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Los amigos del señor Cervantes

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No habría hecho uno mucho por conocer y tratar a Lope o a Quevedo, a Mateo Alemán o a Góngora, sin que nada de esto menoscabe el mucho aprecio y admiración que siente uno por las obras de todos ellos, en muchos aspectos «mejores» que las de Cervantes, si acaso podemos hablar de ese modo y comparar lo incomparable. Con Cervantes acaba sucediendo, sin embargo, algo diferente. A Cervantes lo hubiera uno querido conocer, aun sin haber leído sus libros. Querríamos haber coincidido con él en una venta o en una taberna o donde fuera. Creo que si es tan buen escritor fue por haber ido de incógnito por la vida, sin darse ninguna importancia. Aunque se elogia a veces (a ese «defectillo» aludió cariñosamente Azorín), jamás se dio importancia.

Claro que son ganas de hablar por hablar, porque nada de eso será posible, y no conoceremos jamás a Cervantes, ni sabremos realmente cómo era. Disponemos de sus obras, y a menudo ni siquiera nos ponemos de acuerdo sobre el sentido que tienen. Sin salirnos del Quijote: ¿Sabemos qué quiso hacer Cervantes en ese libro? ¿Estamos seguros de ello? Cada cierto tiempo surge una interpretación revolucionaria que si no niega el sentido de las anteriores, las eclipsa un poco. Cada lector encuentra en ese libro, en cada época, aquello que le permite entender su tiempo. El lector romántico halló «su» sentido y hallamos nosotros el nuestro en una época que tiene poco de romántica.No obstante la idea que nos hacemos de un autor al que admiramos por lo que leemos de él raramente se confirma cuando lo conocemos en persona. En general nos decepcionan. Deleuze, mucho más cortés, se lo comunicaba a quienes querían conocerlo, haciéndoles desistir de la idea: «Nos decepcionaríamos».

Creo que Cervantes no decepcionaría a nadie. Bueno, sí, quizás a los escritores profesionales, a los pedantes y a los académicos, porque fue también lo que le sucedió en su época). Hay algo en las obras de Cervantes que indica que tenía muy poco de literato, y por ello creo que él sería tan o mejor que sus propios libros, y que tendría muchos amigos que ni siquiera sabían que era poeta. De haber sido un autor célebre, como Lope o Quevedo, quizá hubieran trascendido de él algunas anécdotas que arrojaran luz sobre su manera de ser y su carácter, pero en el caso de Cervantes todo es una pura conjetura. Por no tener ni siquiera tenemos un retrato por el que pudiéramos deducir algo firme (todas las imágenes que nos quedan de él son apócrifas o falsas idealizaciones posteriores, empezando por la que está en el altar mayor de la Real Academia, que a sabiendas de que es falsa, la siguen teniendo allí, y bien está en tanto aparezca otro retrato de él un poco menos falso). De haber tenido un retrato pintado suyo habríamos adelantado mucho, porque la cara es el espejo del alma. Claro que contamos con un retrato escrito, el autorretrato que puso al frente de las Novelas ejemplares. En ese retrato escrito, lo más importante no son los trazos en los que él mismo se fija: la frente, la nariz, el color del pelo o de los ojos, sino el modo en que un hombre ya viejo se presenta al lector, riéndose un poco de sí mismo, cuando asegura que apenas le quedan unos pocos dientes desparejados.

Y en ese pequeño detalle advertimos que es un hombre que, en efecto, no se da ninguna importancia, magnífica atalaya desde la que columbrar el mundo con eso que llamamos «compasión cervantina». Sentimos en esas líneas y, en muchas otras, que Cervantes, cuando escribe, no está haciendo literatura, sino otra cosa que hasta entonces no había hecho nadie, ni siquiera Lázaro de Tormes, a saber, hablar de sí mismo sin quejarse. Al contrario, habla de sí mismo con la fina ironía de quien, incluso en los peores momentos, nos dice: «No temas; todo irá bien». Y por eso querríamos conocerlo en una venta, en una taberna, en cualquier parte, aunque no supiéramos que escribía.Si tiene alguna validez esta clase de anacronismos, diríamos que, así como don Quijote es un héroe platónico, su autor es un superhombre nietzscheano, alguien que habría podido poner como divisa de su solar estas palabras de Nietzsche: «Por más que me maltrate la vida, jamás levantaré un falso testimonio contra ella». ¿Se entiende ahora por qué uno querría haber sido amigo de Cervantes? ¿Cómo no serlo de quien trata de captar la benevolencia del lector en un prólogo mostrándose desdentado y al mismo tiempo en otro, el del Persiles, «con las ansias de la muerte» y «un pie en el estribo», despidiéndose de todos nosotros de tal modo que parece decirnos: todo irá bien?

Como es sabido, apenas contamos con hechos biográficos relevantes de Cervantes. Todo cuanto sabemos de él son idas, venidas, afanes, penurias, pero poco o nada de la intrahistoria. Algo tan elemental como esto, por ejemplo, lo ignoramos: ¿Amó a su mujer? ¿Fue feliz con ella, lo fue esos últimos años de la vida en los que la fortuna literaria le sonrió algo? ¿Era en la realidad un ser tan bienhumorado como dejan traslucir sus obras o, por el contrario, en cuanto dejaba la pluma sobre el despacho y salía a la calle, toda esa ironía que se gastaba se evaporaba y se convertía en un ser taciturno y melancólico? Yo sé que es muy arriesgado deducir de una obra literaria hechos reales, porque basta mirar las cosas con una determinada insistencia, para acabar creyendo cualquier cosa.

Sólo en estos últimos años se han publicado libros más o menos sesudos que «demuestran» que el Quijote es en clave un libro sobre San Ignacio o que Cervantes es oriundo de las montañas de León, tesis en ambos casos avaladas por una montaña de referencias a las obras de Cervantes, «sospechosamente» significativas. Si las teorías conspirativas son tan atractivas siempre para todo el mundo, es porque suele ser más fácil «ordenar» cien conjeturas, que dar con un buen hecho, incluso desmontar un buen hecho con cien conjeturas (este es el fundamento de la abogacía).A nosotros nos basta leer sus libros para saber que Cervantes mira siempre de un modo noble, sin juzgar a nadie (acaso porque a él mismo le juzgaron mucho y mal), y sabiendo que todas las cosas pueden ser de muchas maneras y que es preferible perder por carta de más que de menos, sabiendo que la vida es siempre una perpetua pérdida. Ese espíritu cordial rezuman sus libros, tan vivos y reales que no parecen ni libros ni su autor un escritor. Sí, querría uno haberlo conocido y tratado. Porque a cierta edad todos nos vamos cansando de tratar a escritores y lo que buscamos es una literatura viva como la suya, que tiene mucho de vida porque tiene muy poco de literatura, esa que interesa sólo a los pedantes, a los profesionales y a los académicos. Más o menos.

ANDRÉS TRAPIELLO, El Mundo

guillermo_suecia@hotmail.com

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