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Segundos precipitados

Estoy buscando a un escritor chileno de nombre Roberto Boloño le dije a la recepcionista de la biblioteca. Segundo piso, al fondo bajo la letra “B” me dijo sin levantar la vista del computador y seguí sus instrucciones. Pasé por el lado de un viejo que leía un amarillento periódico y me pregunté cual seria la realidad: si el periódico o el viejo.

En varias revistas culturales había leído muy buenas criticas a ese escritor y decidí leerlo entonces, le contesté a Pelle cuando me preguntó que porqué mi interés en ese prosista. Y ya leí un libro de él,  Nocturno de Chile. Pero no me recuerdo de qué se trata, porque lo confundo con Pedro Lemebel  y sus Cronicas sidarias.  Y no me acuerdo si leí a Lemebel en español y a Boloño en sueco. O si fue exactamente lo contrario. Y confundes el sueco con el español? dijo Pelle con marcada ironía en su voz. Por supuesto que no! Le dije airado. Pero por eso mi confusión, agregué como comiéndome las palabras de cada frase. O seria que engullía las letras de cada palabra? No me recuerdo.

Las bibliotecas son como los templos para los creyentes, pues los misterios que se esconden tras cada libro que allí hay tienen una atracción fascinante. Y la comprobación agradable de haber pasado toda una vida conectado a esa entidad literaria llenó mi vida de un poco de alegría. Así como la que sentí al reencontrarme con Malin, en decenios ya olvidados, cuando venia llegando de Paris después de meses de estadía en esa ciudad bajo el pretexto de asistir a un curso de pintura al óleo.

Pero bajo la “B” no encontré sino a Bukowsky, y salí de allí sin Bolaño ni su prosa tan bien calificada por la Suecia literaria. Cuando pasé de vuelta el viejo ya no estaba ni tampoco el amarillento periódico que leía, por lo cual me quedé sin poder comprobar cual de los había pertenecido a la realidad de unos cuantos minutos atrás: si el periódico o el viejo. O a lo mejor no fue sino una alucinación mía, le dije a mi cerebro para tranquilizarlo, aunque tal vez no fue una buena idea, porque a qué cerebro le gusta que le digan que está alucinando, y que sus nervios y señales están siendo manipuladas?

Volví por las heladas calles de Estocolmo de Febrero y me acordé que dentro de un par de días se cumplirían ya 25 años del asesinato de Olof Palme. Y que esa investigación no había avanzado ni un centímetro más de cuando comenzó. Pero si sus archivos. Esos crecen a diario. Mas no los integrantes de la Comisión Palme que al comienzo eran 300 y ahora son 3. Solamente uno de cada cien ha sobrevivido, y sigue aun - como personaje parasitario salido de un cuento de Hemingway -recibiendo un salario estatal, para tratar de resolver un complot en que el estado mismo estuvo incluido! pensé con deslumbramiento no fingido cuando llegué a la esquina de Götgatan y Folkungagatan. Y recién ahí me di cuenta que habían colgado una enorme pantalla que mostraba comerciales del Mc Donald para atraer a hambrientos incautos. O a niños crueles de padres débiles. Yo que sé! O a cualquiera que tuviese las ganas de hincarle el diente a algo de carne prensada a bajo precio. Y en vez de seguir por Folkungagatan hacia mi hogar temporal, doblé por Östgötagatan hacia uno de los tantos muelles de Estocolmo, para ver si conseguía resolver eso de Boloño y Lemebel, al tiempo que Neruda retrocedía más aún en mi condición de critico rebuscado sin conocimientos de poesía.

Pero cuando llegué al muelle ya era algo tarde. Los espectadores de aguas congeladas ya se habían retirado a narrar sus aventuras citadinas, como también los que patinaban por sobre esa capa invernal que cubre la gran mayoría de los canales de Estocolmo. Y con algo de desazón por la soledad del paisaje, me senté en un banco a contemplar mi pasado. Porque a veces cuando veo nieve y hielo en un solo panorama, aflora nítidamente la imagen y el olor a repollo fermentado de Slobozia, un villorrio al sureste de Bucarest. La explosión de colores en el interior de sus casas de adobe, de sus calles de barro, de sus ferias de animales descuartizados colgando de árboles pintados de blanco, de su música de gitanos que al fin encontraron su hogar (pero que hoy día lo han vuelto a perder), su hálito de siglo XIX en cada pincelada de su anatomía de ciudad frustrada, en los altoparlantes que cada casa debía tener y que estaban directamente conectados al Concejo del villorrio, para que sus aldeanos no perdiesen ninguna de las ultimas nuevas que la República Socialista de Rumania tenia que comunicarle a sus incomunicados.

Y allí sentado pensé que en Pitrufquén, un villorrio del sur de Chile en la zona de La Frontera, y a más de 30 mil kilómetros de distancia de Slobozia, también sus árboles eran blancos. Y razoné que por algún motivo sorprendente, los habitantes de esos dos pueblitos habían llegado a la misma conclusión, cuando vistieron sus arboles de albo, en épocas en que no existía la televisión, la radio se escuchaba dependiendo de los caprichos del tiempo y sus locutores, y en que el internet no estaba ni siquiera bosquejado en los sesos de los genios de la comunicación universal. Y que por lo tanto, no pudieron haber compartido sus experiencias con otros pueblos, sino que, ¿qué?

El viejo que leía un periódico amarillento en la biblioteca en donde fui a buscar un libro de Bolaño y me encontré con Bukowsky, apareció patinando por el hielo de Hammarbysjöstad y me hizo señas con una de sus manos, lo que yo interpreté como un saludo amistoso. Con la otra se sacó el sombrero de copa que adornaba su cabeza y sacudiéndolo al aire, hizo una pirueta, se volvió hacia mi, hizo una profunda reverencia, levantó su cabeza  y pude claramente distinguir una sonrisa cómplice en sus labios arrugados por la falta de sol y de amor. Patinó hacia atrás, patinó hacia atrás, patinó hacia atrás y mientras zigzagueaba retrocediendo por el mar congelado, llevó su sombrero de copa a la altura de su corazón (¿estarán a la misma altura tanto en Slobozia como en Pitrufquén?) y con su mano libre agitó el amarillento diario que dio origen a esta cavilación un tanto alocada, pero no sin sentido, agregó Pelle más por cortesía que por convencimiento, y antes que el viejo lector de periódicos amarillentos y con sombrero de copa, se alejase retrocediendo en patines como cuchillos de acero inoxidable hacia la lejanía que ya se confundía con la oscuridad de la noche, escuché nítidamente a Salem Al Fakir murmurar a mi oído Keep On Walking. Do it!

Pero lo que no me quedó claro en ese segundo fue si se lo dijo al viejo, que ya había desaparecido en el horizonte de mis/sus escarmientos, o si me lo dijo a mi.

Guillermo Ortiz-Venegas ®

guillermo_suecia@hotmail.com

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