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Seguridad

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Carvallo pensó en el tiempo transcurrido. Había tenido suerte. Pero la suerte no había sido todo. Aprendió a tener paciencia. Paciencia para saber esperar. Se sentía seguro. Para algunos era el “cacique”, para otros un “correligionario”, para los más el “capatáz” de la Estancia 33.  ¿Cómo se dieron las cosas?  Es una cuestión que se va perdiendo en el camino de la memoria. Todo el secreto estaba en vivir el presente, la vida no debería tener ni pasado ni futuro. No sabía lo que era conmiseración, ni lástima, ni idea misma del daño que producía en los alrededores. Con el tiempo fue notando que cada vez menos gente se oponía a sus deseos. Su palabra se fue convirtiendo en ley. Al comienzo no había sido ni provocador ni prepotente, pero vaya a saber porqué, se le había ido agriando el carácter. Muy arrimado al comisario y protegido del juez de paz, sin saber cómo, se le había hecho el “campo orégano”. Una noche pateó los dados en lo del Toto González, nadie atracó a pesar de que el ambiente era “malandro”. Se le quedó con la plata a todo el mundo. El hecho fue muy mentado en el pago y desde entonces Carvallo se sintió completamente seguro. Sus borracheras terminaban siempre en el quilombo del pueblo. A pesar de que el “queco” estaba regenteado por el milico Peralta, la noche terminaba siempre en lío.

En la estancia había que tener mucha paciencia con él, soportarle impertinencias y seguirle el hilo de su carácter cambiante; saber reírse a tiempo de todas sus malsanas ocurrencias, como el día aquel en que se le ocurrió que el “malevo”, perro hecho a la intemperie, estaba sucio de más. No pensó nada mejor que tirarlo al pozo. El perro luchó horas antes de ahogarse.

Malquistarse con él en la estancia era trabajar de balde, no se conoce a nadie que haya podido cobrar la paga de  una  “changa” no reconocida por Carvallo. Y si le ponía el “ojo” a las paisanitas, no se le escapaba ninguna. –“Picardías de Carvallo”, murmuraba por lo bajo el paisanaje.

Hacía tiempo que se venía metiendo con la Zulema. Ella le soportó algunas cosas por no poner en compromiso a Juan.  Juan, inocente de los hechos arriaba el ganado, volviendo de tardecita pa’l rancho. Un día la Zulema le dijo a Juan:

-Tenemos que irnos de la estancia lo más pronto posible, Juan.

Juan, gauchito hecho en la humildad y muy “aquerenciado” con Zulema y con el lugar, le preguntó porqué. Ella al comienzo no quiso contestar, pero de a poco y entre sollozos le dió a entender a Juan que la situación con Carvallo se hacía insoportable. Juan pensó un rato y luego dijo:-No nos vamos nada.  Eso fue lo que dijo.

Carvallo gustaba jugar con la culata de su revólver. Juan le conocía las costumbres a Carvallo. Sabía que en las tardecitas se iba hasta la pulpería de Delgado a jugarse un truquito, tomarse una caña e informarse de los sucesos del pago durante las horas que él había estado en “las casas”.  Al regreso volvía orillando el arroyo, cerquita del monte de espinillos. De lejos divisó a Juan, que trataba de pasar desapercibido. Carvallo intuyó que la Zulema se había “soltado de lengua”, porque Juan a esas horas acostumbraba a estar en el rancho y nada tenía que hacer semi escondido en el monte. La verdad es que Juan había pensado “primerearlo”, caerle de arriba, cuchillo en mano cuando Carvallo pasara por debajo del sauce. Ahora estaba todo el juego descubierto. Carvallo bien montado, acariciando el revólver, alzó la voz. El tono vigorozo de su voz  hizo que la luz de la tarde que moría, se detuviera un instante a contemplar los hechos. Su caballo estaba alerta. Carvallo se sintió más seguro y se acercó bastante, como para darle una “oportunidad”. Estaba admirado de que este gauchito simplote quisiera cuestionar la ley preestablecida por la convivencia. Juan no había tenido nunca un incidente con nadie. Trabajador, humilde, acostumbrado a obedecer, no había dado señales de que era capaz de rebelarse.

Entonces la lengua de Carvallo quebró la tarde:- vos que hacés por acá en lugar de cuidar a tu mujer.

El otro le contesta: - tenemos que conversar, patroncito.

- Entre nosotros está todo conversado, contestó Carvallo, manoteando la culata del 45.

La “crucera” esquivó el casco del caballo, clavando los colmillos en los ijares del manchado. El caballo corcoveó dando por tierra con Carvallo. Juan, daga en mano, apresuró la tarea de deguello. Cuando repasaba el filo del facón por la herida se sintió seguro. Carvallo había tenido tiempo de desenfundar.

 Murió, revólver en mano sin disparar un tiro. Juan quedó cavilando porqué los cristianos dicen que las víboras son bichos detestables.  

 

Héctor Díaz

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Reflexiones desde las cloacas)

Martes, 30 de Noviembre de 2010 15:06. Guillermo Ortiz-Venegas Ver como artículo separado. Héctor Díaz

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