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Historia de una dama distinguida

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(Visita también: Palestina)

Mi suegra es una distinguída dama de la clase media alta sueca. Es delgáda, muy erguida, más no muy alta. Va ya por los 70 otoños y hasta hace poco se teñía el pelo con tintes rojos; tenues y muy discretos. Pero con el corrér del tiempo no tuvo más que aceptar sus años viejos y también el color blanquecino de su cabello, que hoy día cubre parte de su confundida testa.
Resultado de la unión entre una mujer de ideas conservadoras, su madre, y un activo miembro del ex-partido comunista sueco, su padre, se situó al medio de esa antinomia familiar, y para no tener que tomar parte ni por uno ni por otro, optó por lo más sano: ser socialdemócrata. Pero no solamente porque eso curaba el mal de amores, según la mitología escandinava de esos tiempos, sino – y sobretodo! - porque eso le ha permitido ser normal, en tiempos en que la normalidad es una cuestión de balance armónico de brisas que soplan de diestra a siniestra, de infierno a cielo o de bienes privados a fondos sociales. Vaivén en el cual las ideas libertarias del anarquismo ideológico, estan excluidas.
Conoció a su actuál esposo, mi suegro, - sánto caballero! - por allá por los comienzos de los años cincuenta, cuándo yo recién dejába las entrañas tibias de mi madre a miles y miles de kilómetros de distancia de la juvenil y despreocupáda vida de mi futura suegra.

A la sazón, trabajaba como camarera en el único hotel que existía en esa pequeña ciudad del sur sueco en dónde nació y mi suegro - que los dioses se apiáden de él! - era en ese entonces baterista de una flamante banda de jazz, que intentába hacerse un espacio en el mundo musical de la época a punta de trompetazos, bombos y platillos. Nunca tuvieron el éxito deseádo, pero a él le sirvió para entablar relaciones amorosas con mi futura suegra, - maldita suerte la que tuvo! - cuando fueron a dar con bártulos y maletas al hotel aquél, de pueblo chico y perdido del mapa sueco.

Se iban a presentár en la Casa de la Cultura de la ciudad y el revuélo fue total. No muchas veces tenían los habitántes de esa ciudad de juguete, el privilegio de ser visitados por una banda de jazz verdadera, que tocába su música in live. Lo cierto es que se conocieron, se enamoráron y se casaron. Y de su matrimonio nacieron dos hijas mellizas, una de las cuáles es mi esposa actuál.

Tán traumatizada quedó la distinguida dama, que después de parir dos bebés en vez de uno - como era lo normal - decidió esterilizárse a través de operación efectiva, para no correr nunca más el riesgo de contribuir en forma involuntaria a la explosión demográfica no planificada. Cosa primitiva, subdesarrolláda y muy poco sueca.

De ideas fijas y muy poco flexible en sus superficiales opiniones, tuvo mi suegra la suerte de pertenecer a la así llamáda "generación de los cuarenta", que ha sido la que más se ha beneficiado con la política de bienestar sueca. Conglomerado de medidas y resoluciones que apuntan al resguardo y la seguridad económica y social de todos los ciudadanos de este país, y que la derecha actuál está hoy día empecinada en destrozar. Pero las mascadas que le pegó esa generación a torta tan apetitosa, nos han dejado casi sin migas que degustar de ese solidario intento por lograr una sociedad medianamente igualitaria, dentro de los márgenes que impone el capitalismo salváje y despiadado.

Gracias entonces a una combinación de factores y circunstancias económicas que se dieron lugar en la nación escandinava sueca de la década de los cincuenta, logró mi suegra situárse en la posición económico-social que actualmente osténta. Nunca terminó sus estudios medios, mas nunca tuvo dificultádes para conseguirse trabájos decéntes y hasta de cierto estátus social. Eran otros tiempos aquéllos!

Por esos decenios, y como consecuencia directa de su posición como “nación neutra” durante la Seguna Guerra Mundial, Suecia comenzaba lenta pero segura a erguirse como una potencia económica europea, con un gran desarróllo en el ámbito social que llegó incluso a crear entre algunos ingenuos, la ilusión de que en Suecia estaba naciendo un “socialismo democrático, humanista y no dictatorial”. sentándo de esa manera las bases que servirían de apoyo al postulado ideológico de las ventajas de una economia mixta. Es decir; ni capitalismo salvaje, ni socialismo auténtico sino una combinación muy sueca del balance armónico al cual me referia más arriba.
El rapidísimo desarrollo de la industria sueca necesitó entonces de obreros que su propia población no podia ofrecer para palear la urgente necesidad de mano de obra calificada, que fue requerida de la ex-Yugoeslavia, Italia y en menor grado, también desde España. Y la primera gran ola de inmigrantes económicos llegó a principios de la década de los sesenta, los cuales se vieron en la disyuntiva de optar entre vender su fuerza de trabajo en el lejano reino sueco, o transformarse en parias en sus respectivos países.

El capitalismo de la post-guerra se desinterersó de la suerte que corrieron millónes y millónes de sus hijos que sacrificaron sus vidas, por eliberar a Europa de las garras del fascismo de Mussolini y del nazismo de Hitler. Y los envió a la diáspora que les ofreció su mano de obra barata y famélica de enorme ejército de desocupados desesperádos.

Y mientras los puestos de trabajos en las fábricas suecas eran ocupados por mano de obra extranjera, se sentaba mi suegra en la blanda silla burocrática que le ofreció el naciente estado de bienestar sueco, y que ya no abandonaría sino hasta el día de su jubilación.
Mas cuando ella se pensionó a comienzos del siglo XXI, ya nadie más pudo ocupar su sillón de derechos inapelables, puesto que ese dejó de existir. Algo asi como la bocanada que da un tiburón hambriento de eructos malolientes, cuando tritura sin dificultades a su presa indefensa.

Y esa distinguida dama de confecciones caras, de gustos adquiridos y de gran casa en un barrio residencial e idílico en Estocolmo que es mi suegra, tuvo suerte. Nada más que eso. Pues de talénto, empuje, energía o solaridad. De tolerancia, comprensión o besos y abrazos espontáneos, muy poco!
Lo lamento por mi suegro - que el paraíso le tenga reservádo un buen lugar! - que duránte más de cuarenta años ha llevádo esa cruz a cuestas sin chistar, condenado para siempre a las dolorosas llámas de su sufrimiento terrenal.

Pero, para qué dárle más vueltas a éste asunto. La generación de mis suegra va en extinción y la de mi suegro también. Lo siento por él! Pero si hay algo que lamentar en forma colectiva, es que ni yo ni mis coexistentes, estámos ni siquiera a un kilómetro de distancia de la puerta de entrada de la mundialmente conocida sociedad de bienestar sueca, porque esta se cerró para siempre.

Qué tenemos mucho de lo cuál enorgullecernos? Sin duda! Aún es gratis la atención médica y dental para los niños hasta los dieciocho años, y también para los ancianos. Los estudiantes de la enseñanza básica y media reciben almuerzo gratis, no usan uniformes, fuman donde quieren y tienen calefacción central en sus salas de clases. Contamos con contribución estatal para el pago de alquileres, el derecho a voto aun no se ha privatizado, y el estanco estatal de bebidas alcohólicas está abierto de Lunes a Sábado, lo cual prolonga el estado de euforia artificial que provoca la ingerencia de infusiónes espiritosas en todos y cada uno de los reales súbditos del reino de juguete sueco. La asignación familiar por cada hijo es una de las más altas del mundo, (un poco más de cien dólares por més) y sin uno u otro de estos beneficios económicos, estaríamos sin duda alguna, igual que la gran mayoría del resto del mundo, es decir, sumidos en la ruina económica y social más absoluta.

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