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La máscara de la rutina

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Estoy sentado frente a mi computador sin saber a ciencia cierta, cual es próximo paso a seguir. El teclado me contempla esperando ser aporreado por las yemas de mis dedos, mientras la pantalla espera reproducir los jeroglificos que le envio. Pero todo esta silente. Incluso la parte de mi cerebro que sincroniza los pensamientos, me envia señales no difíciles de entender. The brain are going to sleep, aparece en el display ubicado en mi lóbulo frontal y mi craneo queda más negro que noche de invierno sin luna.

Gotas de lluvia se deslizan como lágrimas sobre los enormes cristales del ventanal del living de la casa que habito, recordandome que el verano se acabó, y mis vacaciones también. 

Y como ciudadano conciente y responsable de sus obligaciones laborales, deberé presentarme mañana a mi lugar de trabájo, con una sonrisa en mis labios (algo forzada, eso si!), bien peinado, afeitadito y  decentemente vestido (es decir, sin mi amada camiseta negra desmangada, que me acompaño gran parte del mezquino verano escandinavo) para derrochando energias que en estos instántes no las encuentro por ningun lado, demostrar que estoy dispuesto a meterle el diente sin chistar, a otro año más en el curriculum vitae de mi existencia en la Tierra. 

Es la misma sensación que me ha perseguido toda la vida, y que apareció como corcel desbocado de figuras siniestras la primera noche de insomnio de mi vida, cuando como alumno interno del maldito colegio católico que torturó mi niñez durante más de cinco años, desveló mis sueños de infante ingenuo, pensando que el día Lunes tendria que volver a ese lugar con olor a incienso de actividades medievales inquisitorias. 

Hoy día todo se repite,  y aunque ya no hay fanáticos católicos que me esperan con un palmetazo en mis mejillas de niño, para demostrarme que a dios hay que temerle! Y que el olor que engloba mi presencia en mi trabajo es de sustancias desinfectántes, sangre y putrefacción, constato que la cicatriz en mi memoria producto de la terrible herida en mi alma que dejaron esos monjes satánicos, no se ha cerrado aun.   

Pero como dicen que a mal tiempo buena cara, plancharé mi ropa de trabajo, cepillaré mis dientes con algo más entusiasmo que lo habitual (es decir, más de un par de veces por semána) y poniendome la máscara de mi profesionalidad, saldré a tomar el tren de las 11.42 que me renitegrará a la pesadez de un rutina sin mucho sentido. 

Viva la vida mierda!



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