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El derecho a cagar

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Por Pedro Simon
En su artículo "Cagar leyendo, un placer rioplatense", el argentino Hernán Casciari rindió el mejor de los tributos a esa dicha transversal que es sentarse en un retrete, adoptar la posición adecuada, apretar las mandíbulas y dejarse llevar como si estuvieras subido a una Ducati.Dijo así: «Cuando vivía en países serios con bidet, yo leía mucho en el baño mientras cagaba. En esos tiempos nunca supe si leía porque me venían ganas de cagar, o si cagaba porque me entraban irreprimibles deseos de leer. Posiblemente mi cuerpo, aún en formación, debió aprender a desarrollar ambas urgencias a la vez.

El asunto es que yo era feliz cagando y leyendo. Y hubiera seguido así, alegremente por la vida, pero hace cinco años me vine a vivir a España, un país sin bidet, y desde entonces leer literatura se ha convertido en un suplicio».No sé en la casa de ustedes, pero en la mía había hasta derrapes salvajes cuando cogías la curva del pasillo para enfilar el inodoro y ganarle la posición a los hermanos. Como si estuviésemos en la escena de la cuádrigas de Ben-Hur en vez de en Carabanchel Bajo.El baño estaba siempre tan ocupado que un día pensé que allí se nos habían colado todos los del Patio Maravillas.

Mi padre se metía con los suplementos dominicales del periódico allí dentro y cuando terminaba ya habían cambiado de director. Recuerdo una vez a mi madre en la puerta para abrazar a mi hermano, conmovida: Francisco había entrado una mañana a hacer del cuerpo con unos apuntes de Química Inorgánica y cuando corrió el pestillo ya había terminado la carrera. Creo que se nos desapareció un primo allí dentro (o salió tan delgado que ni lo reconocimos), que mi hermana Ana prefería la taza bien fría, como le pasa a una amiga mía con los cafés. En casa le teníamos tanta devoción a aquel artefacto blanco de porcelana que nadie discutía por el sofá o por la cocina, sino por el excusado.

Más que un sillón mullido para leer nos hacía ilusión un retrete. Bien ancho. A ser posible con orejeras y reposapiés.(...)Andaba yo releyendo al bueno de Casciari el otro día con los pantalones en los tobillos, mientras oficiaba con calma, pensando en todo esto que les cuento y con unas traviesas clavadas por dentro de la puerta porque el pestillo me lo rompió el hijo. Hasta que me llegó un mensaje de una ONG de ingenieros y me dejó a medio plan. La pregunta de ONGAWA es cómo cambiaría tu vida si tuvieras que andar cagando por ahí como un jodido perro y no como una persona normal. Si lo hicieras igual que un bestia y te limpiaras con la mano en un arrabal de Bombay o en un basurero de Tanzania.

La respuesta es que cada dos minutos y medio (usted lleva uno leyendo) muere un niño a consecuencia de enfermedades ligadas con la práctica de la defecación al aire libre y que mil millones de personas cagan como si no lo fueran. «Te pedimos que no tires tu influencia por el váter», terminaba la carta de los ingenieros que fabrican desagües y construyen depuradoras. El caso es que yo andaba sin papel: pensaba escribirles hoy sobre la primavera. Pero aquí andamos.Llevamos tanto tiempo con nuestro propio orinal pegado al culo y en silencio, callados con tantas cosas, digo, que yo creo que ya estamos de mierda hasta el cuello.

23/04/2016 

guillermo_suecia@hotmail.com

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