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PUNTERO DERECHO

Desde estos lejanos, y no del todo cálidos lares, se os saluda. Puesto que nuestra temporalidad es un ciclo del cual no podemos escapar, vivamos lo que nos queda, con la alegría que deparan los buenos momentos. Y entre los buenos momentos están los buenos recuerdos. Y estos lamentablemente tampoco los podemos elegir. Se hacen solos, condicionados por las vivencias y las olvidadas energías que le pusimos a cada intento vital. Todo esto fue en la época en que no teníamos recuerdos, por lo tanto no podría en aquellos lejanos momentos escribir lo que ahora con cachondo disfrute paso a contar.


Todo el país que uno se imaginaba, estaba impregnado por la misteriosa magia del más popular de los deportes. Los diarios ( así se le llamaban a los periódicos en aquel tiempo ), el carnaval, la escuela pública, la privada, las fábricas textiles, los barrios, los curas y los políticos vivían bajo el sedante de una Tacita del Plata con galardones olímpicos y campeonatos mundiales a cuesta. Eramos los “ vivos ” de América y del mundo. Todos los “ otros ” (el mundo ) eran macacos, japoneses, suecos o foráneas fuerzas de planetas muy alejados a nuestra futbolera galaxia.


Había espacio para el sueño, te ibas a la cama y soñabas con descubrir la “ moña ” nueva. La imparable, la inesperada para el halva (marcador de punta) que te había estudiado disimuladamente mientras que sacaba “ cuentas ” de cuántas patadas te tenía que dar antes de que te “ achicases ”. Porque antes no era como ahora que el árbitro te saca la amarilla y la roja y afuera y bailando, o pitando finito como se decía entre la gente de mal verbojear. Y tampoco es como ahora el asunto de los clubes, los jugadores eran de por vida, sudaban y jugaban por la camiseta como si fuera parte de la piel.


Era de mal gusto hacer aspavientos y revolcarse por el suelo cuando convertían. Y no era tan importante convertir, sino elaborar, pegarle en el hilo, con el efecto preciso, en función del conjunto y con la ética y estética del arte para que la simbiosis con la hinchada fuera un todo único y el tipo se volviese a la casa y le dijese a la mujer, que lo miraba con la tristeza de haber perdido la tarde :- Hoy te quiero más que nunca y nos vamos a cenar afuera. El día completo, el hincha que da y recibe, que es parte y comparte, aunque el equipo por una fallo injusto del árbitro hubiese perdido por un inmerecido uno a cero.


Pero lo más sacrificado, eran los equipos de barrio, todo a pulmon, amor al sueño, en busca de un efímero prestigio local que no iba a quedar registrado en ningún memorial de museo, y que desaparecería de la memoria colectiva cuando el tiempo borrase las generaciones protagonistas. Ahí entrábamos todos, la vieja que lavaba las camisetas, los viejos que formaban una comisión que trasladaba los visos burocráticos de sus respectivos partidos políticos a las largas secciones de como hacer finanzas para comprar camisetas nuevas con colores propios y dejar de usar esas ya usadas y gastadas que nos prestara el Millán. El sueño de una sede propia, y las discusiones entre los vecinos por adueñarse de una hipotética cantina que sería el broche de oro de lo que ya era un sueño colectivo.


Con el tiempo apareció un camionero, que a cambio de que lo pusiésemos los domingos en la reserva, nos traladaba a los distintos barrios y así fuimos conociendo junto con la pobreza del mundo obrero, los distintos potreros del entorno deportivo.


Pero a mí lo que más me preocupaba eran los halva (marcadores de punta). Mirá, los jugadores en los equipos de barrios eran eternos. Pasaban los años y seguían siendo los mismos. No te podías imaginar el Capolonio sin un número seis que le apodaban “ Bebe Magdaleno ”, un baboso, que se te pegaba en la línea como una máquina de dar patadas, escupitajos un obsceno vocabulario que recorría desde mi madre hasta la bisabuela que nunca conocí. Y todo los años era lo mismo, y vos no podías flaquear ni hacerte el gil. Como un juego a dos puntas y ya que lo conocías desde el año anterior te la pensabas de ante manos, para que en un descuido le pudieras sacar la ventaja que te dejase ganando uno a cero. Y todos los años nos decíamos lo mismo :- Bueno “ pibe ”, vamos a jugar al fútbol y que gane el mejor.
A los dos minutos de haber empezado el partido y por culpa del negro Tolumba que me pasara aquella pelota larga y precisa y yo usando el recurso de la velocidad hiciera rebotar la guinda en el palo que sirvió para que cazara el rebote de cabeza el Malevo dejándonos en provisoria ventaja, pero que también trajo aparejado la culminación de todo entendimiento y pactos de cortesías. Como que los tipos se transforman.
Mirá, ya que entramos en materia a mí siempre me pareció que los marcadores de puntas izquierdos, esos que marcaban a los punteros derechos como yo, eran siempre muchos más violentos y “ quiebra-huesos ” que los marcadores de puntas derechos. Yo, a esos siempre los ví como más técnicos, jugando más al fútbol, con menos espíritu de guerra y más sustancia para el entendimiento. Pero estas conclusiones sacadas en el campo futbolero, quizás no sean más que el reflejo del rigor que me hicieron sentir los halvas izquierdos.


Y sino acordáte de aquel marcador de punta del Sauce. Había que cruzar medio país para ir a jugar con ellos y ya llegar era como arribar a “ territorio enemigo ”, caras hostiles, miradas desconcertantes, que todavía guardaban el rencor de la vez anterior, cuando el paraguayo Abel les hiciera dos goles que le costaron tres meses de yeso en el Maciel. Aquel halva, siempre me tocaba a mí, nunca estaba enfermo, pasaban los años y el estaba mas joven y bagual. Y vos en el camión ibas deseando que le hubiera pasado algo, pero nó, llegabas ahí y te estaba esperando, agarrado al tejido, viéndote bajar como si tuviéramos una cuenta pendiente que saldar.


Y vos no podías echar para atrás, entrabas al vestuario, que era una rancho desvencijado, que parecía más una tapera que otra cosa y te ponías las tobilleras y le agregabas papel de diario abajo por que en cualquier momento te araban una pierna. Y vos entrabas y hacías que no lo mirabas, lo ignorabas por completo, pero sentías en la nuca que la mirada del tipo te hacía crecer granitos. Y ya nomás al comenzar el partido y sin tocar la pelota el tipo te encaja un codazo en las flotantes que te deja sin respiración, y vos sentís que los cuatro hinchas que vinieron en el camión te alientan y que esperan que vos no te encojas. Y cuando Tolumba que siempre apuntaba para tu lado te la larga, sentís que te hacés un nudo con el sujeto que durante los noventa minutos se reitera sin interrupciones. Y la única vez que te le escapas y se la pasaste al Cebolla que no conocía el miedo y convirtió, el halva me encajó el muñón en la nariz puesto que era manco y me dejó esta hemorragia endémica que me sigue sangrando de vez en cuando aunque ya pasaron cincuenta años.


Cuento esto porque era tal la magia que no me gustaría irme para el otro barrio y que no quedase un hilito de historia olvidada como una última esperanza de que alguien la rescate.
Y después llegamos a la sede y nos esperaba el “ Cieguito Baso ” ciego de verdad y de nacimiento, pero lo que es la intuicion del tipo, que nos contaba el partido que habíamos jugado hace un rato, con lujo de detalles y todo. Y nosotros lo cargábamos, y le decíamos :- pero Baso ¿Cómo es posible, si no viste el partido, que sepas lo que pasó? y siempre nos contestaba lo mismo :- que para saber no se precisa ver sino vivir.

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Héctor Díaz

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