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La máquina de coser, la metafísica de la existencia o apocalipsis‏

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El subconsciente,
lloraba sus silencios,
regresábamos una vez más
de nuestras últimas muertes;
éramos los pobres de la tierra, 
los
piches,
los sin
patrias.
la materia prima,
los que no conocen el discurso,
los equivocados
los que todos los días,
como todas las noches,
teníamos las estrellas cambiadas,
éramos..., de izquierdas,
de derechas, del presente,
del pasado.
Los desheredados,
los que perdimos las batallas,
los presos, los torturados,
los torturadores,
los que sufríamos el hambre
mendigando.
Eramos, nuestra muerte anunciada.
la fotografía de nuestro cadaver,
la hoja inmoral de la noticia,
la tumba común que estaba preparada.

Fue el olor de tu piel y tu mirada,
que nos retenía en esta vida,
el milagro de tus intenciones,
nuestra desesperada necesidad de proyecciones,
tu abnegada continuidad,
tu frescura de río, de agua clara,
tu luz, la flor de loto,
tu mano repartiendo sandía abierta en el desierto,
tus noches de esperas y de sueños.

Hemos muerto tantas veces,
pasos directos hacia lo incierto,
hacia la noche, con o sin estrellas,
portando la llave del regreso,
tu voz fue la caricia,
tu voz el hilo tenue de energía,
río largo del encuentro,
la playa, devolviéndonos la vida,
la dignidad como preámbulo,
largo camino de la LIBERTAD,
que se ganó su premio, caminando.

Qué sería una avenida sin palabras.
sin la grafía hecha cartel, neón
aviso...., llamado de atención,
invocaciones al grito o al silencio,
un libro escrito en blanco,
la biblioteca sin catálogos,
la voz del orador que no se escucha,
vos y yo cruzando la avenida
con los semáforos apagados.
la frenada inquieta de los autos,
el desagradable olor a amianto,
la mirada furtiva de los ciegos,
la voz sorda de los que nos gritan,
y nosotros, ajenos, contemplando
una ciudad sin cielo, techos sin casas,
plazas sin niños,
que no tienen monumentos,
donde los peces sin bozal, 
mean en los rincones de los perros.
Y vos seguís cosiendo,
Arrimandohilocolorado,
apretando un pedal desenfrenado,
y me seguís contando el sueño:
- pájaros sin alas, arrastrando
el castigo de no creer en los ocasos,
de no guardar para mañana,
de bañarse donde el mar
no tiene agua.
 

Y me preguntás por la querencia,
aquel planeta, que un día habitamos,
por los caminos cortos y los caminos largos,
por las palmeras, que emigraron todas
cuando la bomba de napal y uranio
hizo saltar de golpe el mercurio
de todos los controles y aparatos.
El tacataca de la máquina,
la cortina con un nuevo diseño,
las luces malas de la alfombra,
la araña del techo, tantendo, desconfiada,
sabe del radón, que decora la casa,
los caracoles ya no van a las plantas,
los ríos buscan desesperados sus aguas.
De las selvas, hay solo fotografías quemadas
y de lo que nos va quedando,
un cemento que se multiplicó de a rato
por toda la superficie plana
convertida en gran zona de estacionamiento.
Quedaban recuerdos,
vaga memoria confundida,
si había habido beduínos,
si quedaban indios en las pampas,
si los tigres eran gatos inflados,
si los helechos habían existido,
y si quedaba del llamado hombre,
algún triste esqueleto.
Mientras ronroneabas la máquina,
hablabas de la cueva, del comienzo
del miedo a todo, cuando el miedo no existía,
cuando no existía la existencia,
realizarse una abstración sin realizantes,
y tu abuela corriendo la roca de la puerta,
nos preguntaba:- ¿Qué comemos mañana?

Héctor Díaz, desde la galaxia 0 321
años galáticos, después que la estrella-sol
se nos muriera.

 


 

 

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