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'Bebo agua para llenar la tripa'

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Benita Martínez, en la furgoneta donde duerme con su marido y su hijo. A. DI LOLLI

Benita, su marido y su hijo duermen en una furgoneta y comen si hay suerte

Hay noches en que Benita se mete en la furgoneta sin cenar. Rocía bien con insecticida esta suite de la pobreza llena de bichos molestones, se echa a un lado del colchón para dejar sitio a su marido y se encoge un poco porque su hijo está a punto de tumbarse a los pies de ambos. Entonces Benita se acurruca contra la ventanilla de la derecha y reza para que no llueva porque las camionetas de los pobres son un óxido de goteras, un confort de ranuras, vehículos con hielo acondicionado.

- ¿Tú pasas hambre, Benita?

Y Benita Martínez, 49 años, tres durmiendo en un furgón, enferma social y pulmonar, profesional de la chatarra, analfabeta y limpia, se queda un momento mirando al suelo mientras acaricia una escopetita de plástico rellena de bolines de anís para su nieto que ha encontrado en una bolsa de basura.

- A veces me acuesto sin cenar y el estómago hace glú, glú, glú. Bebo un poco de agua y así echo algo en la tripa. Y pienso: ’¿Mañana comeré?’. Mira, yo sé lo que es el hambre. Pero también sé que durmiendo se pasa.

Estamos en Las Barranquillas, un mundo olvidado que fue primero un país de casitas, luego se convirtió en el mayor mercado de droga de Europa y ahora es los restos de aquello, un estado fallido de chapa, ratas, barro y personas con las uñas sucias. Estamos a 20 minutos del Congreso de los Diputados, de la CEOE, de las sedes de los sindicatos, del Banco de España... Seamos demagógicos.

Benita tiene interiorizada la pobreza. Lleva tanto tiempo a ras de suelo que esa palabra ocupa su vocabulario como una invasión. «Yo antes vivía bien y ahora soy una vagabunda y tengo una historia. Todos los vagabundos tienen una historia. Lo que pasa es que no hablan. La pobreza te hace callar. Pero yo no me callo».

A su marido le dieron un dinero por la casa que tenían aquí, pero el piso de alquiler se llevó la pasta. Igual influyó el gasto de meter a cuatro hijos, dos nietos y un yerno, gente en paro que al menos duerme bajo techo. A cambio, Benita, su esposo y un hijo se vinieron al suelo.

La exclusión, la ansiedad y la enfermedad pulmonar obstructiva crónica le dieron a Benita 56 puntos en la ruleta de las pensiones no contributivas por discapacidad, un concurso que se gana con 65. Pasa palabra. Ahora ha pedido los 426 euros de la Renta Mínima de Inserción, «una ayuda que tarda en concederse un año y medio», dice Cuarto Mundo, el colectivo que ayuda a Benita y a tantasBenitas a saberse humanas.

«El cielo es mi manta», dice ella, sentada en la silla de los amaneceres. «Me levanto a las cinco de la mañana, cuando ya no aguanto el frío ni el dolor de huesos. Salgo de la furgoneta y me siento a ver amanecer».

La silla está frente a una pila de hierros, lavadoras rotas y maderas. Hay un arcón frigorífico oxidado que la familia usa como chimenea y un chamizo para huir del clima. La casa mágica, lo llama Benita. Está construido con somieres verticales y tiene un techo que se vuela con el viento. Cuando hace frío, colocan un bidón con agujeritos y leña, lo encienden y se apiñan junto a él. «Si no fuera por el humo estaríamos bien».

Por las mañanas, Benita busca en la basura de otros. Vuelve con comida, a veces envasada y a tiempo, a veces caducada, y a veces suelta. «Abrimos las botellas de leche y usamos la que no esté pasada. Cuando sólo tenemos una, nos aguantamos. Pido a la gente que no rompa los paquetes de comida que tira porque se pudre. Y huele mal». Hoy hay panceta, dos lonchas en bocata para cada uno. Benita las fríe en una cocina con campana extractora infinita: el cielo. El gas es de una bombona regalada, como la ropa, hurgada de entre las cosas que una empresa descarga a 50 metros de esta finca deLos Nadie. «Es ropa de los muertos. Yo la lavo y me la pongo».

Las horas de la pobreza duran más que las otras. Aquí no hay más entretenimiento que distraer el hambre y pensar en el dinero. En eso la pobreza es igualita que la riqueza.

Benita habla de dinero en minúscula, como si contara su vida con los euros de una mano. Un día 20, alguno menos, muchos ninguno... La chatarra. Cuando la empresa vuelca su carga, Benita se acerca a trabajar el montón. Hay muebles, neveras, lámparas, maderas... Los metales sirven de chatarra, pero muchos hay que separarlos a base de fuego.

Y entonces, al llegar la noche, Benita enciende una pira y deja que las llamas fundan lo que no le sirve y dejen libre el hierro de sus euros, el esqueleto de su abundancia.

 


77% sin empleo, 61% sin casa...

El informe de Cáritas cuenta que de los 12 millones de personas empobrecidas, el 77% sufre exclusión del empleo, el 61% exclusión de la vivienda y el 46% exclusión de la salud. El texto, muy crítico con lo hecho por los poderes públicos, pide que se revisen las políticas contra la pobreza de los últimos años y plantea «priorizar la atención a los fenómenos de exclusión y pobreza severa». «Deben ir primero los que peor están. Es una cuestión de derechos humanos porque la pobreza severa es un atentado directo a la dignidad de las personas. Y además, la expansión de estas situaciones cuestiona la sostenibilidad social».


 

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