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TRÍPOLI. La operación humanitaria

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Isabel Pisano  -  Escritora.

 

Desde el ventanal del Hotel Radisson, en Trípoli, el Mediterráneo parece una balsa de aceite de color rojo vivo, las primeras luces del alba reflejan por un breve instante el color del sol que anuncia una nueva jornada. Esta serenidad contrasta con lo vivido hasta ahora en este paraíso terrenal africano que empieza a ser devastado por la OTAN, con ataques indiscriminados sobre la población civil que presuntamente vinieron a defender.

Los faroles de la rambla aún no se han apagado, ni una brisa serena encrespa la inmovilidad de ese mar casi petrificado de asombro. Solo hay un barco en la bahía, es el de la Cruz Roja que trajo ayer a las familias que huían de Misrata contando viejas- nuevas historias de terror y de muerte.

Ignoran tal vez, o tal vez no, que tampoco en Trípoli estarán seguros. Esta minuciosa operación para dividir Libia en tres partes no es nueva. Ya se ha hecho con Palestina, con el imperio otomano y en Irak, aunque no termina de cuajar. Para alcanzar los objetivos no hay límites ni leyes que valgan. Y en este caso el intento de asesinato del coronel Kadafi no vale solo para él sino también para el padre de la revolución libia Al Kweldy Al Jamedi. Pero ninguna de las dos tentativas fue coronada con el éxito: el primero mató a Saif al Arab, uno de los hijos del presidente libio y a sus tres pequeños nietos. Esta vez fue Obama quien dio el vía libre para el asesinato de Estado; años atrás fue Reagan y el resultado fue la muerte de la pequeña hija de Kadafi. "Daños colaterales" les llaman, pero para la esposa del líder y para el mismo Kadafi esas dos palabras significaban solo que su adorada pequeña había muerto en un bombardeo salvaje. Cuando alguien busca a una persona para asesinarla sin juicio previo se le considera un mafioso o un terrorista, por lo tanto quien viola las leyes del propio país que representa, quien asesina en la impunidad, quien no da al acusado oportunidad de defenderse en un proceso, algo que hacen la OTAN, Francia y los EEUU a menudo, puede decirse con claridad y sin temor a equivocarse, que en los dos atentados terroristas que nos ocupan la OTAN alcanzó a catorce personas, libres de toda culpa.

Sucedió la noche del 19 al 20 de junio de 2011, cuando la Alianza Atlántica disparó ocho misiles de 900 kilos cada uno sobre la casa del ingeniero Kalid Al Coelli Al Jamedi, hijo del ideólogo de la revolución libia. La morada se encontraba a hora y media de viaje de Trípoli, en medio de un bosque poblado de animales que eran la pasión de sus pequeños. Un gigantesco hámster nos mira aterrado y escapa a toda velocidad. En una jaula de grandes dimensiones una cierva embarazada, de mirada triste, agoniza: la explosión le arrancó los cuernos de cuajo, los libios se los cosieron con un hilo de color negro, menos negro que la conciencia de Occidente. Sus compañeras, quemadas, ya están bajo tierra. Los avestruces que han sobrevivido pasean en ese edén de florecidos jacarandáes de un naranja intenso y azaleas de distintos colores, con un blanco que se impone a los demás; parecería que la naturaleza subrayase la diferencia entre el paraíso que ella encarna y la repugnante misión que la OTAN acaba de efectuar. La campaña bélica ha sido impulsada por un pequeño hombre, presidente de un gran país. Él quisiera ser grande de algún modo pero con cada acto que realiza se va convirtiendo en un insecto: el escorpión. Alimaña insignificante sí, pero asesina.

No queda nada en pie, los espaguetis marca Capa, los jabones Tide, las botellas de agua mineral River, de medio litro, dan fe que la despensa de la casa Al Kweldy reventó con el impacto de los misiles.

Pájaros calcinados a centenares y también conejos, un hombre muy joven vestido de luto con la expresión de quien no sabe lo que está pasando, camina entre las tumbas recién hechas, como un sonámbulo, en lo que fue el jardín de los juegos y travesuras de sus pequeños. Los nombres están escritos en árabe. Mirna, la adorada de su padre, Salam Mohammed Nouri, de cuatro años, Kalid el Khweldy que había festejado el día del bombardeo su onomástico.

-"Mirna era mis ojos, el 28 habría sido la fiesta por su cumpleaños, y como ese día estábamos festejando el de su hermano ella estaba muy contenta y ansiaba que llegase el suyo. Era mis ojos, mi angelito, siempre sonriente. Me decía cuando la cogía en brazos, -Papá, dame los árboles. Aún no había comprendido que nosotros íbamos hacia su copa y que yo no hacía otra cosa que alzarla hasta ella.

No sé adónde ha ido toda mi familia... Desaparecieron y basta... Falleció la tía Najiya, la hermana de mi esposa, y ella también me dejó. Esperábamos un nuevo hijo, tanto Safa como yo estábamos muy contentos con la llegada del bebé, pero no pudieron escapar a la trampa del destino, ella tenía 19 años.

Las explosiones también se llevaron por delante la vida del cocinero y su esposa que habían venido del Sudán buscando una vida mejor.

Los cuerpos de mis hijos, de mi adorada Safa, de mi cuñada, estaban deshechos, y yo me alegré, porque si no hubiese sido así no habría podido enterrarlos. Eran tan hermosos mis niños y mi esposa, que me hubiese sido imposible hacerlo."

El padre de Kalid, el mariscal Al Hamed Al Khweldy criaba pájaros, Kalid es el presidente del Iopcr de una de las más grandes organizaciones humanitarias árabes.

Pero ese día infausto no solo se estaba preparando el cumpleaños de Mirna sino la boda de su hermano Mohamed, que partió al frente para combatir a los mercenarios extranjeros controlados por la OTAN. En el enorme cráter dejado por los misiles aún quedan colgajos de muselina blanca atrapados en el techo, solo los agita el viento, enormes pañuelos solidarios dispuestos a enjugar un océano de lágrimas, a limpiar heridas que no se marginarán nunca más.

Fue un espía infiltrado en una fiesta familiar quien a través de Twitter envió a sus cómplices las coordenadas del domicilio de Kalid al cuartel general de la OTAN, y colocó los marcadores en la habitación de los niños. La estrategia es destruir las familias de los líderes libios para desmoronar su resistencia. "Me encontraba en el hospital recibiendo a los heridos del frente y a los que escaparon de Misrata cuando escuché los aviones y luego el boato de las explosiones; sentí mi corazón saltar en pedazos; supe en ese momento que toda mi familia había perecido. Nadie tuvo la posibilidad de escapar, excepto mi padre y mi madre que al primer impacto fueron arrojados quince metros fuera de la puerta. La casa estaba en silencio y los restos de catorce personas yacían por doquier. Los vecinos habían acudido pero no podían hacer nada. "

En medio del silencio sepulcral que envuelve el lugar se escucha una voz, es la de del director de la Fundación Sabra y Chatila, el americano Franklin P. Lamb, un hombre altísimo, de 62 años, un luchador por los derechos palestinos que dice, con voz entrecortada por la emoción:

-Perdone señor, pero le doy mi palabra que nuestro pueblo no aprueba los crímenes de nuestro gobierno, no, nuestro país no está de acuerdo en absoluto.

Ver a ese hombretón llorando estremecido por los sollozos y que lucha contra una histórica injusticia abre el dique que contenían mis lágrimas. Mientras en Bruselas, la OTAN declaraba que bombardeó el cuartel general de un ejército de Kadafi para proteger a la población civil, en peligro por el tirano. Mentía sin pudor.

Desde la época del bajo medioevo los teólogos y juristas prohibieron el asesinato de civiles inocentes, familiares de los jefes. "La operación humanitaria" de la OTAN ha alcanzado el cenit.

 

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