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(Visita también: Héctor Díaz )


Las palabras estaban en silencio,
emigradas sin consuelo, a un refugio sin sueños
donde todos los inventos, que representan sustantivos
vegetaban en una playa sin besos y sin pueblos.
La utopía sin carne, sin huesos, y epitelio.
Imposible la traición,
no existía amigo, ni enemigo
ni el alambre de pua
de los ejercitos de la tierra,
ni el dios romano de la guerra,
ni la hambruna de los deportados,
ni el intelectual leyendo el Holocaustro de la Biblia,
ni mi propia voz que me persigue,
que vine con mi misma bandera desde lejos
con los colores de la muerte y de la lucha,
olores del olvido, para seguir viviendo.
Es solo la voz de la que fuera mi existencia,
contemplando las huellas de otros pies descalzos,
en las arenas negras de la playa de petroleo,
la voz de los hiperbólicos, grabada en una piedra,
un granito que existía antes que nuestra hipocresia,
antes que la misma tierra, la misma playa negra
que guarda las huellas casi borroneadas,
de la odisea antigua de nuestras desventuras.

Todo empezo con la palabra,
se lleno de voces el espacio,
el álamo se diferencio del pino,
nos golpeamos mil veces en la misma piedra,
fuímos mas buenos contemplando la luna,
y le robamos la geometría a la galaxia.
Inventamos las profesiones y los dedos,
el cero para ponerle límite al espacio,
el tiempo, para controlar tu nacimiento,
las ganas de volar, para ver la libertad de lejos,
el amor a los otros, para esconder mis miedos
y la muerte , para inventar olvidos.
Ya no quiero que se entiendan mis fonemas,
las voces hueras que a olvidar invocan,
la fiera feroz que atormenta nuestra instinto,
lo que nos reservamos del defalco de los otros.
Bosques de rocas de la tierra,
madre mayor de los guigarros,
memoria geológica del todo,
no inmoles en tu textura ruda,
al bípedo feroz que te comtempla.

Héctor Díaz

15 de Abril de 2010

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