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Delicias reconfortantes

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Un heladero vestido de blanco pasó ofreciendo sus congelados productos, mientras el policía de turno, parado en una esquina cercana al Hotel, se pasó un pañuelo por la cara para secarse el sudor y arreglando la gorra sobre su cabeza, se dispuso a cumplir con su deber.
Miró con amor la bandera que flameaba sobre el asta ubicada al frente del edificio, y se sintió orgulloso de su nacionalidad.
Algo verdaderamente curioso si se piensa que con su sueldo, apenas podía pagar el alquiler del cuarto que alquilaba, en la ciudad del país donde vivía. O será eso, lo que algunos llaman patriotismo

Un pajarraco carroñero revoloteó alrededor de mi retrato de santo sin aureola y soltando un graznido agonizante eructó al sobrevolar por ahí, cuando se dio cuenta que este no era su cuento y aleteando algo ruborizado por tal confusión, se fue al del escritor de enfrente, arrancándose de este párrafo para no aparecer nunca más.

Un apetitoso olor a comida empezó a flotar sobre los huéspedes del Hotel, y más de alguno se decidió que era hora de comer. Los gatos vagos del sector se comenzaron a impacientar y estirando sus raquíticos cuerpos en forma de herradura flaca, dejaron la somnolencia para pasar a la acción diaria de conseguir alimento sin esforzarse demasiado.
Algunos lo conseguían y otros no. Un orden bastante difundido y muy popular entre los Homo Sapiens también.

”Existe una cantidad de letras, que componen un conglomerado de frases, que constituyen lo que se ha dado por llamar el ”idioma cotidiano”. Comenzó a razonar Pelle. ”Con esas puedes vivir toda tu vida sin mayores problemas:  puedes expresar tus sentimientos, contar lo que te pasó en el trabajo, lo que piensas de tu jefe y de tu esposo. Puedes además reclamar lo que te parece injusto y puedes también rezar. Aparte de eso, puedes también decirle a tu vecino que es un hijo de puta y a la vendedora de frutas que sus flores son las más hermosas del mundo. Puedes obtener un orgasmo por teléfono y también puedes no decir nada. Todo eso está incluido en lo que se ha dado por llamar el ”idioma cotidiano. Y sabes cuántas letras se necesitan para hacerlo? No son muchas. Nuestro alfabeto consta de ventisiete o veintiocho letras! No estoy muy seguro de cuantas son. Nunca las he contado. Has pensado en eso alguna vez? Has entrado alguna vez a alguna biblioteca y mirado la cantidad enorme de libros que allí hay? Y solamente con esas pocas letras  de nuestro alfabeto, se han escrito millones y millones de libros! No es maravilloso?”

La noche ya estaba bien entrada y aunque el cielo estaba cubierto por algunas negras nubes, la temperatura era más que agradable. Una suave brisa corría por sobre la ciudad, llenando cada rincón de frescura y armonía. Las luces de neón de los hoteles, restaurantes y clubes nocturnos se unían con la estridente música, que parecía salir de cualquier parte y el resultado era carnavalesco. Turistas paseando, sentados en los bares y cafés, disfrutando de una tardía cena o tal vez follando en sus habitaciones, le daban el toque final a ese cuadro de preocupaciones dejadas de lado. Los únicos que parecían tener problemas serios, eran los lavadores de platos y más de alguno de ellos, colgó su delantal grasiento en el clavo solitario de una pared, mandó a su patrón a la mierda y se sentó en algún bar callejero, a disfrutar de un café y un cigarrillo. El día de mañana estaba todavía a muchas horas de distancia y el trabajo era un problema del futuro y no del presente. 

El cielo, cansado de ser testigo de tanta patraña, abrió una pequeña ventana para dejar  ver tus pechos, con el único afán que el mundo se calmase y algunas nubes perdidas tuvieron el privilegio de rozar con sus lenguas virtuales el  resto de tu cuerpo reflejado en la nada. Qué existe en tu alma?, yo no lo sé. Pero, he comprendido que tus demonios internos valen más que todo el amor que yo te pueda entregar.

Era un día más en el tranquilo Universo y hasta la Tierra parecía estar satisfecha de su quehacer. Algunos nacían, otros morían y los versos de un  trovador describían con frases sin rimas el contenido de mi existencia banal.

Y a no olvidar, patrioteros y monarquistas del mundo, que la canción nacional no resuelve vuestros problemas ni tampoco los míos. Pues con los morlacos impositivos que sacan cada mes de mi salario, ayudo – entre otras cosas - a financiar la compra del ataúd de madera y su correspondiente bandera hipocrita, que cubre el cuerpo que transporta en avión oficial el Ministerio de Defensa, con los restos de un jóven soldado sueco muerto en Afghanistan, por obra y gracia del Pentágono conspirativo norteamericano, y sus lacayos de la puta Unión Europea. Ya que ni eso ni los acordes del himno a vuestro rey patán podrán salvar la vida de nadie, ni tampoco mititgar el dolor eterno que por vida, llevará como cruz a cuesta la familia de los asesinados por vuestra arrogancia militarista sin limites, patrioteros asquerosos.

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