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Particularidades

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Sobre la mesita de noche había una lámpara con pantalla oscura de color violeta que semejaba una vela derritiéndose. A su lado un reloj digital negro con cifras rojas en su visor, aparentaba un reloj digital negro con cifras rojas en su visor. Al frente de este y en un borde de la mesita de noche, un candelabro en forma de caja cuadrada con lugar para cuatro candelas  pequeñas y redondas. En un vértice y casi pegada a la pared de fondo, una figura de mujer tallada en ébano negro, tan negro como el alma de todos aquellos que a pesar de estar al tanto, dicen que no saben, y cercano a la cama que entibiaba cuerpos con frazadas de colores fríos, un libro voluminoso cuyas letras, puntos y comas desaparecían cuando no lo leían, y siempre retrocedía a la primera pagina cuando lo abrían, y por eso su inquebrantable presencia allí.

En el angosto espacio que había entre el lecho y una muralla, una alfombra vino tinto, por donde transitaban pies somnolientos rumbo a otros espacios del pequeño departamento en el edificio gris ubicado sobre uno de los islotes eternos de Estocolmo, a prudente distancia de las tranquilas aguas del Báltico que corría por allí.

A los pies de la cama otra alfombra que como canal, unía la entrada a esa habitación con el resto de la misma y tenia entonces dos vías: una de ida y otra de vuelta. Aunque nunca quedo muy claro si la de ida iba y la de vuelta regresaba, o si era lo contrario, puesto que la travesía de ese   cauce ficticio nunca fue recorrida por oceanógrafos, y por eso entonces su definición un tanto caótica.

En la pared de enfrente a la cama, colgaban algunos cuadros tradicionales pintados al oleo, y otros de técnicas pictóricas poco usuales. Mascaras africanas talladas en maderas con muecas diversas, rodeaban los cuadros, como guerreros de tribus tropicales cuidando el oro de los incas. Porque si el vaticano tenia una guardia suiza a su disposición, ¿porqué no guardias africanos cuidando las riquezas expropiadas del Perú?

Situado en su extremo inferior había un sillón cama que era el favorito de todos los que allí residían, de los que visitaban a sus moradores y también del gato de la casa, el cual acostumbraba sentar los reales en ese agradable mueble, cuando el mismo estaba exento de competidores molestos.

El felino de marras y yo estamos enojados. El no me habla y yo no le dirijo ni un  maullido. Tengo otras cosas de las que preocuparme! Le dije el día que exigió más atención y cuidado. Que donde caga esta siempre sucio, me dijo un día muy molesto. Y que la comida que le compro es la más barata. Que no le he puesto ni una sola vacuna. Que no está asegurado. Y que a pesar de haberse engullido dos liebres, un pájaro y un ratón - que cazaba en los alrededores de mi hogar temporal - no le había comprado tabletas anti lombrices! Pues si no te gustan tus condiciones de vida, vete al Sheraton, que carajo! Le dije y cerré con él un pacto impuesto de silencio reparador, que perdura hasta el día de hoy.

Y mis sueños no se han agotado sino que crecen y crecen con el correr de los años, le dije con algo de melancolía a Pelle, tal vez afectado en mi estado de animo por la música sacra que salía de los parlantes de la radio que escuchaba.

London Bridge is falling down, falling down, falling down… resonaba una voz de ángel sarraceno por los pasillos interiores que como vísceras cristianas nauseabundas unían la entrada con la salida de ese edificio, por donde un niño fantasma transitaba harapiento con cara de color de cera depilatoria gris, y ojeras de moro triste bajo sus ojos inyectados en sangre de venas secas, asustado por la presencia yanqui en sus tierras, llegados desde más allá del horizonte en barcos y aviones de guerra, que - vestidos como robots programados para matar - asesinaban justamente a niños con caras de color de cera depilatoria gris, y con ojeras de moro triste. ¿Y el que peregrinaba por esos corredores, era uno de esos? Preguntó Dirce con curiosidad no fingida. No sé. Nunca le pregunté, pues su presencia en esos pasadizos de hotel The shining me causaba pavor. Pero no se dejaba ver todos los días, sino solo cuando un bombardero suicida desparramaba sus tripas en alguna plaza de Afghanistan o de Irák. ¿Y aparecía solo por las noches? Volvió a preguntar Dirce con creciente interés. No. Aparecía a cualquier hora del día,  porque el tono macilento de vísceras cristianas nauseabundas del pasillo del edificio lo confundía, y nunca sabia si era noche o si era el limbo musulmán en donde se encontraba, pues su muerte no había sido la de un mártir del Islam.

¿Y como sabes todos esto? Inquirió Dirce con algo de disgusto. Y agregó triunfante: ¡Si tú nunca has hablado con él! Me lo conté el gato una  vez que soñé con él, porque era la manera que habíamos encontrado para comunicarnos sin tener que romper el pacto de silencio que habíamos suscrito, le dije con voz cansada. Y luego me lo reafirmó esa misma alma en pena en  una nota que desplazó por debajo de mi puerta. ¿Pero como la pudiste leer, si supongo que estaba escrita en árabe!? Preguntó Dirce subiendo agresivamente la entonación de su hermosa voz, y opté por dejar esa pregunta sin respuesta, para hacer más mítico ese momento sepulcral.

London Bridge is falling down, falling down, falling down… comenzó Pelle a tararear y un escalofrío recorrió mi espalda, cuando vi que un par de ojeras de color de cera depilatoria gris, nacían bajo sus ojos de morador sombrío del mundo occidental. Y la miticidad de ese instante lúgubre se transformó en realidad.

 

Guillermo Ortiz-Venegas ®

guillermo_suecia@hotmail.com

 

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