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Poeta en solitario

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Soy un poeta en solitario,

exilio, exiliado de mí mismo,

con noches de insomnios,

patas arriba, descalzas,

con calles siempre en ascensos,

sueños donde no se termina el precipicio,

y un vuelo con ala quebrada,

y la mala conciencia de no llegar a nada.

Discursos de fonemas hueros,

sin dios ni amo,

gobernado por la duda creadora,

sin horizontes galácticos,

lejos de los “pozos negros”,

que se comen a dios, al “papa negro”

y la dignidad del SER humano.

Poeta en solitario,

una buena fórmula de momento,

sin dogmas revelados,

ni ciencias sacrosantas

condicionadoras del SER y la materia,

esclavo del salario de mi tiempo,

rumiador del hilo de protestas congénitas,

luchador en desexilio,

y las tormentas negras,

con las playas enfermas,

de mi tiempo de petróleo,

en una Europa, que se muere de astío,

peregrinadora de medievales añoranzas,

y bares de discusiones truncas.

Y de la apocalipsis al canto,

la materia prima del escriba,

espontáneo llamado de la selva,

la clorofila espera al cosmo,

y tú, yo o él creamos lo imposible

lo único que queda del fonema,

el discurso de las palabras rotas,

en camino hacia el cielo,

hacia la luz y la montaña,

donde la vista descubre la belleza,

inventa la alegría

la mañana el rocío,

el canto del pájaro desconocido,

el vuelo de colibrí desesperado,

en busca del néctar que le alivie,

su presente, su futuro, su pasado.

El agua, corriente milagrera,

juntando la nieve blanca,

del Aconcahua perdido entre las nubes

olvidando su pescuezo largo

en los cielos de dioses olvidados.

América es una flor,

un camalote bañándose en su río,

un caudaloso torrente y recorrido

que guarda los nombres del olvido.

El Paraná, el Uruguay tranquilo,

La Pacha Mama, que besa el Orinoco,

con el tapir y su cedoso cuero,

un plateado dorado sin defensas,

y el puma sigiloso de la selva.

Me perdí en los ojos de la fiera,

América se revela, pies descalzos,

manos callosas se atropellan,

ni rey ni imperio,

nuestra herencia está en los desiertos,

en las áridas huellas de las etnias,

que todavía anidan en las patrias

de los pelos chuzos olvidados.

Mirado a la usanza del poeta,

la belleza al alcance de la diestra,

la noche cálida de Enero,

una cerveza en la Alameda,

el cuerpo taconeador de una pebeta,

la nostalgia de un tango entre las rejas,

un zaguán entreabierto,

un violín y un bandoneón

garraspean las horas del silencio.

La estampa de un terroso Modligliani,

un buzón, una farmacia,

el grito de un diariero,

un viejo filosofando con sus cuentos,

un eterno poeta orillero,

regalando sus metáforas al viento.


  

Héctor Díaz

14 de Noviembre de 2007


Comentarios

Sábado, 17 de Noviembre de 2007 15:05. Guillermo Ortiz-Venegas Ver como artículo separado. Héctor Díaz

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