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Imprevistos

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Su guia e intérprete se encontraba a unos cuantos metros de él.

La vegetación de la zona del Pantanal, cercana al Río Paraguay, justo en la frontera entre Bolivia y Brasil, era espesa y verde. Parecia una pared impenetrable y no podia imaginar que dentro de la misma, existiese una riquisima vida que habia sobrevivido el paso del Hombre por miles y miles de años. Y que todo seguia un armónico equilibrio sin preocuparse de los ultimos productos desarrollados por la Microsoft, ni tampoco del código Morse como medio de comunicación pasado de moda.

Los indios amazonicos estaban a unos veinte metros de ellos y los observaban con curiosidad. Su intérprete levantó una mano en señal de amistad y dijo algo en un idioma totalmente incomprensible para él. El grupo de indios se removió inquieto mientras murmuraban algo.”Qué les dijistes?”, preguntó el turista y agregó rápidamente, “Son canibales?”

“Cual pregunta quieres que responda primero?”, contestó el guia. “Hazlo en el mismo orden que las hice”, le dijo y aplastó con fuerza un mosquito que habia aterrizado sobre un de sus brazos para disfrutar de sangre importada.

“Les dije que eres turista, y que yo soy tu guia. Les dije además que la carne extanjera es de mejor calidad. Y si! Son canibales.”

“No te hagas el gracioso!”, contestó el turista, y pensó que si no moria de malaria, con toda seguridad seria devorado por un caimán, o engullido por una anaconda. O tal vez seria el ingrediente principal de la cena que los indigenas amazonicos ya estaban preparando, al observarlos desde veinte metros. Más o menos.

El guia se acercó unos cuantos pasos hacia los indios, y estos retrocedieron la misma cantidad. Uno, dos, tres hacia adelánte. Uno, dos, tres hacia atrás. ”Qué pretendes hacer!?”, le dijo el turista espantádo. ”Quiero observar sus reacciones”, contestó el guia con calma. “Observar sus reacciones!!!? Pero, es que te has vuelto loco!?”, le dijo e intinstivamente retrocedió los mismos pasos que habia adelantado su guia.

La distancia entre él y los indios amazonicos se hizo unos cuantos metros más grande, y eso  algo lo alivió. Y de un terrible manotazo, apagó la vida de otro mosquito que se habia parado sobre su cuello, el cual como vampiro tropical, le succionó algo de la sangre que corria por su yugular.

Un nuevo movimiento se produjo entre los indigenas amazonicos, y uno de ellos gritó algo apuntándolos con un dedo.

“Qué dicen?”, dijo el turista, y mató a otro mosquito que esta vez habia dado por pararse en su frente.  “Preguntan si tenemos pan”, dijo el guia. “Pan!?”, respondió el turista algo ofuscado y agregó con sarcásmo, ”Y porqué no les preguntas si quieren huevos con tocino!”

“Preguntaselo tú”, le dijo el guia y se fue a buscar un poco de agua a Corumbá.

  

Pero el tiempo siguió sin vida ya que los relojes alli no existían, y el manejo de los días se lo dejaron al sol y a la luna, puesto que los calendarios aun no habian sido descubiertos en ese perdido pedazo del planeta Tierra.

  

El período de lluvias hizo su entrada alli también y las inundaciones se sucedieron unas tras otras, pero a nadie le importó mucho. Salvo al turista que después de unos días de descanso en la piragua que los trasladaba por el Río Paraguay, murió de forma inesperada. Y paradojalmente, no murió ni triturado por el inmenso hocico de un caimán, ni tampoco fue digerido por una anaconda, ni menos aun fue cocinado en un ollón de canibales, como el suponia.

  

Murió de fiebre dengue, cauzada por picadas de mosquitos de la zona del Pantanal, cercana al Río Paraguay, justo en la frontera entre Bolivia y Brasil.

 

Obrigado!


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