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Trilogías e introspecciones absurdas

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Lo único que necesito para ser feliz es tener sexo con una mujer joven, tener un trabajo bien remunerado y un departamento propio, me dijo Pelle cuando me lo encontré consolando a Dirce, por la perdida de su maldito chihuahua. Y entre fábulas y recuerdos del animalejo en cuestión, nos trasladábamos de un lado a otro, por las orillas del Báltico (¿o seria el Mälaren?) en Estocolmo, la supuesta capital de Escandinavia que tanto noruegos y daneses, desconocen como tal.

¿Porqué no Oslo?, dicen los noruegos sobre sus esquís milenarios. Y ¿porqué no Copenhague?, se preguntan los daneses, entre sorbo y sorbo de una fría Carlsberg en la decadente Kristiania.

Y antes que Dirce abriera su boca para comentar la afirmación de Pelle, le dije “Muchacho! Yo me conformo con el departamento propio!”. Pero claro, al cabo de algunos segundos se demostraría que esa afirmación había sido un craso error. ¿Tienes acaso un trabajo bien remunerado?  Me dijo Dirce con ironía y agregó clavando su fría mirada en mis ojos temerosos y resbaladizos, como jabón recién usado por manos de minero sucio. ¿Y acaso tienes sexo con una mujer joven, ¡a mis espaldas!?

¡La mujer joven eres tu! Le dije para calmar la furia que ya veía nacer en su cuerpo y en su mente. Es decir, es así como me defines: ¡como una mujer  joven con la cual tienes sexo!? ¿Es eso lo único que significo para ti!? Gritó su pregunta irracional y lógica, y por unos momentos mi mente se vació de pensamientos. ¡No, no, no! No es eso lo que quise decir! me apresuré a contestar y sin saber porqué, se me apareció la figurilla de playboy patético del presidente francés. Y la de il Padrino neoliberal y corrupto del presidente italiano también. Algo me susurró Frank Zappa al oído, y una tonadilla estúpida comenzó a galopar en mi cerebro:

Sarkozón, el gran cabrón

y Berlusconi, el maffiotoni,

ponen trampas

a la entrada de la Europa,

para detener hordas gitanas,

latinoamericanas y africanas.

Y  Dinamarca hace lo mismo.

Y Suecia aprueba sin chistar.

 

Sarkozón, el gran cabrón

Y Berlusconi, el maffiotoni…

“No te interesa nada más de mi!?” Interrumpió mi nueva creación musical, la furiosa voz de Dirce, y dando un giro brusco desapareció rápidamente de ese instante fatal. Time to say good bye, me aconsejó Andreas Bocelli desde su ceguera luminosa, y “¡Ja, ja, ja!” rió Pelle y sentí ganas de romperle la nariz. Y su risa me trajo recuerdos de la primera vez que conocí a la abuela de Dirce, cuando reunidos alrededor de un plato de sopa, yo narraba una experiencia ecuestre a los amigos europeos y de África del Norte, de mi amada.

Y cuando me subí al potro, galopó y galopó hasta que los dientes le rechinaron y babas blancas, espumantes y espesas le chorrearon por el hocico, sin que yo lo pudiese detener. La distancia entre el horizonte más cercano y nuestras sombras sin sol se reducia cada vez más, y de la misma manera como yo lo hacia, el rocín agitado también respiraba bocanadas desesperadas de aire envuelto en tierra, pasto y piedras que se elevaban a nuestro alrededor, arrancadas por sus pezuñas embadurnadas en herraduras insolentes, con que sus amos lo habían calzado. Y tanto yo como el rebelde alazán, pensamos en otras cosas más agradables, que una catástrofe personal.

Tiré las riendas con toda la fuerza que tenia, pero la bestia siguió galopando de manera desbocada.  Je, je, je!, carcajeó la vejeta sentada al frente mío y me miró con sus ojos agudos y penetrantes, cual lechuza en noche de invierno crudo. ¿Y de qué te ríes, vieja de mierda!? me dieron ganas de decirle pero callé la boca, pues esta no era mi noche sino la de los búhos.

Y cuando ya cansado, el animal se puso a corcovear en círculos cortos a su alrededor, pensé en mi desesperación que lo mejor era abandonar el buque que se hundía, y me dejé caer sobre la tierra dura. ¡Je, je, je!, siguió riendo la maldita bruja y ahora sin mirarme a los ojos, se puso a ventilar suspiros asquerosos con sus garras de buitre en extinción.

Dirce le sirvió amablemente un plato de sopa ardiente, que depositó suavemente al frente de la repelente anciana. A ella le gusta así, me dijo y amarró una servilleta en el cuello flácido de la bruja que, levantando sus ojos como pasas enlutadas, los clavó en mi mirada confundida. Y como un depredador que huele la adrenalina del miedo, se dio cuenta de mi intranquilidad y ¡Je, je, je! resonó en ese espacio creado por un ser humano y un monstruo, el tono de su rictus repulsivo.

Pero a pesar de la repugnancia que me provocaba su presencia, había algo en ella que no podía explicar con argumentos sensatos. ¿Seria su mirada? ¿O serian sus agarrotadas manos? ¿O sus gruesas cejas? ¿O su manera de sentarse? No lo podría decir con exactitud, pero había algo en su apariencia nauseabunda, que me hacía encontrarle un parecido con Dirce, su nieta menor. El amor de mi vida.

La noche anterior habíamos tenido un fuerte altercado que había terminado con la presencia de Pelle como mediador  el cual – ¡por supuesto! – había proyectado toda la enemistad que sentía contra Dirce, tomando su partido en mi contra. Freud habría podido usar tu comportamiento como ejemplo de la reacción sicológica, le dije.

Pero me consolé cuando vi que el gato leía el diario mientras yo, sin entusiasmo exagerado comencé  a lavar los platos de la cena y del desayuno de la semana pasada.

¿Porqué no se podrá vivir en paz? me pregunté con algo de desconsuelo, y concluí con aires de filósofo de a diez por centavo, que en nombre de la tolerancia, tenemos que tolerar a los intolerantes, pero que si lo hacemos, estamos también cayendo en su juego intransigente. ¡Vaya lío!

 

Dejemos entonces que los jóvenes indignados españoles salgan victoriosos del Kilometro Cero, desde la Puerta del Sol en Madrid, y que sigan avanzando por toda la península ibérica. Que sigan arrestando a los presidentes del fatídico Fondo Monetario Internacional, por cualquier crimen que cometan. De lesa humanidad o no. Que a los que expresen su “simpatía” por Hitler los sigan declarando persona non grata. En Cannes o en cualquier otro lado del mundo. Que las protestas en Chile, aniquilen de una vez para todas al pinochetismo y todas sus expresiones contemporáneas. Que los yanquis se extingan y los sionistas también, que yo me encargaré que las trilogías quiméricas se hagan realidad. Al menos para mi.

 

Guillermo Ortiz-Venegas ®

guillermo_suecia@hotmail.com

 

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