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Evocaciones non gratas

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“Por fin tuve noticias de Carmelo!” me dijo Pelle cuando lo encontré a la salida del Lidl, uno de los supermercados más baratos de la Europa global e hipócrita, en donde compro lo mínimo necesario para subsistir en el reino de juguete sueco. Porque el consumismo ya me tiene hasta más arriba de los pelos que me están saliendo en las orejas! le contesté.

“Carmelo! Te estoy hablando de Carmelo!” me objetó irritado, y agregó en falsete atragantándose en su propia cólera:

“Porque, no me digas que no te acuerdas de Carmelo! Era ese al que le gustaban las tiras de asado, el dulce de leche, los chivitos, el clericó y un mate bien cargado antes de seguir su paso por la vida. Y que le deleitaba poner barras de jabón nuevo en el baño de sus amantes, para que oliesen bien.”

Te acordás cuando vegetamos en el hotel ese, que quedaba en la esquina de la avenida Córdoba y  la calle Bulnes, al sur de la capital federal? Y que a mi me gustaba tu compañera, y ti la mía? Y que yo le gustaba a tu mujer y a la mía, le gustabas vos? Te acordás? Que yo te dije que cambiásemos de camas y vos me diste una disertación sobre la moral de un buen revolucionario, cuando yo y vos sabíamos que mi compañera quería tirarse bajo tu cuerpo en cualquier catre, y que la tuya quería acurrucarse bajo el mío, en cualquier rincón del hotel donde vivíamos. Te acordás?

“Y que supiste de él?” le pregunté con poco interés. “Que lo encontraron en Chile.” Me dijo Pelle. “Vive allá?” Le pregunté ahora con verdadera curiosidad. Así como el adolescente que arde por saber si su amor es correspondido  por la chiquilla de turno, de la cual está locamente enamorado. Y a la cual asegura en apasionados recados de amor, que nunca más amará a nadie así como la adora a ella.

Lo encontraron enterrado en el patio trasero del prostíbulo de Mahadoony en el barrio de La Plateada, el barrio ese de criminales y prostitutas en donde el menos macho escupía a dos metros por el colmillo, y atravesaba de ombligo a cerviz a cualquiera que lo mirara de reojo, con un punzón oxidado, mientras bailaba charleston con los aparecidos, al ritmo del new vaudeville band .

Y de su presencia amena solo quedaban unos cuantos huesos y algo de ropa deshecha. Y todos mis amigos revolucionarios de ayer son hoy día directores de empresas, senadores fofos o ladrones de alta categoría. Je, je, je! rio y no supe si lo hacia por burlarse de su situación tan peculiar o de sus ex – amigos. Mas ahora comprendo el contenido de su mirada irónica, cuando me regaló una barra de jabón nuevo, para que la pusiera en el baño de la habitación del hotel que yo habitaba, a un piso de distancia de donde vivía el con Ana, su compañera de entonces, y mi amante disfrazada de amiga a la cual seducía un día y maldecía al día siguiente, cuando di por pasar por Baires a comienzos de la década de los setenta. Y ella se dejaba odiar y amar al mismo tiempo, pues sabia que mi hostilidad era más corta que mi pasión por ella.

“Pero, porqué se fue a Chile?”, le pregunté a Pelle con el mismo asombro del asalariado pobre que descubre un billete de cien morlacos en un bolsillo perdido de fin de mes. “Tal vez a recorrer los caminos que tú nunca recorriste, pero que con mucha certeza y convencimiento le describías cada vez que le contabas tus vivencias en ese país largo y tendido al lado del Pacifico.” Me contestó con una mezcla de pesadumbre y reproche, en el tono de su chillido de pajarraco afónico. “Pero, en La Plateada yo nunca estuve!” le dije con algo de molestia, pues deduje que de algo me culpaba. Para inmediatamente agregar con énfasis de triunfo en mi voz: “Porque La Plateada nunca existió!”

Pelle acentuó su mirada y clavando sus pupilas cansadas en las mías, sentenció con la misma sabiduría de un juez que tiene una carta de triunfo en su manga: “Fue justamente por eso que lo encontraron allí…” y dejo su frase victoriosa vibrando en el aire, como tormenta eléctrica acumulando rayos en la oscuridad de un cielo de verano escandinavo.

Y donde habrás dejado tus penas, Carmelo? En la patria de los charrúas o en la de los mapuches? O a lo mejor se te quedaron entre ambas, en la tierra de los che. Cavilé mientras Freud hacia funcionar los mecanismos de autodefensa de mi cerebro, cerrando mi meollo a evocaciones incómodas, de persona non grata en la vida de otra.

Guillermo Ortiz-Venegas ®

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