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Remembranzas insólitas

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Desde su punto inicial se traslado al cuarto de fumar. Cuando llego a su destino prendió un cigarrillo el cual seria, según su manera de ver las cosas a muchas horas ya de la génesis, el ultimo de la noche o el primero de la mañana. Dependiendo esa dualidad horaria de si el acontecer de esos hechos memorables se miraban desde el comienzo hasta el final, o desde lo finito hasta sus embriones.

Pero cualquiera que fuese el prisma a través del cual se mirase ese quehacer cotidiano de vivir por inercia, el cielo estaba más oscuro que bostezo de viejo desdentado y sin amígdalas, en el momento ese en que la mayoría de los seres por allí esparcidos dormían apacible sueño de niños aun sin deudas financieras, porque de las otras ya la religión los tenia atiborrados.  Las siluetas de los árboles más cercanos a su ventana parecían esqueletos despojados de sus pellejos boscosos y lo único que se distinguía en ese universo fugaz y opaco, era la carretera que pasaba por debajo del edificio que habitaba. Las amarillentas luces artificiales que la bordeaban la hacían ver como una gran lengua de asfalto gris por la cual se desplazaba uno que otro vehículo confundido, en busca de alguna meta a la que llegar.

Levantó la vista para tratar de distinguir la silueta del rocoso cerro que cortaba en dos mitades casi exactas el horizonte que se visualizaba a la luz del día, pero solo pudo deducir donde estaba gracias a los dos focos con destellos intermitentes que se encontraban sobre su lomo, y que con toda seguridad estaban allí para prevenir a peregrinos nocturnos que por allí no era aconsejable concebir ideales, sin el riesgo de romperse el pescuezo. Y ahora se estaba dando cuenta que esos focos no cesaban nunca en su centellar, sino que siempre estaban allí pestañeando su furioso orden de árbol navideño, y hasta recordaba haber visto sus luminosidades reflejándose en una de las blancas paredes del departamento que limitaban su estampa en este mundo tan grotesco y hostil.

Abrió la ventana para comprobar si el frio era tan ardiente así como lo describían los poetas, pero lo único que consiguió con ese gesto de suspicacia hereje fue permitir la entrada a su morada transitoria de quien sabe cuantos recuerdos que, como espermatozoides impetuosos tratando de entrar al óvulo fecundo, revoloteaban por ahí esperando petrificarse para siempre en cualquier refugio que se abriese una noche oscura de invierno a las dos de la mañana. O de la noche.

Aspiró lo ultimo del cigarrillo cuya substancia ya reposaba en sus pulmones generosos y cuyos restos se aprestaba a arrojar al vacio, como sacrificio ofrecido a dioses de religiones idólatras. Lo sujetó entre el pulgar y el fuck you y lo disparó al aire. El circulo que el agonizante pitillo dibujó en el espacio, semejó piedra de catapulta cruzando plazas y mercados para sobrepasar murallas sarracenas, y al chocar con los escombros de un arbusto semipelado, se rompió en cientos de centellas cual fuego artificial de involuntario cambio de año.

Cerró la ventana sin atender que le aprisionó la cola a una evocación que pretendía entrar a sus dominios privados, cual ilegal franqueando fronteras europeas. Tampoco escuchó el quejido de dolor y angustia  que soltó la reminiscencia al ver su cola rebanada en dos, dejando una de sus mitades en su presente y la otra en su pasado.

Y cuando se dirigía a sus aposentos tibios comprobó con algo de sorpresa (o seria miedo?) que la luz de la lámpara que había dejado prendida cuando tomó la poco sabia decisión de ir a fumar, estaba extinta. “Mierda!” dijo en voz alta, más como para amedrentar lo desconocido que por la sorpresa que aquel hecho le causaba, y con pasos de ciego prudente y receloso se dirigió a la cama. Cuando llegó a destino, sin preocuparse siquiera de empelotarse se sumergió entre sabanas y frazadas desordenadas y una vez bajo la seguridad que le ofrecía ese amparo infantil, aventuró sacar una mano para investigar con ella el porqué del silencio de su lámpara nocturna. Alcanzó el interruptor, lo pulsó con rapidez para evitar el roce con algo oculto y misterioso (como un recuerdo con cola cercenada, tal vez?) pero la oscuridad siguió reinando a su alrededor. “Qué pasa?” se preguntó en silencio al tiempo que ya desbocado y con perlas de adrenalina nauseabunda adornando su amplia frente de pensador arruinado, prendía y apagaba esa luz artificial que le estaba ocasionando una pesadilla sin siquiera haber abierto los ojos para volverlos a cerrar.

Escondió rápidamente su mano, cobijándola bajo las mantas de su cama y se quedó tan quieto como el rigor mortis. Y como intentando pagar pecados que nunca había cometido pero que había heredado por genes e historia, improvisó un ruego pagano para acallar los remordimientos que ahora, ya viejo y con menos pelos que los que portaba en su adolescencia, carcomían su consciencia, al acordarse de todas las veces que había engañado a amantes, esposas legales y prostitutas :

Cuándo y porqué te dejé de amar? No me acuerdo!

Tal vez fue cuando la luna se cansó de esperar mis besos románticos

bajo su luz azulada y cerró sus rayos a un sendero que ya no iluminaba?

O fue quizás cuando dejé de encontrarle gusto a tu comida?

O a lo mejor cuando abusé de tu generosidad y bebí un cuarto más de lo debido del cognac que tu abuelo tenia reservado solo para navidades y fiestas de guardar?

O acaso cuando en vez de besar tu boca, besé la de tu prima en visita?
O seria aquella vez que en vez de lavar mis calcetines, lavaste los del vecino?

Y repitiendo esa plegaria hasta que los arcaísmos de su contenido comenzaron a perder sentido, entremezclándose antojadizamente en las frases iniciales, se dio cuenta que sin saber cómo, repetía una y otra vez “tal vez fue cuando la mesa se cansó de palpar mis pasos rastreros” en vez de Tal vez fue cuando la luna se cansó de esperar mis besos románticos.

Y ya con la certeza de que ni pasos rastreros ni romanticismos escasos eran cosas que le acontecían, dio un manotazo a la lámpara situada sobre su velador, espantando a uno de los recuerdos que algo le quería murmurar en su oreja derecha, estrellándola contra el frio piso de su alcoba temperada por gases naturales, y logró lo memorable de esta historia algo sin sentido, a saber: dormir por primera vez en su vida de adulto con los ojos cerrados, y respirando con ritmo pausado y regular. Como gato enrollado en acordes de un blues nostálgico y maravilloso.

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