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Adolescencia ahumada

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(Visita también Azkintuwe. Periódico Mapuche)


La lluvia cae a torrentes en este día de verano escandinavo. Al menos no llueven bombas! pienso para consolarme, pero ni siquiera eso ni las pastillitas antidepresivas que consumo por recomendación de mi plancha cerebros, logra mitigar la angustia que poco a poco comienza a recorrer mi alma, ahumandola de desgáno.

Me acuerdo del sur chileno, y la maldición de los diluvios que se dejaban caér sobre los techos agujereados de casas pobres llenas de humo de braseros con carbón, que calentaban sus interiores, secaban ropas lavadas a mano, y hacian hervir teteras cubiertas de hollín, esa sustancia crasa y negra, que el humo depositaba en la superficie de cuerpos, ropas, techos y utencilios.

El olor de esos interiores quedó para siempre grabado en la memoria de mi olfato: combinación fantástica de ponchos húmedos, gases de carbón cenicientos, tazas de té humeante y tortillas a las brasas que se cocinaban entre la leña o carbón encendidos, rojos por total incandescencia, el descuido o la indiferencia de su amos.

En estos días de diluvio universal, me acuerdo de mi juventud en Temuco. La nostalgia no me permite sino imitar comportamientos ancestrales de esa zona arrebatada por la fuerza arrogante del conquistador analfabeto a mis hermanos mapuches, y con la mirada perdida en algun punto del horizonte, esperar ver algúna pequeña apertura en el cielo oscuro y gris que permita a los rayos solares entrar de nuevo en nuestras vidas, para formar alguna imagen luminosa en este universo desesperádo de sombras y agua.

La pequeña inundación que se acumula a la entrada de mi casa ya no me importa. Solo quisiera meterme entre las sábanas sin planchar de mi cama, para esperar asi como la vida espera la muerte, que a la lluvia se la lleve el viento a otros lares en donde es más necesaria. Porqué no a Africa, continente azotado por sequias permanentes? pienso con ingenuidad. O será tal vez, que toda la riqueza del mundo - inclusive el superhábit del agua – a sido arrebatado con soberbia y petulancia por el norte de Europa?

Nadie responde a mi calláda pregunta. Y lo único que percibo, es el sonido de las cristalinas gotas de las lágrimas que la madre Naturaleza deja caer sobre nuestro presente, desesperanzado y triste.

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