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Crónica de una muerte continuada

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(Visita también: Héctor Díaz )

Esta historia es anterior al año 1973. Era un año como cualquiera de los otros. La gente se enamoraba, se alimentaba, procreaba, se suicidaba, iba a trabajar, se desilusionaba con los impuestos o la inflación, se preocupaba de sus hijos si los tenía, y sobrellevaba la tiranía del mundo diario albergando la esperanza de un mundo mejor. Los hijos ( algunos ) iban a la universidad, leían a Bertrand Russell, Camus, Sartre, y una larga lista de escritores que por lo general vegetaban fuera del bolillado oficial del férreo control que ejercía un profesorado integrado al aparato mediatizador estatal de las llamadas democracias occidentales. La esperanza siempre es mejor que el miedo, y el amor hacía imposibles, mientras los hijos de las clases altas y medias se convertían en “ terroristas “, indeseables, innombrables, conformándose en logias secretas, inventaban nombres para una posterioridad de esas que quedan no solo flotando en los aires o en “ el corre ve y dile “ de las gentes, sino que se cuelan en las hojas blancas de los imprenteros y pasan a la vida documental en formas de libros, películas u obras teatrales.


Así nos fuímos sobrellevados por el “ Cordobazo “, por la sacrificada gesta del Che en el confín boliviano, por la agradable noticia sobre el destino final de Carrero Blanco en la españa del “ generalísimo “ . Recuerdo un campesino español que vivía en mi tierra y al cual difícilmente alguna vez el entorno social le había escuchado algún monosílabo, cuando se le llenaron de lágrimas los ojos, y con su mejor sonrisa exclamó :- Todavía queda gente con cojones en mi tierra- para volver de inmediato a su mutismo de costumbre. La televisión había venido para quedarse, solamente a mi abuela Angela que escuchaba las comedias diarias, le desagradaba la pantalla con imágenes en blanco y negro. Algún vecino previsor y avispado que se había munido de la mágica caja que nos acercaba al mundo, abría la ventana que daba al jardincito delante de la casa donde el barrio se conglomeraba y observaba el regreso de Perón a la Argentina o el atentado que sufriera Kennedy en los lejanos estados Unidos de Norte América.


En aquel convulso y confuso período muchos jóvenes y algunos no tan jóvenes compatriotas“ emigrados furtivos “ se asilaban o vivían clandestinos en una nueva geografía de la cual hasta ese entonces nada o casi nada sabíamos de ella. A lo desconocido se lo desprecia por ignorancia, pero nuestros hermanas o hermanos, amigos o conocidos , compañeros de ideas o simpatizantes de esta gran aventura que es el despertar de los pueblos se iban a refugiar a este largo lagarto de cobre, capitanía de Chile que se extendía desde las frías aguas del Polo Sur, hasta el árido desierto de Atacama. Tuvimos que ir al Mapa Mundi, aprender nombres de ciudades, ir deletreando nombres de sus organizaciones obreras, de los nombres de los movimientos revolucionarios, de la marcha de la política diaria, de los cinturones industriales, del “Viva Chile, Mierda”, de los linchacos, de las canciones de Victor Jara, de Gabriela Mistral, y de la eterna pulseada del “ Chicho “.


Y después vino lo que vino, y nosotros lo vivimos intensamente porque ahí estaban nuestros hermanos y compañeros. Recuerdo unos padres que viajaron casi sin documentación y sin recursos para tratar de ver a sus hijos , y la administración del Frente Popular los habilitó, hospedándoles y facilitándole la estadía. Aquí comenzaría la crónica de esta muerte anunciada, de este parto al mito, de este silencio que hace más fuerte las palabras. Salvador Allende no es más que un nombre. Podríamos decir que es el nombre de todos los nombres, de todos los torturados, de todos los asesinados, de todos los desaparecidos y fondeados en el mar. Es la esperanza, la ausencia de miedo, parte de la voz del futuro, el orgullo de las próximas generaciones de chilenos y de los seres humanos que olfatean la libertad en la América Latina. Ahora la crónica se hace más pesada, aparece la metáfora y el mito nace para agrandarse en la medida que eso que llamamos tiempo se deslice en alguna dirección.


Muchos años después contrataron un fotógrafo, un periodista y una comitiva se dirigía algún lugar desconocido por los propios protagonistas. Habían pasado muchos años. Estábamos en un cementerio de Valparaíso. Los empledaos llegaron al fétreo,escondido debajo de una hilera larga de cajas superpuestas, un foso como para arrimarlo lo más posible al infierno, o al centro de la tierra y que el mundo ígneo devorace los restos terroristas del presidente de Chile y los chilenos por el tiempo de los tiempos. El calificativo de terrorista es enteramente mío. Los escribas nos podemos reservar el derecho de tratar de aproximarnos a la verdad por las vías del drama que creamos posible. Podemos recrear esta crónica . El féretro era de metal, oxidado, defondado y sin muchas ceremonias fueron saliendo los restos que hablaban con la elocuencia de los que supieron tomar una decisión oportuna en aquel momento en que la aviación del prusiano ejército al servicio de los intereses del pentágono hacía volar parte de la Casa de la Moneda. Ahora este Allende se nos confunde, se nos escapa de las manos, el estuvo disparando con su ametralladora contra las fuerzas armadas que traicionaban a su pueblo, al orden jurídico internacional y nacional protagonizando un golpe de estado en contra de Chile. Del único Chile posible, el del voto y la democracia. Pasó a pertenecer al bando de los perdedores y no acató el desacato de los trogloditas, entonces, se convirtió de hecho en un “ terrorista".


Pero Allende pensaba antes de que todo esto ocurriera, pensaba mientras esto ocurría y siguió pensando después de su muerte. Sabía sobre su destino y lo irreversible de su decisión. Sabía que el suicidio era la única salida posible al chantage de la insubordinación castrense. No se entregó, no les dió el gusto de una “ salida política y negociada “ , se quedó del lado de su gente, los pobres y los necesitados antes que ponerse a pensar en su mezquino pellejo.


Cayó en combate, como cualquier miliciano guerrillero que entrega la mezquindad del cuerpo al futuro del mito que se agranda con el tiempo. Ahora me pregunto si realmente murió, es como que empezamos a reconstruir su subconsciente, quién mejor que él para conocer la conspiración, la alianza de los militares, los curas y el capital. Esta alianza constante de la explotación capitalista que se manifiesta en distintas naciones con la consigna de : Patria, familia y propiedad. La lucha continúa. Lentamente la esperanza sobrellevará al miedo, y en este largo camino hacia un mundo más humano encontraremos al compañero Allende en la barricada de turno.


Héctor Díaz


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