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La vida se asemeja a un viaje

(Visita también: Héctor Díaz )


Vamos juntando las palabras,
a falta de otra cosa,
vamos juntando frases en el aire,
flores para un jardín vencido.
Algunas utopías nos acompañan todo el viaje,
la mía era dormir en un colchón,
un sueño largo, en una noche de verano,
donde dios era un amigo,
y no una voz de castigos intermitentes.
Y yo era niño, alguna vez lo fui.
Eran tan pocas las palabras,
y se podía decir tanto:
una mesa, un mantel bordado y blanco,
la abuela, una puntilla, el aljibe, la tortuga,
una calle de barro,
la lanza de mi abuelo,
que se fue con la patria,
herencias del miedo de los muertos,
tan viejas estas historias,
como estas nostalgias.

Algo ha de salir, cuando se busca;
entonces vinieron las consignas,
la gente buena que dejó sus ganas,
los viejos nombres, que hicieron a la gente,
creyentes, respetando las búsquedas cansadas,
de los que quieren crecer fuera de tiempo.
Eramos el “hombre nuevo”;
no hicimos más que repetir la historia,
por eso el poeta no se cansa de este entuerto,
describir la ética, la izquierda clandestina
de la derecha de la propia izquierda,
describir la alegría de un beso,
una mano extendida, una espera, un recuerdo,
el libro aquél, que no entendía el texto,
el sueño lapidario de hacer lo único posible,
acompañar al hombre, que es como decir al pueblo.
Hablaremos de las pequeñas cosas,
ésas que describen nuestra pequeña historia,
los libros sucios de la feria,
la botella de anís hecha de anillos,
de un azul resbaladizo como el tiempo,
donde un perro rabón, de infinita mirada
acompañaba mis tardes de juegos solariegos.
La polvera chata, repetida en el espejo,
la línea de los ojos de unos ciervos de cerámica,
los cajones de la cómada,
guardando los tesoros de mi madre.

Todo un tiempo quieto,
un tiempo tan tiempo, que se quedó en el tiempo,
a las tres de la tarde, con aroma ascendiendo
desde el pié de la parra.
Mi madre entonaba “ Caminito ”,
tiempo valseado, voz de esperanza,
la sonrisa esa, de los semi-tangos,
tan bella, como Las Mil y una Noche,
o un verso de Machado.
Aún me persigue la palmera,
chata y gruesa, donde escondía mis secretos,
con su mala arte y parte,
quedó grabada en la retina de mi tiempo.
Un rayo de sol es único
cuando el color tiene memoria,
el reflejo que se agolpó en los ojos,
de aquella vecinita,
que me miraba desde sus lentes.
Su nombre ya no existe, pudo ser Azucena,
Libertad, María o Soledad,
solitarios sustantivos, perdidos en el tiempo,
pero el rayo de sol, sigue vigente.

Los pobres no son más el motor de la historia,
solo quedamos los creyentes;
podemos historiar nuestros sueños,
la libertad tiene muchos kilos de ignominia,
el poeta debe pesar sus miedos,
es un escriba que no se debe al odio,
su voz es tan solo un camino
que hacemos en el polvo, pie descalzo
huella para arcaicos antropólogos,
recuerdos de unas soledades
en los ojos de un niño
pobre de haber nacido en la parte negra,
tristes de socavar el socavón del alma.

Héctor Díaz
2009-08-16

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