuenta que no estaba conectado.  Y la genial narración infantil que había elaborado, desapareció para siempre. Mas no del todo. Porque cuando puse manos a la obra, me di cuenta que estaba plagiando aquel cuento de enanos y Blanca Nieves. Y que las descripciones de esos personajes contenían mucho más erotismo de lo que  recomendaba el ministerio de Asuntos Sociales en cuestiones infantiles, en donde la juvenil Blanca pasaba de cama en cama follando con todos y cada uno de sus enanos, que no creo hubiesen sido del gusto de un editor de libros candorosos. De esos que nunca tuve, pero que mi abuela paterna sacaba de la biblioteca a la cual estaba abonada. Vaya suerte la mía…

Al otro día salí a comprar cigarrillos y ¡Buenos días! me dijo el que estaba tras el mostrador y ¡Que los tenga usted también! le contesté para ser amable. Y al lado mío había un viejo con cara de cera no derretida, que me miró con desprecio y omitió un ¡Puf! o algo similar. Y salí de allí, con el convencimiento que no podemos caerle bien a todo el mundo. Y que el amor es cuestión de loterías, mientras que el odio, de tiro al blanco.

Cuando llegué de vuelta al departamento Dirce dormía aun. Pero como ella tenia la poco cristiana  capacidad de detectar cualquier movimiento a su alrededor, me dijo con voz ronca y somnolienta ¿compraste café? Y le dije que si, que ¡por supuesto! Pero que se me había olvidado lo del periódico matutino, y que lo iría a comprar en menos que canta un gallo (y ¿qué gallo? ¡Si aquí lo único que hay son gallinas! Y están todas congeladas y en presitas muy mononas dentro de envoltorios de plástico.) Me di cuenta entonces, que mi capacidad de improvisar era cada vez más patética y ridícula. Y al comentarlo con Pelle, me dijo que las reflexiones espontaneas no son perversas, sino relatos benignos en los cuales los ignorantes son humanos. Y que los humanos son despiadados, en su lucha por no sucumbir ante lo desconocido. Le dije entonces que no entendía lo que me estaba diciendo, y se quedó callado un rato largo, para luego reconocer que él tampoco sabia a ciencia cierta, qué mierda había querido decir con eso. Y cuando le pregunté si tenia algo de café, me dijo” Hmm….”

Sonó  el despertador  y di gracias al sonido de sus campanillas minúsculas que me hicieron  avivar, dijo Dirce y se estiró como gato en la cama que compartíamos. Ella a un lado y yo al otro. Porque tengo dificultades para despertar, agregó y prendió su primer cigarrillo del día.  “No lo sabré yo”, pensé, pero nada dije. Porque al fin y al cabo, ¿para que apresurar los acontecimientos de su silencio rutinario? Si cada vez que a alguien se le ocurre hablar, se me acaban las ganas de repetir que no todo lo que brilla es oro, y que la democracia es un termino más manoseado que los culos de todas las putas del mundo global y sin fronteras.

 

Guillermo Ortiz-Venegas ®

guillermo_suecia@hotmail.com



Segundos precipitados

Estoy buscando a un escritor chileno de nombre Roberto Boloño le dije a la recepcionista de la biblioteca. Segundo piso, al fondo bajo la letra “B” me dijo sin levantar la vista del computador y seguí sus instrucciones. Pasé por el lado de un viejo que leía un amarillento periódico y me pregunté cual seria la realidad: si el periódico o el viejo.

En varias revistas culturales había leído muy buenas criticas a ese escritor y decidí leerlo entonces, le contesté a Pelle cuando me preguntó que porqué mi interés en ese prosista. Y ya leí un libro de él,  Nocturno de Chile. Pero no me recuerdo de qué se trata, porque lo confundo con Pedro Lemebel  y sus Cronicas sidarias.  Y no me acuerdo si leí a Lemebel en español y a Boloño en sueco. O si fue exactamente lo contrario. Y confundes el sueco con el español? dijo Pelle con marcada ironía en su voz. Por supuesto que no! Le dije airado. Pero por eso mi confusión, agregué como comiéndome las palabras de cada frase. O seria que engullía las letras de cada palabra? No me recuerdo.

Las bibliotecas son como los templos para los creyentes, pues los misterios que se esconden tras cada libro que allí hay tienen una atracción fascinante. Y la comprobación agradable de haber pasado toda una vida conectado a esa entidad literaria llenó mi vida de un poco de alegría. Así como la que sentí al reencontrarme con Malin, en decenios ya olvidados, cuando venia llegando de Paris después de meses de estadía en esa ciudad bajo el pretexto de asistir a un curso de pintura al óleo.

Pero bajo la “B” no encontré sino a Bukowsky, y salí de allí sin Bolaño ni su prosa tan bien calificada por la Suecia literaria. Cuando pasé de vuelta el viejo ya no estaba ni tampoco el amarillento periódico que leía, por lo cual me quedé sin poder comprobar cual de los había pertenecido a la realidad de unos cuantos minutos atrás: si el periódico o el viejo. O a lo mejor no fue sino una alucinación mía, le dije a mi cerebro para tranquilizarlo, aunque tal vez no fue una buena idea, porque a qué cerebro le gusta que le digan que está alucinando, y que sus nervios y señales están siendo manipuladas?

Volví por las heladas calles de Estocolmo de Febrero y me acordé que dentro de un par de días se cumplirían ya 25 años del asesinato de Olof Palme. Y que esa investigación no había avanzado ni un centímetro más de cuando comenzó. Pero si sus archivos. Esos crecen a diario. Mas no los integrantes de la Comisión Palme que al comienzo eran 300 y ahora son 3. Solamente uno de cada cien ha sobrevivido, y sigue aun - como personaje parasitario salido de un cuento de Hemingway -recibiendo un salario estatal, para tratar de resolver un complot en que el estado mismo estuvo incluido! pensé con deslumbramiento no fingido cuando llegué a la esquina de Götgatan y Folkungagatan. Y recién ahí me di cuenta que habían colgado una enorme pantalla que mostraba comerciales del Mc Donald para atraer a hambrientos incautos. O a niños crueles de padres débiles. Yo que sé! O a cualquiera que tuviese las ganas de hincarle el diente a algo de carne prensada a bajo precio. Y en vez de seguir por Folkungagatan hacia mi hogar temporal, doblé por Östgötagatan hacia uno de los tantos muelles de Estocolmo, para ver si conseguía resolver eso de Boloño y Lemebel, al tiempo que Neruda retrocedía más aún en mi condición de critico rebuscado sin conocimientos de poesía.

Pero cuando llegué al muelle ya era algo tarde. Los espectadores de aguas congeladas ya se habían retirado a narrar sus aventuras citadinas, como también los que patinaban por sobre esa capa invernal que cubre la gran mayoría de los canales de Estocolmo. Y con algo de desazón por la soledad del paisaje, me senté en un banco a contemplar mi pasado. Porque a veces cuando veo nieve y hielo en un solo panorama, aflora nítidamente la imagen y el olor a repollo fermentado de Slobozia, un villorrio al sureste de Bucarest. La explosión de colores en el interior de sus casas de adobe, de sus calles de barro, de sus ferias de animales descuartizados colgando de árboles pintados de blanco, de su música de gitanos que al fin encontraron su hogar (pero que hoy día lo han vuelto a perder), su hálito de siglo XIX en cada pincelada de su anatomía de ciudad frustrada, en los altoparlantes que cada casa debía tener y que estaban directamente conectados al Concejo del villorrio, para que sus aldeanos no perdiesen ninguna de las ultimas nuevas que la República Socialista de Rumania tenia que comunicarle a sus incomunicados.

Y allí sentado pensé que en Pitrufquén, un villorrio del sur de Chile en la zona de La Frontera, y a más de 30 mil kilómetros de distancia de Slobozia, también sus árboles eran blancos. Y razoné que por algún motivo sorprendente, los habitantes de esos dos pueblitos habían llegado a la misma conclusión, cuando vistieron sus arboles de albo, en épocas en que no existía la televisión, la radio se escuchaba dependiendo de los caprichos del tiempo y sus locutores, y en que el internet no estaba ni siquiera bosquejado en los sesos de los genios de la comunicación universal. Y que por lo tanto, no pudieron haber compartido sus experiencias con otros pueblos, sino que, ¿qué?

El viejo que leía un periódico amarillento en la biblioteca en donde fui a buscar un libro de Bolaño y me encontré con Bukowsky, apareció patinando por el hielo de Hammarbysjöstad y me hizo señas con una de sus manos, lo que yo interpreté como un saludo amistoso. Con la otra se sacó el sombrero de copa que adornaba su cabeza y sacudiéndolo al aire, hizo una pirueta, se volvió hacia mi, hizo una profunda reverencia, levantó su cabeza  y pude claramente distinguir una sonrisa cómplice en sus labios arrugados por la falta de sol y de amor. Patinó hacia atrás, patinó hacia atrás, patinó hacia atrás y mientras zigzagueaba retrocediendo por el mar congelado, llevó su sombrero de copa a la altura de su corazón (¿estarán a la misma altura tanto en Slobozia como en Pitrufquén?) y con su mano libre agitó el amarillento diario que dio origen a esta cavilación un tanto alocada, pero no sin sentido, agregó Pelle más por cortesía que por convencimiento, y antes que el viejo lector de periódicos amarillentos y con sombrero de copa, se alejase retrocediendo en patines como cuchillos de acero inoxidable hacia la lejanía que ya se confundía con la oscuridad de la noche, escuché nítidamente a Salem Al Fakir murmurar a mi oído Keep On Walking. Do it!

Pero lo que no me quedó claro en ese segundo fue si se lo dijo al viejo, que ya había desaparecido en el horizonte de mis/sus escarmientos, o si me lo dijo a mi.

Guillermo Ortiz-Venegas ®

guillermo_suecia@hotmail.com

Reyes y reyecitos
(Anécdotas del exilio sueco)

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El rey de Suecia es auténtico. Aún cuando padece de una curiosa enfermedad llamada Dislexia que lo hace, entre otras cosas, confundir las letras y escribir mal. Una vez, al firmar un documento escribió ”Knugen” en vez de ”Kungen” ( ”el Rey”, en sueco ) y le quedó para siempre esa palabra como un apódo un tanto cruel, pero también tan necesario para todos aquellos que están convencidos de que, todo esa farsa de la monarquía está ya un tanto desgastada como para tomársela en serio. Pero con todo, es un rey oficial, con el título de Monarca y Jefe de Estado. Según tradición ancenstral y machista, su primer hijo varón debería ser su sucesor en el trono, pero por un desliz de la Naturaleza – que poco se preocupa de decisiones tomadas por el ser humano - el Parlamento sueco hubo de aprobar por unanimidad, con carácter de urgencia y sin demasiados debates, un cambio a ese respecto.

El flamante y jóven soberano tuvo una niña como primogenito y parece que los parlamentarios suecos no confiaron mucho en las capacidades reproductivas del rey Gustavo y creyeron que más hijos no iba a tener. O tal vez, si los tenía serian también del sexo femenino. Cualquiera que hubiese sido la razón y para evitar el riesgo de quedarse sin soberano, aprobaron entonces rápidamente que la sucesión al trono le sería otorgada al primer hijo, al márgen de su sexo. Su segundo hijo fue un varón y se perdió aquél la buena oportunidad de ser un verdadero monárca del siglo veintiuno, gracias a la democracia parlamentaria sueca. Pero en fin, ese es problema de él.
Lo cierto es que paraléla a la Monarquía oficial conviven, aunque no coronados en pomposas ceremonias ni ser descendientes de la alta alcurnia, un montón de otros reyes que se mueven a diario por las calles de Estocolmo, haciéndole honor a sus títulos. Son los reyecitos que con ironía o nó, han sido productos de sus propias experiencias y se han ganado sus coronas gracias a las vivencias trágicas, sabrosas, entretenidas y también tristes, conque algunos representantes del exilio chileno en Suecia, particularmente en Estocolmo, capital de éste frio reino escandinávo y nórdico, han contribuido a condimentar un poco ésta – de otra manera – bastánte aburrida sociedad. Estas son pues, algunas de sus legendarias historias.

De Cuando Carlos Primero de Estocolmo, se arrancó de Londres y se enamoró de un papagayo

Sentádo en un restaurante en el interior del Centro comercial de Kista, suburbio industrial al norte de Estocolmo, saboreába Carlos su tercera cerveza en compañía de unos cuantos súbditos. La vida no le habia sonreido, pero se empeñaba no obstánte por ser persona amable, de buen sentido y respetuoso. Todo aquél que lo conoce puede sin titubear decir que es así, como también que nunca le conocieron trabajo o profesión determinada. Pero, en ésta sociedad, eso no constituye un gran problema y para varios es incluso, una bendición terrenal de justicia social. Tal vez lo sea, tal vez no. Las opiniones aqui son dispares y los porcentájes de uno y otro bando varían, según la coyuntúra económica por la que atravieza el país.
De 25 años de edad y sin duda uno de los reyecitos más jóvenes que haya conocido nuestra historia de ciudadanos pasajeros por estas tierras, irradiaba Carlos una simpatía grandiosa y era muy difícil que a alguien le cayera mal. Nada de mal parecido, con una sonrísa permanente en su cara de niño travieso, atraía en forma especial al sexo femenino sueco, de lo cual sacó muy buen provecho. De cuando en cuando, caía en largos periodos de depresiones que lo obligaban a recurrir a la botella como anestésico de sus angustias, lo cual poco a poco lo llevó a una dependencia total con el alcohól, de la cual ya nunca pudo salir. Pero, muy por el contrario de lo que se podría suponer, ésto lo hizo más popular aún y la gran mayoria de sus súbditos, estaban dispuestos a vender sus almas con tal de ofrecerle ayuda. Tal era su carisma. Carlos Primero de Estocolmo, jamás se aprovechó de esa situación. Muy por el contrario, siguió siendo el mismo tímido y discreto reyecito que parecía querer excusarse cada vez que alguien le tendía una mano. Pero para no faltar a la verdad, debo también puntualizar, que su largo período en el trono de los personajes que han pisado las antiquísimas y bien tenidas calles de Estocolmo, se ha debido en gran parte, a la excepcional política de Bienestar sueca y su Seguridad Social, a la cual todos los que aquí viven tienen derecho. Sin ésta, indudablemente que otro hubiese sido su destino.

Hace no muchos años atrás, me lo encontré en una estación del Metro y me contó que estaba en un dilema.
-”De que se trata?” – le pregunté con curiosidad y con su generosidad acostumbrada me invitó a un café y ya instalados en la mesita de una agradable cafetería del centro de Estocolmo, me explicó:
- ”Tú sabes” – empezó mientras prendía un cigarrillo – ”que el Estado sueco me ha ofrecido un montón de tratamientos médicos contra el alcoholismo y que gracias a ellos continúo sobreviviendo”.
”Correcto!” – pensé, pero no dije nada.
La jóven muchacha sueca que atendía en la pequeña cafetería, era de una belleza extraordinaria y al pasar por el lado de nuestra mesa, guardamos silencio siguiendo como hipnotizados su bien formado trasero, que se balanceaba provocativamente bajo la corta y delgada falda que llevaba sobre si.
– ”A estas tías como las hagan salen bien hechas!” – dije en voz alta y Carlos dejó escapar una risita al tiempo que agregó:
- ”Con ropas interiores negras y de espaldas sobre una gran cama, no hay quien les gane”.
– ”Y con sábanas rojas.” – le dije con malicia – ”La combinación amarillo, rojo y negro es mi favorita”. Soltó una gran carcajada y comenzó a toser. Bebí un sorbo del café y le pedí un cigarrillo. Estaba intentándo dejar de fumar pero sin mucho éxito. Al menos habia dejado de comprar tabaco, lo cual no hacia mejor las cosas y alguien me dijo un día que si seguía asi, iria a morir de ”cáncer ajeno”. Vaya idea!
– ”Pero bueno! Cuál es el lío?”- le dije, invitándolo a hablar.
– ”La Caja de Seguros estatales me ha ofrecido una jubilación por enfermedad.” Lo dijo casi como si estuviese reconociendo un crimen. Por aquellos años iba ya por los treinta y a esa temprana edad no eran muchos los cuales podían acogerse a ese beneficio. No supe exáctamente que decirle y esperé. Le hice un gesto con la mano para que siguiera en su desarrollo, a la vez que en forma espontánea y sin quererlo, le pregunté:
- ”Y eso, está bien o está mal?” -
Me miró fijamente a los ojos y aplastándo con fuerza el cigarrillo en el cenicero me contestó con sarcásmo:
- ”Y que crees?” – acentuándo el ”tú”. Lo miré a los ojos y nada dije, aunque estaba conciente de que habia metido la pata.
– ”A nadie le gusta reconocer que somos es un caso perdido, no te parece?”, agregó con voz suave y dulce. Era el mismo Carlos de siempre, el que nuevamente hablaba y la pequeña tensión provocada por mi estúpida pregunta, desapareció por completo.
– ”El asunto es que me ponen como condición para la jubilación por enfermedad, la siguiente alternativa: tratamiento en una clínica francesa o en una clínica irlandesa. Por un año”. Guardé silencio pues presentí que una nueva pregunta sería un error. No parecía estar en mi mejor forma de sico-terapeuta. De todos modos la respuesta que pensaba obtener llegó por si sola cuando Carlos agregó:
- ”Me parece que he estado en todas las clínicas estatales y privadas de Suecia y no tienen nada más que ofrecerme aqui! Je, je, je!”.
Siempre bromeaba de su tragedia personal. Era seguramente su manera de sobrevivir. Me reí también y le pregunté:
- ”Y el dilema? Cuál es el dilema?”
- ”El dilema, mi gran amigo, es que no sé si elegir los vinos franceses o el wisky irlandés!” Y se retorció de la risa, llamándo la atención de la gran mayoría de los que se encontraba allí. Debo reconocer que tenía humor.

Me enteré algunas semanas después, que se había embarcado rumbo a Irlanda y que se habia comprometido con la Caja de Seguros sueca a cumplir el año que duraba el tratamiento. Recuerdo que pensé no sin ciertos sentimientos de culpa, que el wisky le había ganado al vino francés.
Al llegar a la clínica le habian quitado su pasaporte, limitándole además las salidas afuera del establecimiento. No se sentía a gusto y quería volver cuanto antes a Estocolmo.
Pasaron un par de méses sin que nada supiese de él hasta que cierto día recibí una llamada de larga distancia desde Londres.
– ”Si; desde Londres!” – me dice la operadora con cierta irritación en su voz.
– ”Está dispuesto a pagarla o nó?” – Más que nada por curiosidad acepté cancelarla pues estaba seguro de no conocer a nadie en esa ciudad. Pero claro, no habia contado con la astucia del reyecito Carlos y su asombrosa habilidad para conseguir que lo ayudasen. Donde estuviera y de quien fuese.
- ”Escucha!” – me dice con calma. – ”Necesito tu ayuda!”
Y antes que continúe lo interrumpo:
- ”Te trasladaron a Londres?”
- ”No” – me dice y agrega – ”Me arranqué!”
Un montón de preguntas dan vueltas por mi cerebro, sin decidirse en que orden salir.
– ”Pero, cómo llegastes a Londres sin pasaporte?” – logro preguntárle después de titubear unos segundos y agrégo – ”Y de dónde estás llamando?”
- ”Desde el teléfono de una inglesa que vive en el centro de Londres!” – me dice y suelta esa risita suya tan típica y agrega – ”Ya te explicaré todo!” ”Ahora necesito que alguien me vaya a buscar a Arlanda.”

Vehículo para irlo a buscar al aéreopuerto no fue ningún problema conseguir y ya instalados en el auto de uno de sus súbditos me contó que, una noche simplemente habia saltado el cerco que rodeaba la clínica, había esperado el día caminando por las calles de aquella ciudad irlandesa (de la cuál nunca supe como se llamaba) y ya entrada la mañana, se había dirigido al consulado sueco, donde habia contado que su pasaporte se le habia extraviado. Fenómeno bastante habitual entre los turistas suecos en el extranjero y que no llamó en nada la atención del personal consular, quién con mucho agrado y sin más indagaciones le otorgó un pasaporte provisorio, válido hasta la entrada a Suecia. Le compraron además, un pasaje en tren hasta Londres desde donde se embarcaría rumbo a su reino de nieve y hielo.
– ”Y la inglesa que te prestó el teléfono?” – le inquirí con verdadero interés pero no obtuve más respuesta que su risita tan típica y unos golpecitos en mis espáldas.

Así era Carlos Primero de Estocolmo hasta que se enamoró…de un papagayo. Al menos eso fue lo que le confesó al fiscal en el juicio en que estuvo involucrado, cuando éste le preguntó el porqué del intento de robo de tal pajarraco.

Saborendo su tercera cerveza en compañía de algunos de sus súbditos, dió su mirada con la vitrina de un negocito de venta de animales domésticos, situado exáctamente al frente del restaurante en donde se encontraba. Desde dónde estaba, distinguía perfectamente dos papagayos: uno verde y monótono en su colorido y el otro como un arcoiris exótico de algres tonos y matices. Excusándose unos instántes de su consorte, se encaminó un tanto inseguro en sus pasos, atraído por tal explosión de colores, hacia la vitrina donde se encotraba el cautivo papagayo. Lo contempló durante varios minutos y pegándo su frente al vidrio de la vitrina, le hizo unas cuentas señas amistosas. El pajarraco, malinterpretándo sus buenas intenciones, dió unos cuantos aletazos y se alejó a la esquina más lejana a Carlos, observándolo desde alli con desconfianza y recelo.
Los gritos de sus súbditos que lo llamaban desde el restaurante, lo sacaron de sus meditaciones terrenáles y decidió volver a sentárse entre ellos, esperando con calma y muchas cervezas, la hora en que cerraran sus puertas los distintos negocios del Centro comercial de Kista. El restaurante cerraría varias horas más tardes y eso le daba un buen márgen para planificar el golpe que pensaba llevar a cabo.
De cuándo en cuándo, miraba hacia la vitrina para cerciorárse que el plumífero de alegres colores aún estaba allí y el verlo inmóvil y majestuoso en su prisión de cristales gruesos, le serenaba un tanto su impaciencia de amante esperanzado.

Cuando anunciaron en el restaurante que se serviría la última tanda ya estaba preparado. En una de sus idas al baño a vaciar la vejiga, que hinchada como un globo a punto de explotar lo obligaba a orinar litros y litros de cálido y vaporoso líquido, se habia proveído de un grueso y pesado candelabro, que el personal de ese establecimiento tenía por costumbre ubicar sobre una pequeña mesita, situada al lado de una de las puertas de los baños. Lo habia deslizado al interior de un bolso que siempre llevaba consigo y que normalmente lo usaba para transportar botellas de vino, latas de cervezas y similares, tan necesarias en su vida actual de monarquita desposeído y justo. Se despidió de sus súbditos con fuertes apretones de mano y abrazos y simulándo salir del Centro comercial, que a esa hora ya estaba vacío de gente, giró rápidamente sobre sus talones y de una carrera, se metió a uno de los baños públicos situado al lado del restaurante. Nadie lo observó y su calma era absoluta. La decisión ya estaba tomada.

Agazapado en la entrada de uno de los baños, asomó cautelosamente su cabeza recorriendo el vacío Centro con su mirada. Y cuando comprobó que nadie habia en sus cercanias, se empinó sobre la punta de sus pies y dándo un pequeño saltito, se lanzó a toda carrera contra la vitrina del negocito de venta de animales domesticos. Su agilidad era admirable si se toma en cuenta que se habia bebido más de quince cervezas. En medio de su enfurecido galope, sacó el pesado candelabro que llevaba escondido y al llegar a su meta, golpeó con fuerza y decisión el enorme ventanal de la vitrina. Justo al centro de la misma. Cual no seria su sorpresa cuando vió con fascinación que el enorme vidrio se desplomó hecho trizas como si fuera de caramelo. El sonido de los miles de pedazos al chocar contra el mármol del reluciente piso fue ensordecedor y unido al silbido agudo e intermitente de la alarma de aquél local, provocó un barullo infernal que con toda seguridad atraería la inmediata atención de los guardias nocturnos que ya se paseaban no lejos de allí. Actuó entonces con la rapidez y la precisión de un cirujano, haciendo oidos sordos al griterio histérico y mancomunado de cientos de pájaros, roedores y otros tantos bichos que allí cohabitaban en forzada comunidad de intereses hetereogeneos. Saltó hacia el interior de la destrozada vitrina y un pedazo de vidrio que aún quedaba en pie, se le incrustó en uno de sus múslos. Soltó una maldición pero no se preocupó en sacárselo. Simplemente no tenia tiempo para vulgos detalles cotidianos. Parádo al lado de la jaula que cautivaba al papagayo de sus amores, estiró la mano y lo agarro firmemente del pescuezo. Repetidos picotazos le despedazaron parte del dorso de la mano y también de la muñeca. Era indudable que el pajarraco inconciente no apreciaba en absoluto su plan liberador. El otro papagayo en tanto, tal vez por solidaridad o tal vez por resguardar su propio y emplumado pellejo, dió unos cuantos aletazos desesperados y volando, aterrizó sobre su hombro izquierdo picoteando sin misericordia una oreja, la frente y parte de la cabeza de Carlos Primero de Estocolmo, el cual comenzó rápidamente a sangrar en forma profusa. Con su mano libre le dió un violento palmetazo y el plumifero fue a dar con su cuerpo afuera de la vitrina, desde donde emprendió enloquecedora carrera hacia algun lugar desconocido.
Tiempo después y cuando ésta historia ya era clásica en el abultado curriculum de éste singular reyecito, me contó que, en medio de esa enorme batahola, le habia parecido como si aquél desagradable bicharraco chillón, habia partido concientemente con su andar ridículo y desfachatado, en busca de ayuda, para tenderle una mano a su desgraciado compañero de celda.

Carlos Primero de Estocolmo saltó nuevamente por sobre los pedazos de vidrio diseminados por todas partes y con el pajarraco fuertemente asido entre sus manos, abandonó el lugar del delito a toda carrera, perdiéndose entre los vehiculos cubiertos de nieve de un estacionamiento cercano al Centro comercial de Kista, protegido por la cerrada obscuridad de una noche invernal más, en la capital del reino sueco.
La policía no tuvo grandes dificultades en dar con su paradero porque para mala suerte suya habia dejado de nevar y las huellas de su fuga eran muy fáciles de apreciar. Y estaban además adornadas con manchas de su sangre más unas cuantas plumas que el papagayo perdía cada vez que se removia intentado liberarse de su raptor. Por esos tiempos vivía Carlos en un departamento ubicado a unos cien metros del lugar de los hechos y no le tomó a la patrulla policial encargada del caso más de unos cuantos minutos en dar con su domicilio: no tuvieron más que seguir el reguero de sangre y plumas que terminaba a la entrada del departamento en donde habitaba. Al descerrajar la puerta de su casa, lo encontraron tumbado sobre su cama sumido en un profundo sueño, con sus ropas en completo desórden, la cabeza y parte de su cara cubierta de una pegajosa costra de sangre reseca, roncando estrepitosamente y en un rincón de su departamente al papagayo completamente desprovisto de su vistoso plumaje, cual pollo faenado esperando hacer su entrada al horno.

El veterinario encargado de examinar al desplumado pajarraco determinó "pérdida de plumas, ocasionada por el violento shock psicológico que sufrió el ave, al ser sometida a tratamiento desacostumbrado de violencia y terror", constatándo además que "no se detectó penetración sexual alguna".
Durante el juicio al que fue sometido, mantuvo Carlos Primero de Estocolmo su acostumbrada calma y en su cara de querubín inocente, se dibujaba esa sonrisa suya tan típica: un poco timida, un poco sarcástica,como si estuviera actuando ante un público que conocía sus debilidades, pero también sus grandezas.
A la pregunta del fiscal entonces de, qué lo habia motivado a tan salvaje acto de maltrato y destrozos? contestó con toda naturaleza que "apenas lo ví, me di cuenta que me habia enamorado de él. O de ella." "Porque nunca supe si era macho o hembra, aunque no era eso lo fundamental."
Los presentes en el juicio, tanto representantes de la ley como el público asistente ( en su gran mayoria súbditos del reyecito ) soltáron una enorme carcajada que relajó el ambiente y aminoró su condena. Le dieron tres meses de libertad condicional, 200 horas de trabajo social y una multa de ocho mil coronas que cubriría los daños y perjuicios ocasionados a la dueña del negocito de venta de animales domésticos.
La vitrina del negocio de venta de animales domésticos fue reemplazada por otro vidrio del mismo tamaño, el papagayo recuperó poco a poco su colorido pelaje y las heridas sobre el dorso de la mano, la cara, la cabeza y uno de los múslos de Carlos, cicatrizaron sin mayores consecuencias estéticas y la vida siguió su rumbo acostumbrado, con el reyecito Carlos Primero de Estocolmo sentádo en el trono de los inolvidables, de aquellos que aún en vida, son ya una leyenda.

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Y dios creó el mundo en siete días (2)

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SEGUNDA PARTE. De Jueves a Domingo
(La primera parte, la encontraras abajo de este artículo)


Jueves
día que al susodicho se le pasó por alto por estar en meditaciones divinas, lo cual fue rápidamente aprovechado por algúnas agrupaciones malintencionadas y bellacas para dedicarselo a Júpiter, pero que de todas maneras es el cuarto día de la creación y el quinto de la semana litúrgica que comienza el Domingo y termina el Sábado.

Magnifico día de mi niñez de católico obligado, en que recibía pequeñas encomiendas que mi abuela paterna empaquetaba con mucho cuidado y papel bien grueso, para que resistiesen los intentos de violación que sufrian por parte de los empleados del internado - en que mal pasé cuatro años de mi vida de infante acongojado - que a falta de mejores sueldos, se dedicaban a profanar los tesoros que nos enviaban nuestros familiares más cercanos.

Y al igual que muchos otros de mi edad, yo era católico por obligación y un representante poco fiel de esa religión, que yo encontraba cruel y represiva. Y por esos años, cuando mi miedo era impuesto y no espontáneo, tenia serias dificultades para definir con certeza a quién le tenia más temor: si al dios de los católicos o a su Demonio. Porque según mi manera de ver las cosas, no existia niguna diferencia entre el uno y el otro.
La Iglesia católica, ambigua como siempre ante las injusticias sociales, permitía a veces la presencia en sus colegios privados de niños indigentes, como una manera tal vez de guiar el futuro y potencial descontento popular hacia sus parroquias, antes que desbordásen por los canáles de la subersión descontrolada.
Pero si los propósitos de algunos fue hacer de mi un católico practicante, fracasaron rotundamente en ese intento. Eso lo puedo asegurar con certeza, sin que la verdad de mi postulado se atasque en mi gaznate.

Viernes
día en que el susodicho comenzó a cansarse de su génesis y también de tanta diatriba contra los sucesores de Adán y Eva, y declaró con venerable voz de cañón semioxidado que atronó por todos los rincones del reino por el creado, que este día seria el último disponible para pagar impuestos y otros gravamenes a sus inspectores en sotánas, antes que las cajas celestiales cerráran durante los otros dos días que aún no daba en concebir.

12.31, 12.31, 12.31… pestañaban las cifras rojas del reloj digital situado sobre una mesa tallada al lado de su cama, y por un instánte se preguntó si serian las 12.31 de la noche o del día. O a lo mejor estoy situado al otro lado de mi dimensión, se dijo. Y cuál es tú dimensión? Le preguntó la Voz. Es esa en la cual me encuentro ahora, respondió con algo de tedio y rascándose la oreja que la Voz ocupaba de cuando en cuando, apagó su zumbido al interior de su sesera.
La luz de la luna llena entraba a raudales por el ventanal de la habitación que ocupaba y acudieron a su memoria historias de vampiros, hombres-lobos, brujas desdentádas, y gnomos encorvados de voces repugnantes. Porque el mito de la nefasta influencia del astro luminoso, cuando mostraba toda su cara a las cosas y a los seres vivientes, continuaba cabalgando como caballo desbocado.
No es raro que asi sea! Reflexionó la Voz una vez más cortando el hilo de sus pensamientos. En periodos en que la luz eléctrica no existía, el descomunal reflejo de la luna sobre la Tierra y sus habitántes era mucho más notorio y significativo que hoy día. En la actualidad, sus destellos se pierden entre la enorme selva de luz artificial que rodea nuestro mundo periférico, y ni siquiera la notamos.
Porque cuando el alumbrado público aún estaba en pañales, la luz de la luna llena cumplía dos roles muy distintos y contrapuestos entre si: uno benevolente y otro malevolente. Los epilépticos son muy susceptibles a la luz y muchos de sus ataques son ocasionados por ejemplo, por la excesiva luminosidad de un lugar cualquiera, continuó la Voz al interior de su cerebro. Y los epilepticos eran considerados entonces poseidos por el Demonio, cuando la luz de la luna llena hacia su aparición, ocasionando sus dramáticos atáques. Pero también, su fulgor magnifico ha sido cuna de hermosos poemas románticos, de amores nacidos a su amparo fluorescente.
Dejó que la Voz en su interior muriese por si sola, para no interrumpir la fuerza del mensáje de su ultima aseveración. A veces, la nostalgia es una poderosa fuerza de vida de la cual nos surtimos para seguir viviendo.

Sábado
cuando el susodicho decidió que ese sería un día santo para el futuro judaísmo, su tienda preferida, la cual a poco andar - y al igual que troskistas ortodoxos – se fraccionó en constelaciónes diversas de fanatismo fundamentalista.
Este nuevo día por mi creado será sabattum sentenció y le ordenó al antiguo reino de Mesopotamia, Acad, la tarea de bautizarlo como tal.

Introdujo el dedo indice de su mano izquierda en el orificio izquierdo de sus fosas nasales. Las revolvió con el mismo en busca de alguna mucosidad, pero no encontró nada. Introdujo entonces el pulgar en el orificio derecho y el resultado también fue nulo. Sintió algo de decepción pues ya se habia acostumbrado a sacar pequeñas bolitas de sus narices con las cuales jugaba un rato amasandolas entre sus dedos, para pasado un instánte no muy largo, - pero tampoco muy corto que le impidiera el placer de sentir como las iba poco a poco disecando – dejarlas caer sobre sus pies para sentir el suave tic! que producian cuando como pelotas de caucho rebotaban sobre sus empeines, para luego irse a perder en la inmensidad de la nada.

Pero también ese acto algo de mal gusto para algunos, era una viejisima tradición familiar y unos de los pilares fundamentales en que se sostenia su andamio moral y de principios, de valores y concepciones diversas tales como los gustos culinarios, y su apendice el arte de sazonar, el favoritismo por uno u otro equipo de fútbol (de preferencia capitalino), tal o cual prejuicio que reafirmaba los lazos extrauterinos de la familia, el color de las tiendas políticas que apoyar o rechazar, la facción religiosa a la cual pertenecer, los tics nerviosos, las joróbas y la eyaculación precoz, entre otras.
Eso de la preferencia del color de la piel y/o la pertenencia a una clase social de hábitos sanos y economía estable, eran cuestiones que dependian sin ninguna discusión (eso estaba claramente establecido por las tradiciónes más arriba señaladas) de los ceros a la derecha de la cuenta bancaria de los que vendrian a ser parte de la gran familia.
Todo eso significaba, el metérse los dedos en las narices y arrancar algún fruto de ellas. Y por eso su frustración cuando no pescó nada, poniendo en peligro la estabilidad de todo ese conglomerado de transmisión de doctrinas, ritos, costumbres, etc que lo sujetaban a su realidad, asi como cientos de garrapatas chupasangres, sostienen en pie a gatos famélicos de anemia aguda.

Domingo
cuando el susodicho declaró con pompa y fuegos articiales, en forma de rayos y truenos, que ese sería un día de fiesta y de descanso a la vez. Algo contradictorio para oídos profanos, sin lugar a dudas! Pero como la antítesis era un nudo misterioso y divino, se podria incluso aceptar esa testificación en ese entorno contemplativo. Seria también, como habia decidido su excelencia, jornada de recapacitación y cuestiones litúrgicas que dedicasen sus ruegos, adoraciónes y similares a su recuerdo y nombre, para que al homosapiens no se le olvidase nunca que habian sido por su voluntad creados, so pena de cocción eterna en los peroles canibalescos de Belcebú

Porque de la misma manera que la sal se contrapone al azúcar, el mar al continente, el vino al agua, el devoto al ateo, el obcecado al emancipado, el cohibido al osado y el etcétera a lo explícito, de ese mismo modo no deberias olvidar que aunque andes despacio para no hacer ruido, no podrás evitar que las rodillas crujan, me dijo Pelle con conocimiento de causa. Y sorbiendo su infusión de té con miel y gotas de limón, hizo paladear la lengua contra la basílica de su paladar, estiró su osamenta como felino después de reponedora siesta, soltó un sonóro quejido de placer originario y me dijo ”y con esta frase supongo que darás terminado a todo este embrollo incoherente que has escrito ahora. O no?”

Y mientras Pink Floyd interpretába The Wall en una radio que habia elegido al azar, y como además era este el séptimo día de la semana y además el primero de la semana litúrgica, decidí darle la razón y sin agregar nada más, finalizo en este renglón.

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Y dios creó el mundo en siete días (1)

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PRIMERA PARTE. Desde el Lunes hasta el Miércoles
(La segunda parte, la encontraras arriba de este artículo)

Lunes
cuando al susodicho se le ocurrió que el homosapiens deberia empezar su semána pecadora, trabajando con el dolor de su espalda, el sudor de su frente y el odor de sus axilas, después que Eva tuvo la mala idea de tentar al cabezota y cándido de Adán con una manzana más agria que mi acidez crónica.

El solado de la tierra está más blanco que la palidez de la muerte, dijo y expeliendo gases estomacales afónicos y estrangulados por trayectos sufridos a través de canales instestinales, eructó en el bolsillo de pecho de su chaqueta negra, para confundirle la vida a los creyentes.

Y los suaves copos de nieve brillan cristalinos en el aire antes de ir a camuflarse con el resto de los desperdicios de la ciudad. Porqué tendrá que ser asi? Que lo hermoso siempre se transforme en suciedad, cuando su hocico se estrella contra la cotidianidad.

Y el invierno me pone melodramático, lo sé! Acentuando también la presencia de mis demonios internos que corroen las entrañas de mi alma y también las de mi corazón. Leviatánes que acostumbran serenarse desde al comienzo de la primavera hasta el final del otoño, cuando de nuevo comienza la propaganda de articulos navideños repetitivos.

Pues vete al verano, asi como lo hizo tu amigo el poeta y dale un buen abrazo a tu amante temporal cuando te diga give me hoppe Guillermo, give me hoppe, me dijo Pelle con la socarronería de la burla encubierta que tan a menudo acompaña el tono de sus diálogos conmigo. Ignoré su comentario y agregué que si todo continúa de la misma manera, mucho antes del termino del primer siglo del actual milenio el pueblo palestino estará extingido. Asi como los onas del cono sur latinoamericano.

Martes
cuando al susodicho se le ocurrió que después del Lunes tenia que venir el Martes. Día sin sentido, y tan o más anónimo que perro callejero rastreando las calles de Chile en busca de una vida digna. Algo asi como un exiliado que retorna a su país.

Y como el dios de los cristianos pareciera tener más de algún altercado con los sarracenos de Alá, le aconsejó a YHVH (el dios judío) que no tuviera compasión con los mahometanos sobretodo si vivían en Gaza o Cissjordania. Y le susurró a su oido glorioso que lo mejor era seguir el ejemplo de Berlín y levantar muros alrededor de la tierra prometida para evitar las embestidas de los discípulos de Alá. Y que si bien es cierto aquél parapeto ya no existía habia demostrado su eficacia con creces, el tiempo que existió. Y si no lo creian, pues que le preguntasen a los berlineses que habian vivido felices y contentos durante casi cuarenta años enviandose mensájes de buenaventura y de paz, de un lado a otro.

Miercoles
cuando el susodicho creó desde la cima de la cuesta arriba de su creación este día, como deslizadero artificial en declive por el cual los homosapiens, sentados o tendidos, se dejan resbalar por diversión con infusiónes espiritosas en sus manos, para celebrar la cercanía del Sábado.

Y YHVH a su vez, le cuchicheó a Alá que lo mejor que podia hacer era bajar un muro subterráneo entre Egipto y Gaza de algo asi como 35 metros de profundidad, para evitar que sus pupilos más exigentes cavasen túneles y se convirtiesen en homotopos, lo cual atentaria contra el principio sagrado de la creación, puesto que las mutaciones eran producto de manipulaciónes satánicas ocurridas justamente en las profundidades del desierto de Sinaí.
Y entonces Jehová le encargó esa tarea a YHVH y este a su vez, la hizo rebotar hacia el escritorio de Alá, el cual muy solidario con sus colegas llevó a cabo tal misión salvadora, y la santa trinidad cerró su circulo.
Siglos más tarde Hérodes mandaria a Pilatos y este mandaria a su gente a hacer algo parecido, pero eso es harina de otro costal.

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El culturista

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(Visita también: Reflexiones desde las cloacas)

”Si todos supieran nadar en éste mundo, nadie moriría ahogado”, dijo uno de los policias encargado de recoger el cadáver que el mar habia arrojado a la playa.
”Si nadie supiera nadar en éste mundo, entonces si que no moriría nadie ahogado, ya que nadie se atrevería a tirar al agua” - le respondió su colega y metiéndo una de sus manos a un bolsillo del pantalón, sacó un arrugado pañuelo con el que se sonó estrepitósamente la nariz.

Unos cuantos meses antes de que su cuerpo fuese encontrado en una de las tantas playas del litoral, ya maloliente pero intácto, se habia decidido. Empezaría a entrenar culturismo físico, como una primera fase de la recomposición general de toda su vida que se habia propuesto. En varias ocasiones habia estado a punto de dar ese paso, pero siempre algo se habia interpuesto, aplazando su decisión. Y cada vez que esto así ocurría, sentia como una angustia gigantesca lo invadía entero, hundiéndolo en largos periodos de depresión.
Sólo, sin amigos ni conocidos, se iba a la playa y se dedicaba a observar de lejos como el grupo de hombres jóvenes que entrenaba en el gimnasio al aire libre alli dispuesto, mostraban sus enormes músculos y sus bronceados cuerpos a las muchchitas que iban a ese lugar en busca de un furtivo polvo sobre la arena y también - porqué no? - con la esperanza de ser la amante permanente de alguno de aquellos hermosos y fuertes machos. Veia con creciente envidia como estos soltaban fuertes carcajadas al viento y llenos de confianza en si mismos, galanteaban con las jóvenes y bellas hembras, que él tanto deseaba poseer.
Podía estar horas y horas contemplándo aquél ancestral juego entre el hombre y la mujer, bebiendo cortos sorbos de una botella de vino que siempre era su única compañía. Al caer la tarde, se incorporaba penosamente de la ya fria arena, recogía sus pocas cosas y arrastrando con cierta dificultad su pobre cuerpo, se iba al cuchitril en donde vivia y con frenesí e impaciencia, comenzaba a planear el día siguente.

Pero la sóla idea de imaginarse entrenándo al aire libre lo llenaba de pánico, haciéndolo desistir de su decisión tomada cada noche. Después de mucho cavilar caía en un agitado y tormentoso sueño que lo hacían despertar cada vez más y más convencido que debía llevar a cabo lo que se habia propuesto. Pero no se atrevía. Sin embargo, algo en su interior, le decía que esa era su única alternativa de vida. Y cada día se encontraba más y más cercano a la terrible disyuntiva de tener que traspasar el zócalo de la puerta de algun gimnasio o no. Para enfrentarse con la cruda realidad de ver su cuerpo reflejado en los montónes de espejos que llenaban las paredes de esos locales y que lo ponian literalmente enfermo. Pero peor aún era pensar que tenia que recurrir a la ayuda de un instructor para que lo guiase a través del laberinto aquél de máquinas y pesas desparramadas por todos lados. Porque si habia algo que estaba mucho mas allá de lo que podía tolerar, era justamente su incapacidad de reconocer que su cuerpo no era más que una caricatura de hombre. Ya que, a pesar de todo, aún le quedaba algo de vanidad en vida.

Habia dedicado varios dias a la búsqueda de algún otro gimnasio, algo más discreto y cubierto, que le permitiera comenzar su pequeña y privada revolución personal. Y - para bien o para mal - lo habia encontrado. Los dias siguientes los ocupó planeando como haria su entrada en ese local. Frente al mismo y por la acéra de enfrente, habia una pequeña y muy agradable cafetería, en donde se instalaba a contemplar a la gente que entraba y salía del gimnasio, bebiéndo incontables tazas de café que lo ponian más nervioso aún, y cuyo sabor ya detestaba.
Cada vez que veia entrar a alguien de su misma edad y con ciertos parecidos físicos a él, se sentía optimista, sintiéndo una cierta complicidad con la persona en cuestión. Pero cada vez que veia entrar a hombres bien entrenados y llenos de energía, renacían sus complejos y su convencimiento de que jamás sería capaz de entrar, se transfomaba en obsesión.

Muchos de lo habituales de aquella pequeña cafetería, eran precisamente hombres y mujeres que venían de su entrenamiento diario y pasaban por allí a servirse algo reconfortante, como premio a sus esfuerzos después de un duro rato entre pesas y ejercicios comunes.
Al comienzo los escuchaba con mucho interés y envidia, al evidenciar que no entendía de lo que hablaban. Pero, luego descubrió que ahí había una fuente de información muy valiosa de la cual podía profitar, cuando se dió cuenta que en sus conversaciones se referian a tal o cual ejercicio, a una u otra dieta, ese o aquél método para optimizar el desgaste de grasas en el cuerpo, a la definición de tal o cuál músculo y en general, cuando los escuchaba utilizar términos que para él eran totalmente desconocidos, pero que podrían ser de provecho en su incierto futuro.
Los odiaba a la vez que no podía evitar admirarlos, cuando los veía moverse de un lado a otro por ese local, llenos de vida, alegres y hermosos, cubriendo sus bien definidos cuerpos con ropas que les hacian resaltar los músculos y que - con toda seguridad - costaban mucho más de lo que él podría permitirse. Más de alguna vez se habia quedado sentado en su mesa por horas y horas, sin atrever a irse de alli por la verguenza que le causaba el tener que pararse de la silla y caminar por entre las mesas circundantes hasta la salida, dejándo al descubierto su caricaturesco y deformado cuerpo, revestido con ropas estropeadas y pasadas de modas.
No es que tuviera algún defecto físico. No. De ninguna manera! Pero era obeso, de baja estatura, de piernas gruesas y cortas y - lo que él consideraba peor - dueño de una panza descomunal que comenzaba en su pecho y terminaba sobre la parte superior de sus muslos, escondiendole totalmente la pingaja vírgen que hacía el papel de pene.
Permanentemente brillando como efecto de una pegajosa transpiración que siempre le cubría el cuerpo, no era precisamente un Adonis. Amargado y triste, se sumergía en su acto de beber taza tras taza de café, esperando con resignación que fueran abandonando el local para poder hacer lo mismo sin que nadie lo viera.

Ya en su habitación, demoraba lo que más podía el momento de desvestirse porque, aún cuando nadie lo veia, sentía que ese sólo acto era ya una ofensa a la Belleza. Y una rabia enorme lo invadía cuando, sacandose la camisa, dejaba su enorme barriga al descubierto mientras en su cerebro se repetía una y otra vez una sola pregunta: ”Porqué yo?”, ”Porqué justamente yo?”.
Una vez en la cama se tumbaba de cúbito dorsal para, de esa manera, aplastar esa repugnante masa de grasa y carnes flácidas y evitar sentirla a su lado, sobre la cama, como si fuese algo que tuviese vida propia. Ya extenuado, se ponía a pensar en el día de su liberación, de su redención definitiva y su paso a otra vida mejor y llena de tentadoras hembras jóvenes que no harian más que follar y follar con él, y su nuevo y hermoso cuerpo. Se hundía en un pesado sueño cargado generalmente de pesadillas en las que - casi siempre - se veía corriendo desnudo por las calles más céntricas de la ciudad.
A veces lograba masturbarse después de haber soñado con una hembra jóven y bronceada. Y a veces, no.

Hasta que un buen día se decidió. Como la caida de un rayo del cielo, le llegó el valor necesario para dirigir sus pasos hacia el gimnasio, abrir su pesada puerta y acercarse hasta la recepción del mismo, donde una guapa muchacha lo invitó a entrar con una amable sonrisa en su cara. El nerviosismo casi le impedía hablar, pero ya no habia vuelta atrás y con temor, se ubicó en el mostrador sin saber exactamente que decir.
Dió una rápida mirada por el gimnasio y se tranquilizó un poco, cuando advirtió que nadie tomaba nota de su presencia alli: cada uno estaba en lo suyo, preocupado de cuidar su cuerpo de la manera más efectiva posible sin tiempo para nada más.
Cordial y amistosa, la muchacha de la recepción le lanzó una mirada interrogativa, invitandolo a hablar. Balbuceando algunas frases incomprensibles trató de expresar sus intenciones, pero no lo logró del todo y la muchacha acentuó más aun su interrogante mirada hacia él, haciendolo arrepentirse de su audaz decisión.
Pero el instinto de sobrevivencia fue más fuerte que su endeble autoestima y logró hacerse entender sin que fuese demasiado penoso.
La guapa muchacha tomó un micrófono y llamó a uno de los instructores para que se hiciera cargo de él y su enorme panza. Al instante llegó un tipo buenmozo el cual lleno de energía, dientes blanquisimos y movimientos preestudiados, le preguntó cual era el objetivo final de sus planes deportivos, ”Bajar de peso?”, ”Ganar masa muscular?”, ”Obtener una buena condición física?”, ”O tal vez, una combinación de todo lo anterior, eh?” - Y agregó, así como al pasar - ”Y porqué no un cuerpo hermoso y atrayente, eh?”, ”Qué te parece la idea?”. Sin más ni más ya lo habia empezado a tutear, cuestión que no supo como interpretár, ruborizándose al sentir la mirada del otro, escudriñando su cuerpo de arriba a bajo y deteniéndola en su colgante barriga de senador romano decadénte.
En el interior del gimnasio, una pesa cayó pesadamenate sobre el piso de linóleo produciendo un sonido sordo y seco. Como un gongón del destino.

Demostró ser un alumno muy eficiente y empeñoso, y al cabo de unos cuantos méses había logrado bajar veinte kilos de grasa, sustituyéndolos por casi diez de fuertes músculos. Si bien es cierto algo de su antigua panza aún luchaba por hacerle la vida imposible, estaba conforme con lo logrado y, seguro además, que al cabo de unos pocos méses más, tendría el cuerpo que siempre habia deseado y por el cual luchaba hora tras hora en el gimnasio.
Sin ser un gran aficionado a los libros, se habia enriquecido, sin embargo, de un amplio y erudito vocabulario, escuchando a instructores, culturistas profesionales que allí entrenaban y, en general, de conversaciones dispérsas que escuchaba por aqui y por allá, mientras atacaba con entusiasmo las pesas.
Pocas veces preguntaba algo y no conversaba con nadie, lo cual creó una errada imágen de su persona cosa que a él no le desagradó en absoluto sino, muy por el contrario, aceptó de buen grado. Daba la impresión de ser un empecinado y muy responsable culturista. Pasaba además por serio, respetuoso y de hombre de objetivos bien definidos. Y aunque algunas de esas cualidades coincidían con sus verdaderos propósitos y su manera de ser, no era tampoco menos verdad que su motivación básica era la de lograr simplemente erradicar el enorme complejo de inferioridad que lo había acompañado durante casi toda su vida, transformandolo ahora en un fanático irracional y totalmente dependiente de los preparados hormonales que secretamente habia empezado a consumir, para lograr un rápido y eficaz crecimiento muscular. Y con ello, un lugar también en lo que él creia era el mundo normal.

Con no disimulada vanidad, habia descubierto que algunas de las muchachas que alli entrenaban le lanzaban una que otra mirada de interés, haciéndolo doblar el peso de las mancuernas con que entrenaba para impresionarlas y llamar aún más su atención.
Había decididio que era tiempo ya de ir a entrenar al gimnasio al aire libre que tanto añoraba! Y a pesar que aún se seguía masturabando en la solitaria cama de su lúgubre cuchitril, sentía que el desvirgamiento estaba cada vez más al alcance de su mano.

Como en todo lugar en donde hay seres humanos envueltos, se encontró con una rigida y muy respetada jerarquía interna. Los más fuertes y musculosos de aquél reino encadenado por los prejuicios, regian despiadadamente sobre los más débiles y todo lo que ellos decian o hacian era aceptado como verdad absoluta sin derecho a réplica ni critica. Y como en toda escala social, constaba también éste orden, de un jerarca superior con una pequeña elite de elegidos a su alrededor.
El Maestro, como se hacia llamar por sus ”súbditos”, era un hombre de unos 30 años de edad, de pelo corto cortado casi al rape, lo que acentuaba aún más la crudeza de su rostro marcado por las huellas del abuso prolongado de anabolas, hormonas de crecimiento y otros esteroides. Tenía los ojos permanentemente inyectados en sangre y no era raro verlo hablar solo mientras atacaba con furia una y otra vez las mancuernas mas pesadas del gimnasio.
Si notaba que alguien lo miraba demasiado, lo atacaba sin piedad levantando a su victima del suelo con una mano, mientras que con la otra le acertaba repetidos golpes en el estómago hasta que el otro caía sin respirar. Porque estaba convencido de que, aquél que lo miraba le absorvia energias de su cuerpo haciendolo más débil y enclénque.
Y cuando levantaba pesos casi inhumanos, exigia completo silencio y nadie se atrevía a violar esa norma absurda de tirano despiadado.
Alabado por su consorte de ser un gran follador, tenia 3 ó 4 amantes que dócilmente aceptaban ser tratadas como esclavas sexuáles y que le concedian sin chistar todas las perversiones que se le antojaban.

Nuestro personaje sentía, por supuesto, una gran admiración por ese paquete de anabolas y aún cuando nunca le habia dirigido la palabra, se sentía como un miembro más de su elite. Entrenaba a las mismas horas que él y de reojo, lo miraba e imitaba casi a la perfección los distintos ejercicios que éste hacia. Ya finalizado su entrenamiento, se tiraba sobre la caliente arena a descansar a prudente distancia del Maestro, pero lo suficientemente cerca como para oir lo que decía. Incluso, se habia cortado el pelo de la misma manera que su gran ídolo.

Cierto dia se atrevió a dar el gran paso y acercandose a su dios, le dirigió la palabra para pedirle consejos e instrucción, lo cual se demostraría más tarde haber sido una idea fatal. ”Maestro! - le dijo con voz temblorosa - ”Quisiera tener el cuerpo que tu tienes y la fuerza que tú posees”. ”Como lo puedo lograr?”. ”Estoy dispuesto a hacer todo lo que me digas, con tal de ser como tú!”. El Maestro lo miró con mezcla de curiosidad y desprecio y con ironia en su voz le respondió: ”Estás verdaderamente dispuesto a todo?”. ”Ok!”. ”Mañana a las 5 de la mañana empezamos tu entrenamiento”. ”Sé puntual pues de lo contrario te arrepentirás!” No hubo amenaza en su voz sino más bien una advertencia implicita. Como esas que se le hacen a los niños: grave pero a la vez suave y tranquila.

Esa noche pudo apenas conciliar el sueño y una alegría profunda lo invadió. Se sentía realizado y lleno de optimismo y las horas se le hicieron interminables de largas. Porque casi no durmió por temor a despertar tarde y no llegar a la cita con el Maestro.
A las 4.30 de la mañana dejó su cuarto y se encaminó a paso calmado al lugar de la cita: un lugar desolado y apartado de la playa y aunque sintió extrañeza por lo desusual de la ubicación del lugar, no se atrevió a comentarlo con aquél.
Aún hacia frio y una tenue neblina se desplazaba desde el mar por sobre la gris arena de la playa. Habia elegido sus mejores ropas para tan gran acontecimiento y sentía prisa y apuro por empezar su entrenamiento que lo llevarian a lograr un cuerpo perfecto: como el del Maestro!

Al llegar al lugar de la cita se encontró con aquél reyezuelo de gimnasios ya esperándolo. Se puso un poco nervioso pues pensó que a lo mejor lo habría irritado al hacerlo esperar, pero su sorpresa fue grande cuando vió que el Maestro lo estaba esperando con una amplia sonrisa en su rostro y una actitud general que nuestro personaje interpretó como amistosa.
Se detuvo frente a él y sin saber que hacer desvió su mirada hacia el mar que parecia un gran caldo en ebullición. ”Sácate la ropa.” ”Vamos a nadar. Es la primera fase del entrenamiento!”, le dijo.
Se sacó toda la ropa y conservó solamente los calzoncillos. Un frio intenso lo invadió y sintió como si miles de pequeños cuchillos le estuvieran penetrando el cuerpo. El Maestro hizo lo mismo y con decisión y sin dudar, se dirigió hacia el mar zambulliéndose en sus frias aguas. El lo imitó y dándo algunas brazadas se situó a su lado. El Maestro dió vuelta su cabeza y lo miró en forma intensa y ya no había amistad en su mirada sino odio y desprecio: ”Hijo de puta!”. ”A mi nadie me dirige la palabra asi como lo hicistes tú!”. ”Y eso no te lo voy a perdonar!”. E irguiéndose sobre el agua, levantó sus poderozos brazos y los dejó caer pesadamente sobre los hombros de nuestro sorprendido personaje, hundiendolo bajo el mar. Le tomó unos cuantos segundos entender lo que estaba a punto de pasar, pero cuando lo hizo era ya demasiado tarde. Dos fuertes brazos lo mantenian allá abajo, próximo al infierno y a la muerte. Se batió en forma desesperada, pero lo único que consiguió fue gastar sus últimas energias en ese intento desquiciado por agarrarse a la vida. La boca se le llenó de agua salada, que rapidamente bajó a sus pulmones impidiéndole respirar. Al cabo de otros cuantos segundos ya estaba todo consumado y, transformado ahora en cadáver, se deslizó lentamente aguas adentro, hacia el cadálzo de la muerte.
Un nuevo día comenzaba a nacer, y un nuevo ser acababa de morir.

”Seguramente le dió un calambre.” ”A quién se le ocurre nadar en aguas tan frias?”. Dijo uno de los policias. ”O a lo mejor estaba borracho”, dijo el otro y prendiendo el primer cigarrillo del día, le dió una profunda aspirada que lo mareó y le produjo náuseas. ”Mierda! Tengo que dejar de fumar!”, dijo y tiró con rabia el pitillo aplastandolo sobre la húmeda arena.
”Se veía bien entrenado, el hombre”, acotó uno de los representantes de cualquier Ley, cuando cerró el cierre de metál del saco en el cual metieron el cadáver.
Y tal vez, fue ese el único reconocimiento que alguien le hiciera y aunque póstumo, es necesario contarlo para no faltar a la verdad.
Porque tarde o temprano a todos se nos hace justicia. O no?

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Miércoles, 28 de Octubre de 2009 02:23. Guillermo Ortiz-Venegas Ver como artículo separado. Cuentos del autor

Simbiosis. Observaciones de un abedúl

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Visita también: Reflexiones desde las cloacas)


Ya casi sin aliento se dejó caer pesadamente sobre un peldaño de la pequeña escala que daba a la puerta de la casa en dónde intentaba pedir refugio. Golpeó desesperadamente y esperó con ansias que alguien abriera para ponerse a salvo, pero sólo un silencio espeso le respondió. Escuchó a lo lejos, los ligeros pasos de sus perseguidores que se acercaban más y más, augurando lúgubre desenlace. Se incorporó con pesadumbre y volvió a correr entre los callejones de aquella parte de la ciudad, hacia adónde lo habian acorralado sus verdugos.
El corazón le latía con fuerza, pero no sólo de cansancio sino también de pavor y angustia. Al llegar a una esquina, prestó atención a unos chirridos de frenos que gimieron a sus espaldas y volviendo la cabeza hacia atrás, percibió con creciente desesperación que dos poderosos focos lo alumbraron casi por completo desvistiéndolo de la seguridad que le ofrecia la oscuridad.

Un motor zumbó violento rompiéndo la quietud de la noche y unas ruedas quemaron rabiosamente el pavimento que las sostenian, hartas ya de no poder frenar y descansar.
Se detuvo unos cuantos segundos para razonar, pero su cordura ya habia sido nublada por la hediondez de la adrenalina que bañaba su cuerpo, y en instinto de sobrevivencia elemental se precipitó en enloquecedora carrera calle abajo, en busca de algo que lo pudiese ayudar a franquear el castigo que ya presentia, y para lograr escabullirse también de sus perseguidores.
Habia elegido voluntariamente ese macabro juego, y ya no podia dar paso atrás.

La oscuridad de la noche ahogaba sus lamentos, y sentia con horror los pasos de sus castigadores cada vez más cerca de él. Es que no se cansan nunca? pensó. Su cerebro aún trabajaba y era asombrosa la rápidez con que lo hacía.
En una esquina giro rápidamente hacia la izquierda pero inmediatamente se dió cuenta de lo errado de tal decisión. La pendiente de una callejuela sin pavimentar se reía a mandibula batiente de él y lo invitaba con una mueca irónica a correr por sobre su áspera lengua mordáz: ”Por aquí!”, ”Por aquí!”, lo llamaba y le decia ”Ven que yo te salvo!”, ”Ven que yo te salvo!” y soltándo carcajadas diabólicas, le mal alumbraba el camino con los famélicos rayos de las pocas y raquiticas lámparas incandescentes, que habian logrado salvarse de las pedradas que diestras manos de niños pordioseros se empeñaban en apagar para siempre.

La vereda estaba anegada de orines y aguas sucias y optó entonces por tomar el medio de la calle aún cuando esto acentuaba el riesgo de ser descubierto por sus perseguidores.
Uno de los vehiculos ya mostraba su trompa luminosa en el entrecruce por el cual habia doblado y frenándo bruscamente, la enfiló hacia su silueta diminuta e indefensa.
El cuerpo mojado de transpiración, las ropas en desorden, la boca abierta buscando aire para renovar sus cansados pulmones, el sollozo estremecedor de la impotencia infantil ante el castigo del adulto, la callejuela riendose estrepitósamente de él, y los ligeros pasos pisandole la sombra. Qué más podia pedir? No tenia nada que envidiarle a nadie.

En su loca carrera habia pasado sin darse cuenta frente a una escuela pobre, la cual al verlo pasar, cerró sus postigos-párpados para no ver lo que se avecinaba. Ya habia visto demasiado y el nochero que transitaba por sus tripas simuló prender un cigarrillo cuando - en el fondo - también quería huir. Siguió corriendo y pasó jadeando ahora por la vereda de una enorme iglesia católica, la cuál con su impunidad decretada parecía cerrarle el paso. Pero, no es ésta la casa de dios? se preguntó con desesperación, titubeando al ver la pesada mampara cerrada. Pero el miedo pudo más que la razón y dándo un pequeño giro para frenar su carrera, se dispuso a golpear la puerta de los cielos para pedir clemencia. Pero se acordó repentinamente y con agustia que la noche era para descansar y que con toda seguridad, dios dormía.
Todo parecia deshabitado y muerto y nadie recurría a sus silentes gritos de ayuda.

Dudó un instánte ante el úmbral de un conventillo. Era un callejón sin salida, aunque porqué debía de ser ésta una alternativa peor que cualquier otra? Nada parecía indicarle que veria el amanecer de un nuevo día, de tal manera que, porqué no?
El suelo de la entrada estaba mojado y fangoso y ninguna luz alumbraba su interior. Era como si todos los que alli habitaban, contenian la respiración al unísono a la espera de algún final definitivo.
Y de improviso tuvo una idea!
Se agachó y enterrándo las manos en el barro se embadurnó la cara y sacándose toda la ropa, continuó con el pecho, los brazos, el vientre, los testiculos, el pene, los muslos, las rodillas, las pantorrillas y tirándose de espaldas sobre el ciénago, untó con lodo toda la parte de nuesto cuerpo que nunca vemos, apagando asi la cara oscura de la luna y puso mucha atención en lo que hacia.
Calculando minuiciosamente su accionar, empezó a darse cuenta que su desesperado plan estaba dando frutos. Su cuerpo comezó poco a poco, de abajo hacia arriba, a mezclarse con el barro que pisaba revolviendo su masa con la masa de la tierra, mimetizándose con ella y en ella. Dentro de sólo unos instantes, seria parte del pedazo del suelo mojado y barroso que estaba pisando.
A lo lejos sintió que alguien tiraba la cadena de un baño, y el sonido que produjo en el silencio nocturno fue como un eructo subterráneo de miles de cloácas intestináles.

Embadurnado de barro todo el cuerpo y completamente desnudo, se sentó sobre la vereda de la callejuela y convertido en bollo de fángo, esperó. Un auto se detuvo bruscamente a la entrada del conventillo bloqueándo la única salida de escape posible. Cuatro hombres portando poderosas linternas bajaron del vehículo y comenzaron a rastrillar el lugar. Uno de ellos soltó una maldición por tener que ensuciar sus zapátos nuevos, pero el deber lo obligó a seguir.
Los pasos ligeros de sus perseguidores se acercaban cada vez más a él, que camuflado de montículo embarrado, se dispuso a aceptar lo que viniese.

Observaciones de un abedúl.
Transformado en abedúl enclénque para no desentonar del paisaje mísero que lo rodeaba, vió como sus torturadores alumbraban con poderosas linternas todos los rincones del conventillo, convirtiéndolo momentáneamente en tívoli triste de esperanzas perdidas.
Cuando uno de ellos lo rozó con su cuerpo, contuvo la respiración para no ser descubierto ni oido, pero se acordó rápidamente que ya no era humano sino vegetal, y soltó todo el aire contenido en su interior para probar el efecto que provocaría.
Sus extremidades-ramas se agitaron levemente y una brisa mortecina levantó un mechón de cabellos de uno de sus perseguidores.
”Parece que se va a poner a llover”, dijo aquél y levantando el cuello de su abrigo lanzó un escupitajo que quedó colgando de una de las hojas de su cuerpo camaleónico.

Después de haber buscado en vano por la callejuela embarrada del conventillo, se detuvieron al lado del abedúl a conferenciar. Ya era más de medianoche y un murciélago confundido cruzó el cielo, pero como éste no era su cuento su aparición no fue más que un accidente fugáz que no se volvería a repetir.
Uno de los perseguidores propuso allanamiento masivo, pues estaba convencido que la víctima se encontraba oculta en alguna de las casas de aquél lugar. Otro planteó que lo más probable era que se hubiese escapado saltándo alguna de las tantas empalizadas que separaban ese conventillo de otros igual de miserables, y que lo mejor era seguir la búsqueda por allá. Un tercero sugirió rastrear los patios traseros pues a lo mejor se escondía por ahí, esperando que ellos se fuesen para dejar tranquilamente el lugar burlándose de ellos. El cuarto, el que habia soltado el escupitajo, recomendó irse a putas el resto de la noche y olvidarse de todo el asunto.
Tales eran las alternativas presentadas en aquél pequeño pedázo del mundo y como si ésto no fuese suficiente, a esa misma hora y muy lejos de allí, alguien recibía el premio Nobel de literatura de manos del rey de Suecia, y se aprestaba a saborear la exquisita cena con que la casa real sueca acostumbraba congratular a tan proverbial individuo, después de magnificarle el ego con un grueso cheque. La proposición de pasar el resto de la noche en morada de rameras fue aceptada por unanimidad y pasando de la palabra a los hechos, se marcharon de alli.

El abedúl comprobó que su nuevo estado, si bien no era nada de envidiar, lo habia hecho insensible a la empatía, a las decisiones por otros tomadas y a otras cosas que ya tendría tiempo en constatar. Pensó en las ventajas y desventajas de su nueva situación llegando a la conclusión de que, en ese instánte, era lo mejor que le podía haber haber sucedido.
Una araña se deslizó por su hilo fino de espumarajo espeso, dejando un pequeño regero de terciopelo suave sobre uno de sus lomos y con la decisión del que sabe lo que hace, se marchó a pescar.

Se despertó sobresaltado al sentir un ruido familiar que no pudo identificar. Era como si un riachuelo estuviese deslizándose por su lado, soltándo leves murmullos al pasar.
La madrugada era tenue y los gritos habituales de los moradores del conventillo, llenaron la callejuela embarrada de lo necesario para sobrevivir un dia más. Y contempló extasiado el devenir de un nuevo amanecer a través de su costra de abedúl.
Constató de inmediato algunas cosas que le harían más fácil aceptar su nueva situación. Podía escuchar pero no hablar, podia oler sin sentir hambre y no se podía mover. Además podia pensar y si ésto era una ventaja o nó ya lo comprobaría con el correr de las horas, porque estaba convencido que su nueva vida vegetal sería temporal, y pronto recuperaría su condición de ser humano.

Mas, dónde estara ubicado el cerebro?, pensó. Porque pensaba, eso estaba claro y lo estaba demostrando en este preciso instánte, al plantearse esa pregunta. A lo mejor estaba en sus raices protegido por la tierra de los acosos del hombre. Asi debía ser!
Descubrió además que también podía mirar y que su percepción visual estaba ubicada en todo su derredor y que en su pequeño mundo especial, no existía ni adelante ni atrás. Y eso era una gran ventaja aunque de qué le podría servir si no se podía mover?
”Dejémonos de pensar en forma negativa”, se propuso y miró a su alrededor para ver el paisaje que lo rodeaba y sintiendo la humedad tibia del caldo amarillento de un perro fláco correr por su tronco, se resignó a su nuevo situación.

Algunos nacen, otros mueren y algunos como él (aunque no muchos) logran también resumir ambas condiciones, en un solo y reseñable acto de simbiótica existencia peculiar.

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Sábado, 05 de Septiembre de 2009 09:09. Guillermo Ortiz-Venegas Ver como artículo separado. Cuentos del autor

Bagatelas sin sentido

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Un día cualquiera en el Circo sin Fronteras que es la Unión Europea, se le ocurrió a Pelle darselas de director de teatro.
”Qué te pareció?” me preguntó sentándose en el unico sillón disponible de mi pequeño departamento en un suburbio pobre de Estocolmo. Hacia unos cuantos días atrás habia depositado en mis manos un manuscrito con lo que él aseguraba, seria la mejor obra de teatro escrita en los ultimos decenios sobre el planeta Tierra.
“Aún no lo he podido leér”, le dije y puse una cafetera sobre la cocinilla a gas que me ayudaba a sobrevivir.


(A espaldas de mi amigo Pelle, sin que él lo sepa y antes también de darle a conocer mi opinión sobre su “pieza de teatro”, quisiera presentárselas a ustedes, lectores leales de guillermiadas para que se hagan una idea propia, y no se dejen influenciar por mis opiniones al respecto. Y lo hago en un intento algo deseperado por buscar aliados que esten de acuerdo conmigo en que Pelle, el creador de este bodrio que él aparatosamente titula “obra de teatro”, pertenece a las cloácas de la subcultura y deberia ser tirada al basurero de la historia literaria.
Pelle es mi mejor amigo, pero ya veremos en que categoria me situará después que léa este artículo.
Aprecien por si mismos!)


Diálogo de verano
Obra en dos actos, dirigida por Pelle Persson

Primer Acto
Sobre el escenario, una mesa, dos sillas, una lámpara de pié, una bacinica antigua amarillenta y saltada.
Con salvedad de la luz que arroja la lámpara, todo el escenario estará sumido en profunda obscuridad. Bajo la misma lámpara un músico deberá estar ubicado a diez metros de los actores principales.
La música que aquél tocará, será un concierto para piano en una nota, interpretado en un pianillo de juguete. El concertista estará muy serio y concentrado vistiendo un negro frac. Su cara deberá estar además, cubierta por una careta de color gris y de muecas tristes.
Al comenzar la obra, estará sentado bajo la lámpara que arrojará rayos de luces tenues y difusos. El sonido del pianillo deberá ser rutinario cual sonido de campana de parróquia pueblerina y pobre. Su plañido cesará cuando comienze el diálogo entre los actores de la pieza teatral de marras.

Dos actores estaran sentados uno a cada lado de la mesa y de espáldas al público. Porque si es un diálogo, que importa la mímica o el maquillaje.
Ambos deberan estar rigurosamente vestidos de negro para mimetizar sus cuerpos con la obscuridad que bañará todo el escenario.
En sus nucas portaran sendas caretas blancas que, con sus ojos sin vida, miraran al público.
La careta del actor de la izquierda deberá representar una mueca de enojo, en tanto que la de la derecha, una mueca burlesca.
La idea es mostrar dos caras blancas que den la sensación de flotar en el aire mientras dialogan.

La opertura estará a cargo de Careta Enojada.
”Y entonces en un punto de la Nada, una intensa energía explotó con enorme fuerza formando el Universo.” Y agregará muy seguro de si mismo: ”Es la teoria del Big Bang.”
E inclinando su cabeza hacia el centro de la mesa, quedará contemplando el vacio del espacio infinito que lo rodea, en magistral toque teatral de actor de Broadway.
“Aha!” responderá Careta Burlesca y agregará en espontánea reflexión: “Algo asi como la celebración del Año Nuevo en Suecia!”
“Cómo asi!?”, responderá a su vez Careta Enojada con algo de confusión en el tono de su voz. Y deberá agregar con sorpresa: ”Qué quieres decir con eso!?”
“Intensa energía y gran explosión!” responderá Careta Burlesca con ironia y esperará risas del público.

En ese punto de la obra, ambas caretas se confundiran con la obscuridad que las rodea y ”desapareceran” momentaneamente, al mismo tiempo que una voz resonará por los parlantes diciendo:
”La política de alcohóles en Suecia es uno de los puntos más sensibles del Estado de Bienestar de éste país. Pues cuando el pueblo sueco se decide por el camino de las bebidas fuertes, no hay quien lo detenga. Y la celebración del Año Nuevo es uno de esos caminos. Política que desde el punto de vista de la controversia, tal vez tenga su paralelo con la política de inmigración. O con la de la integración. O con la de la adopción o no del euro como moneda europea nacional. O con la de la pasividad ante el nazismo creciente. O con la de los impuestos. Pero a pesar de todo, no hay nada más delicado en Suecia que el tema del alcohól.”

Llegado este momento, ambas caretas reapareceran nuevamente mostrando sus blanquecinas muecas, mientras que por los parlantes del teatro comenzarán a escucharse los tonos de All you need is love de los Beatles, al mismo tiempo que las dos caretas orinaran en la vieja bacinica apostada al medio del escenario. Los chorros de los orines deberán ser fluorescentes y daran la sensación que caen de la nada.
El pianista, ofuscado se parará de su silla situada bajo la lámpara, introducirá su pianillo bajo la chaqueta de su frac y desaparecerá del escenario a paso rápido y exageradamente decidido.
Solo volverá a reaparecer al concluir la obra. La voz se extingirá cerrándose asi el primer acto, al son de una mezcla de tango, samba y la canción nacional sueca.

Segundo Acto
Un baño muy pequeño y estrecho deberá estar ubicado al centro del escenario. En su interior se encontrará una mujer tendida de espaldas en el suelo con un hombre sobre ella. Al comenzar esta escena estarán en el climax de un acto sexuál un tanto desesperádo e incómodo. Pero entre gemidos, movimientos múltiples de brazos y piernas hacia todos lados, lograrán un orgásmo mancomunado.
Al salir de entre las piernas de la mujer, el hombre se dará un fuerte cabezaso en el lavamanos y la mujer romperá a reir, la cual por lo estrecho del lugar y también por la posición en que se encuentra, tendrá dificultades para incorporarse. El hombre se pondrá de rodillas a su lado y extendiendo sus manos, la ayudará a sentarse en el suelo. Pero la levantará con tal fuerza que la frente de la mujer también irá a dar contra el canto inferior del lavamanos. Ahora será el hombre quien romperá a reir, mientras la mujer se frotará la frente y se producirá el siguiente diálogo:
El hombre: ”Esto es sin duda alguna, muestra concreta del principio del fin de la iglesia católica! Je, je, je…!”
La mujer: ”Si! Ja, ja, ja…!”
El hombre: ”Somos verdaderamente la pesadilla del Vaticano, no te parece!?”
La mujer: ”Ja, ja, ja…! No me hagas reir que se me van a soltar los esfínteres!”
El hombre: “Somos el sueño de cualquier párroco rural, no crees? Je, je, je…!”
La mujer: “Jo, jo, jo…! No me hagas reir más, por favor! Ja, ja, ja…!”
Y a través de los parlantes se escuchará el claro y muy distingible sonido de un fétido ronco y prolongardo.

Ya más calmada y sentada sobre el piso del baño, la mujer le dirá al hombre – que aun todavía seguirá de rodillas a su lado - lo siguiente:
“Mi padre me llamó a mi celular hace un rato y me contó que…”
El hombre interrumpiéndola le dirá: “No te parece que estamos en una posición un tanto precaria como para hablar de tus progenitores?”
La mujer: “Ja! Tal vez tengas razón. Pero escucha! Me dijo que en la mañana cuando habia salido a hacer las compras semanales junto a mi madre…”
El hombre:Se le olvidó!”
La mujer: “Se le olvidó qué!? No me sigas interrumpiendo, por favor!”
El hombre: “Pues se le olvidó sacárle el bozal a tu madre y se asfixió camino a las compras. Je, je, je…!
La mujer: No te hagas el gracioso! Quieres que te siga contando lo que sucedió o no!?”
El hombre: “Si, cariño! Vamos, no te enojes!
Y cambiando de posición cual político oportunista, se sentará en la tina del baño a contemplar lo que la vida le estaba ofreciendo de manera temporal.
La mujer: “Pues bien. Cuando mi padre conducía su vehículo, a medio camino se dió cuenta que el automóvil se sentía más pesado de lo habitual y que…
Interrumpiendola una vez más, el hombre le dirá: ”Pero como nó! Si tu madre iba arriba! Je, je, je…
La mujer ignorará ese comentario y continuará hilvanando su frase suspendida, agegando que…”olia a goma quemada. Y sabes porqué!?
El hombre: “Porque iba arrastrándo a Vargas Llosa! Je, je, je…!”

En ese preciso momento deberá caer el telón y todo quedará sumido en una semi-obscuridad artificial pero agradable a la vista.
Por el centro del pesado cortinaje reaparecerá el músico, quien sacando su pianillo de juguete de uno de sus bolsillos comenzará a tocar los primeros acordes de Time to say good bye de Andrea Bocelli.
La sala será absorvida por los sonidos de esa melodia, al mismo tiempo que aparecerá por sobre la cabeza del músico un gigantesco afiche que dirá:
Y deberan sacar un rayo del arcoiris para entender lo que han visto!

Y ya me dirán ustedes, lectores de guillermiadas cuál es el mensáje que Pelle quizo hacer llegar con su “obra de teatro”. Expresión alocada que nunca se estrenó pues todos los productores teatrales en sus cabáles a los cuáles recurrió, llegaron a la misma conclusión que yo: esto es una basura sin sentido!

Tomé mi celular y llamé a Katrine, la cual por suerte no era feminista y sabía exactamente el motivo de mi llamada nocturna. Me respondió de buena gana, y me olvidé por un rato de mi buen amigo Pelle.
“La noche es jóven y recién comienza!” pensé. Y cerrando la puerta de mis obstáculos, me fui a vivir.

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Armonia impúdica y cotidiana

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Este cuento fue presentádo en un concurso literario en Chile. Creo que fue hace un par de años atrás. Y quién lo organizó, no me acuerdo. Lo único que si recuerdo es que no ganó ni el primero, ni el segundo, ni el tercer premio. Pero si, ganó un "premio especial". Y si lo léen se darán cuenta porqué. Mi modesta opinión, es que deberian haberlo tirado a la basura de los desechos literarios. Suerte en la lectura!
Guillermo Ortiz-Venegas


Se dió vuelta en la cama y tropezó con el contador de horas que habia heredado de su abuelo. Lo habia recibido de regalo cuando se desvirginó una mañana cualquiera del siglo pasado en que todo el mundo descansaba, con ayuda y gracias a la generosidad prestada para tal ocasión de la hija del sastre de la esquina, que no creia en eso que los domingos eran fiestas de guardar, y trabajaba siete días a la semána. Y era su hija entonces quién guardaba entre sus blancos muslos, lo que su padre ignoraba.

El reloj dió las tres de la mañana y ninguna mujer entibiaba con su aliento cálido y fresco, su espalda descubierta cosa que le sorprendió.
”Ashla deberia estar a mi lado”, pensó pero el sopor de la vigilia no le permitió seguir especulando sobre la ausencia la mujer.
Levantó la vista hacia el techo de su alcoba y doblando los brazos tras su nuca intentó contemplar el alcázar que lo rodeaba, mas nada pudo distinguir.

Se levantó en silencio para no despertar a los fantásmas que por ahi merodeaban, y sentándose al borde del crujiente catre que cobijaba los olores de sus manchas, tomó la decisión de bajar al piso inferior de su casa sin ponerse calzoncillos. Dormir en pelotas era una de las pocas libertades que aún le quedaban. Algo asi como un pedazo de mantequilla expandida con mucho cuidado sobre un trozo de pan rancio.

La oscuridad de la noche le ayudaria además a camuflar sus partes intimas. Porque a pesar de que poco o nada le interesaba esa mundana problematica de esconderlas o no, la mojigateria de la moral oficial le exigía lo primero.
Pero se convenció a si mismo que lo que hacia era correcto, cuando dedujo que si sus testiculos se balanceaban libres, pues a quién le podria importar tal movimiento pendular, si nadie los veria en la soledad oscura de una noche como esa.
Y como nadie lo contradijo, se sintió amparado en la conclusión final de ese debáte nocturno, y soltando un suspiro de satisfacción las emprendió escalas abajo, a la piedra de toque de su hogar.

Se sentó en la comodidad de su sillón favorito – el sillón mágico – dejándo caér todo el peso de su presencia sobre aquella delicada superficie, mas no pudo evitar sentir un ligero malestar cuando se le ocurrió que a lo mejor estaba profanando con su impertinencia, el resultado exquisito que tapizadores y albañiles habian logrado con su obra maestra, y que ya terminada, soportaba ahora todo el peso de su humanidad carnal.

Picasso lo observó desde la incómoda posición que le habian impuesto al clavetearlo en una pared sin alarmas, y arugando su mirada, lamentó que vendiesen aún litografías baratas de su obra genial. Pero nada pudo apelar, puesto que sus restos ya no eran suyos sino patrimonio universal, y pertenecian a todo aquél que tuviese la buena voluntad de ofrecerle a sus obras, un lugar privilegiado en su casa sin polvos del tiempo y algo de buena iluminación.

El humo eterno de los cigarrillos de los vecinos se empezó a colar por las rendijas de su terraza e inmediátamente tomó la decisión de – a corto plazo y con carácter de urgencia – cementar su puerta para evitar tabacazo ajeno, pero también para acentuar el ruido del silencio.

El ladrido del perro de uno de sus vecinos lo sobresaltó, justo en el instánte en que se disponia a orinar en el macetero que soportaba en su medio artificial, la planta favorita de su mujer, y soltando una carcajada incontrolable, se preguntó si aquella interrupción no habria sido producto de una inspiración infernal o de maldición divina.

Un espontáneo estornudo ocasionado por un pedazo de polvo que se habia salvado del holocausto del paso de la aspiradora por los dominios de Picasso enclavado, cortó por un instánte su racionalidad y perdió también por unos cuantos segundos, su capacidad motórica innáta.
”A lo mejor son precisamente esos momentos en los cuáles la población europea se encuentra sumida, cuando vota a favor de pertenecer a la Unión Europea. Es decir, irracionales y paralizados”, se dijo y tomando una servilleta de papel, se limpió las fosas nazales ocasionando sonidos de trompetas desafinadas.

Un gañan en moto que dió por pasar por la calle en que vivia, se preguntó con algo de espanto que ”quién puede estornudar de esa manera en el mundo cristiano?”, creando ipsofacto un prejuicio contra los no-cristianos, cuestión de la cual nunca fue conciente. Y acelerando a fondo el motor de su máquina, se alejó de alli a toda marcha para no tener que ser una vez más, testigo acústico de sonidos pagános, primitivos e incivilizados.

Cuando sus pupilas se habituaron a la oscuridad, observó que Ashla lo escudriñaba con pasión agitada desde el otro extremo del sillón mágico, y que abriendo la prenda nocturna que cobijaba su caliente cuerpo le ofreció sus generosos pechos, para que bebiera algo de la savia de vida que aún le quedaba y que ella celosamente habia guardado para ocasiones como esta.
Y el alba de un nuevo día demoró su luz para darle tiempo a que bebiese un refrescante jugo de mujer, sin el acoso del horario rutinario de un día dividido en obligaciones sin mucho sentido.
Satisfecho el acto y sin ningún comentario al respecto, se incorporó de su cuerpo agitado y clavando la mirada en la pantalla vacia del televisor que nada le decia, optó por concentrar su atención en el sonido de aplausos provocado por la lluvia que caia sin cesar sobre el techo de su casa, y también sobre su vida.

”Tal vez sobre la tuya, pero no sobre la mia!”, le gritó el repartidor de periódicos en esa mañana lluviosa y gris, desplegando un enorme paragua negro y lo dejó afuera de la posibilidad de ser feliz.
”Pero qué haces!?” le preguntó con asombro no fingido, y una gota de sudor se desprendió de su cuello, desplazandose por su pecho como lombriz angustiada, hasta que logró llegar al punto contrario del lumbago.
”Cerraré el paraguas!” le respondió el repartidor, y corriendo feliz por las calles mojadas de su pueblo natal, desapareció de su espacio visual cantando Singing in the rain… I´m singing in the rain… y nunca más lo volvió a ver.

Cuando un nuevo día depuntó en el alba del día siguiente, el televisor ya habia comenzado a transmitir sus banalidades acostumbradas y lo apagó sin remordimientos de conciencia ni pesar alguno.
Ashla aún dormia en el sillón mágico y recordó que su propia presencia y persona jurídica se habia quedado dormido sobre el teclado del computador, estampando la siguiente cifra en su pantalla: 647788888888, con la ayuda de las arrugas que pavimentaban su frente y se sorprendió que esa cifra no fuese más larga.
”Es que tengo la frente tan estrecha?” pensó y para conformarse concluyó en voz baja que ”lo que pasa es que estoy bajando de peso!”.

Pero sus lentes estaban rotos y maldiciendo su mala suerte los reparó con pegamento barato, pues no tenia los recursos necesarios como para pagar la visión libre que ofrece la democracia con lentes.

Se lavó los dientes con furia para sacarse el gusto de una mala noche, y se le ocurrió pensar que los yanquis seguian asesinando en forma impúne en nombre de una supuesta lucha ”contra el terrorismo internacional”, pero que a pesar de todo, el mundo seguia girando de la misma manera como lo habia hecho durante millónes de milenios.

Se acordó de la vieja bruja de Talagánte y pensó que a lo mejor era parienta de la mujerzuela Hiriarte, esposa del Homosaurio. ”No puede ser de otra manera!” se dijo convencido. Y confiando en la seguridad que le ofrecian esos nuevos conocimientos adquiridos, tomó la decisión de aplazar la vida un día más para aprovechar al máximo la energia que ofrece el instinto primitivo de la sobrevivencia, para de esa manera decirle hola! a su mujer, como reconocimiento por años transcurridos.

Pero no crean ni por un instánte que mi pasado no me persigue! Porque en cada Navidad prendo una velita eléctrica en mi árbol navideño de plástico irrompible, disparo unos cuantos cuetes al aire cada vez que al calendario se le ocurre cambiar de año, y en mi cumpleaños degullo algo de torta, cuyos trozos se me atragantan en el pescuezo, pues no augurian primaveras sino otoños. Pero la digiero sin chistar para satisfacer a familiares, conocidos desconocidos y oportunistas de toda especie.

Y antes de comenzar un nuevo día, apoyé una mejilla sobre las tibias caderas de Ashla pensando que pronto llegaría la hora en que mi mujer me diria ”buenos días”, en ese instánte matinal en que todavia semiadormecidos y poco atrayentes por las huellas de la noche en nuestros rostros y alientos, nos encontrariamos en el baño común de esposados legáles.
”Qué tendrán de buenos?” le responderia yo como de costumre y guardariamos silencio para no provocar al pasado con nuestro presente. Y era lo único que necesitabamos decirnos para sobrevivir año tras año.

Y mientras besaba una de las nálgas de Ashla, me acordé de un trozo de un poema de Dylan Thomas:

Me has olvidado?
Soy el hombre al cual decias amar.
Yo acostumbraba dormir en tus brazos.
Te acuerdas?

Comenzó a llover y nos escondimos de nuevo. Y ya nada más tuve que escribir sobre estaciones del año, fenómenos metereológicos, o relaciones humanas.
Alguien afirmó que ni a nuestros progenitores ni a nuestros vecinos los elegimos nosotros. Se nos imponen! Igual que las estaciones del año y un sinfín de cosas más.
Y la armonía de mi vida, volvió nuevamente a ser total.

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