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El LOCO JORGE

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Es la historia de nuestro pasado la que reaparece cuando alguien se nos va. Hay amores que todavía me duelen, sueños que irán más lejos que mi propia muerte, como si fuéramos un eslabón más de la gran cadena que es la humanidad.  Nuestra insignificante historia, no cuantificable e inesperadamente ingenua es también una parte, un pedacito del mundo de los otros. Estas raíces que nos pesan, son un trasplante, donde algunos prendimos con más suerte en estas tierras que nos protegieron, regadas por muchos lagos y cubierta por el bosque boreal. Emigrar es una aventura, una lucha contra reloj, un mundo fascinante que nosotros tuvimos que recorrer. Se podría decir que fuimos los primeros uruguayos que descubrimos la Península Escandinava. Al mismo tiempo supimos de otras muchas migraciones, chilenos, bolivianos, todo un mosaico latinoamericano y del oriente medio , de los países bálticos, de Rumania, de Africa etc,  que nos permitió compararnos. Compararnos es un consuelo, aprender a mal aceptar nuestra realidad y esto se acentuó más cuando nuestros hijos tuvieron hijos y quedamos atados a la tierra que, sin asombro, nos vio descender por la escalerilla de un avión intercontinental en los albores del año 1975. Los fantasmas del pasado siguen estando,  pero con otra energía, de otra manera.  Y cuando un compañero de ruta se nos va repasamos esa historia de nombres y de hechos que nos tocó vivir.  Le tocó el turno a Jorge  Vieites y los recuerdos se agolpan y naufragan en esa interrogante. De común tenemos la historia del exilio, la desesperación de haber tenido que aprenderlo todo de nuevo, de hacernos un lugar, de bajar nuestras revoluciones de orientalismo levantisco y procurar adaptarnos a la sobria forma organizativa de una sociedad nórdica. Y pensamos en el inexorable pasaje del tiempo, en el sufrimiento sin peso y medida de otros semiadaptados, inadaptados, cuasi-adaptados de nuestra migración y de las otras muchas que la humanidad de continuo padece, y no tenemos ni aproximadamente idea o medida del peso o el tamaño del dolor universal.   

El “Loco  Jorge”, como algunos llegamos a conocerle, tenía un comportamiento un tanto desordenado. Nos encontramos  en el campamento de Moheda cuando recién abandonábamos los miedos rioplatenses. Frente a lo inesperado de la geografía, la forma de resolver de la gente, el idioma, la comida y hasta formas de relación diferentes , cada uno encontró su forma de  “ integrarse“. Las respuestas fueron múltiples, y cada uno ofreció lo que traía en su acervo personal. Algunos con la ventaja que ofrece ser joven, o la ventaja de aprender idioma rápidamente, otros con sus posiciones tomadas desde su extracción de clase social, otros con la veteranía que da ser mayor, o intentando formar ghetto, o como en el caso de Jorge, una aptitud de “ loco solitario”, lobo estepario que le permitía contemplar la existencia, sin molestar. Cuando la gran mayoría procuraba aprender idioma, retomar una profesión, descubrir la sociedad, y aterrizar lo mejor posible en este inesperado mundo nuevo el “ loco  Jorge” se consiguió un perro, (el Gaucho) un compañero de andanzas, una forma de ser a la uruguaya, completando esta idiosincrasia con un “puchito” hecho siempre de tabaco comprado en paquete, con la inconfundible hojilla para armarlo y la ceremoniosa aptitud como para darle un verdadero valor a su tiempo. En su bohemia veía el mundo hecho de las pequeñas cosas.  Una mezcla de bohemia tupamara,  más predispuesta a la reflexión y la lectura que a un apologismo guerrillerista. Leía sistemáticamente toda la bibliografía del pensamiento socialista de la época, con un caudal de autocrítica que le permitía estar fuera de marcos ortodoxos. Esta actitud le permitía acercarse a los “ desprolijos” de la colonia, a los cuales nunca abandonó y con los cuales siempre tuvo relaciones fraternales.

Pasaron los años y pasaron de largo también muchos compañeros y muchos nombres. Dejamos de frecuentarnos y reaparecimos en una especie de experiencia común en una escuela en desuso en el barrio de Sätra, periferia de la ciudad de Estocolmo. Fue un tiempo lindo donde se hizo pintura, fotografía, carpintería y donde se soñaba crecer desde ahí a un proyecto social distinto  que nos permitiese sentirnos humanamente mejor.  Jorge siempre estaba en la vuelta, con un libro, con un mate, con una frase oportuna, con la idea que es posible un mundo distinto si el hombre llega al convencimiento de que se puede.

Con la reinstauración del proceso democrático en Latinoamérica volvieron muchos compañeros. Muchos se fueron,  dejando sus hijos grandes en estos lares. Otros fueron y vinieron, de alguna forma los vínculos se debilitaron, nos fuimos haciendo más viejos, le dedicamos más tiempo a nuestros nietos y soñamos con dejarle cambiar el mundo a ellos. Cuando sonó el teléfono con la mala-nueva del fallecimiento del amigo, se agolparon los recuerdos, diríamos recientes y nos sorprendió el rápido pasaje del tiempo. Son muchos los compañeros que se han muerto durante estos años, se que vivirán mientras algunos de nosotros los vayamos sobreviviendo, después seremos parte de un largo y necesario olvido para que los que vengan detrás sean más libres y menos faraónicos.

La muerte sigue siendo una incógnita, en el caso del compañero  “Loco  Jorge”, lo saludamos con un: Gracias por haber vivido y alegrado nuestro tiempo.

Héctor y Martha

hectordiaz2000@hotmail.com 

2011-02-02

Miércoles, 02 de Febrero de 2011 17:48. Guillermo Ortiz-Venegas Ver como artículo separado. Héctor Díaz

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