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Confieso que he mentido

(Visita también: Azkintuwe. Periódico mapuche)

Y para reparar tal pecado capital, debo declarar algunas cosas.

Que después de treinta y cinco años en el destierro he aprendido algunas cosas destacables. Como por ejemplo que los horarios son intangibles, que esperar más de cinco minutos en cita establecida es quitagusto y que toda cena gratis es delicia al paladar. También he aprendido a abrir una botella de cerveza con la llave de la casa, a pagar las cuentas aún cuando tal arrogante accionar me deje sin un mango, a tener paciencia con los intolerantes, a afeitarme para las Navidades y otras fiestas de guardar, a leer con lentes, a mascar con menos dientes y a fumar en ayunas. Y a no creer en los postulados de aquellos que se han tomado más de una copita, asi como al pasar.

El paso por el tiempo me ha demostrado además que no siempre tengo la razón, pese que para análisar use el método dialéctico, infalible según sus seguidores. Que los acentos son una peste y que aún no sé si es correcto decir “esperemos que nieve” o “esperemos que neve” y que la próxima vez que hable con mi amigo Marcelo, gran conocedor él del idioma castellano, (cuestión que aprendí también con el correr de los decenios) le pediré que me ayude a resolver esa gris ecuación gramatical.

He aprendido que la amistad, al igual que el amor, es pasajera mas no por eso falsa. Que a veces lo mejor es callar, sobretodo si estas en minoría, que para los oportunistas el oportunismo es una necesidad y para los consecuentes una desventaja letal.

También he aprendido que mi rol en la sociedad es escaso y que la muerte no es el castigo más terrible, ya que al fin y al cabo todos iremos a hacer parte de esa gran mayoria de almas muertas que como nebulosas infinitas revuelan a nuestro alrededor, limitando nuestro pasado y modelando nuestro futuro.

En resumidas cuentas he llegado a la inferencia que no soy ni más ni menos habitual que el vecino de la esquina, ni más ni menos inestable que la mayoria de los bipolares, ni tampoco más ni menos macho que la mayoria de los bisexuáles. Que no fumo ni más ni menos que cualquier fumador incorregible, y que no bebo ni una gota más ni una gota menos que la que bebe un alcohólico obstinado.

Que no tengo más edad que aquél que cumple años cada doce méses, que no soy ni más ni menos gordo que un obeso, pero tampoco ni más ni menos flaco que un anoréxico cualquiera.

Que tampoco tengo más ni menos dientes que un tiburón jubilado de jodida joroba, (y después de tanta jota me dan ganas de decir ”je, je, je”, pero el ”jo, jo, jo” salió primero ganándole al ”ja, ja, ja” y no tengo más que aceptar tal desdicha) ni orejas más o menos largas que las de un burro con angustias milenarias. Que no tengo ni más ni menos pelo que un tonto de proverbio, y que mis testículos no son ni más ni menos largos que cadena de campana de catedral.
Que no tengo ni más ni menos dinero que un mendigo acopetado, ni tampoco más ni menos acciones de Wall Street que un poblador de barrio pobre.

En definitiva, y para satisfacer a los que con desprecio de emperador sin lengua, me preguntan que quién soy yo para postular con tal prepotencia lo que afirmo, les diré que no soy ni más ni menos apegado a las malas costumbres que cualquiera de todos vosotros, los normales del mundo entero.

Y si no quedan satisfechos con esta respuesta, pues entren al Google, al Altavista o a cualquier otro buscador del Internet y encontraran la respuesta adecuada. Y si no la encuentran alli, pues a usar el Wikipedia entonces que aquella si que lo sabe todo.
Pero si la encuentran no confien demasiado en la misma, porque la verdad no es ni más ni menos auténtica, que una mentirilla cualquiera de esas que decimos diariamente, al estilo Sí; estoy bien, gracias! Y ustedes cómo están?

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