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Nacimiento y muerte

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(Visita también: Héctor Díaz )

Extensa dimensión del pensamiento,
el hombre y su tiempo,
tiempo del hombre y su poesía,
la poesía del tiempo,
y todos los tiempos,
que son los ecos de la poesía del hombre.

Borroneo, para saber quien soy,
indago en el fonema inicial,
la tierra parida por la galaxia,
la soledad primaria,
escondida detrás de la espera,
en el tiempo que no existían las palabras,
el barro y las gotitas de lluvia,
se amaron, para crear la vida.

Inmenso epitelio, de rocas y silencios,
horizontes quebrados, fuegos alucinados
noches de miedo, el sol inaugurando a dios
el alma del mar, con su canto mitológico
esperando la vida de los pies,
y las huellas de nuestros corazones.

Alguna vez vinieron los caminos,
cantos rodados,
la rueda, el fuego, la mirada furtiva
el llanto del niño, la lluvia, la primavera,
el sueño.
Apareció la palabra, en busca de nosotros,
inmensa aventura que inventamos,
fuimos instrumentos de los fonemas,
hicimos sonar nuestras gargantas,
llorando de amor en la rivera
de algún río que reflejaba luna nueva.

Esculpimos nuestra soledad en las paredes,
que nos expulsó del centro de la tierrra,
escribimos en las texturas duras de la piedra,
nuestra soledad convertida en impotencia,
“ Aquí te amé, bien lo recuerdo”
porque sino, no hubiera existido mi existencia.

Te amé, y te amo todavía y te amaré después de muerto,
tú eres el recorrido eterno de ese cosmo,
el cuento de terror en la vigilia,
el libro aquel del cuento de los cuentos,
el duraznero en flor, reventando en verano
la brisa con aliento a salitre, del mar de los albatros
las palmeras en fila marcando en el camino,
del aéreo espacio, las huellas de los vientos.

No somos más que la continuidad,
lo que diga de tí, lo diré de mí,
tu noche es mi silencio, tu dolor,
mi angustia.
Escribo, para saber quien soy
pinto para saber quien eres,
te busco para reconstruir la memoria
del tenue arcoiris después de la lluvia.

Cuando mis sorprendidos ojos abiertos,
dejaron la soledad de los senderos,
descubrí tu mítica mirada,
el tenue fuego de tu noche,
la inagotable sed que va contigo,
el amor que sigue siendo tan posible.

No somos más que una guitarra,
una caparazón para arrancarle el alma,
las cuerdas van templadas o disonantes,
las notas acercan nuestras ansias,
y se juntan el volcán, la lava y la mañana.

Ahora queda el silbar de una torcaza;
no es poca cosa la continuidad de la esperanza,
no somos más que el milagro de un momento,
ahí, donde se juntan, la muerte irracional,
la vida, va creando el nacimiento.

Héctor Díaz
2009-10-16

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