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Reyes y reyecitos
(Anécdotas del exilio sueco)

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El rey de Suecia es auténtico. Aún cuando padece de una curiosa enfermedad llamada Dislexia que lo hace, entre otras cosas, confundir las letras y escribir mal. Una vez, al firmar un documento escribió ”Knugen” en vez de ”Kungen” ( ”el Rey”, en sueco ) y le quedó para siempre esa palabra como un apódo un tanto cruel, pero también tan necesario para todos aquellos que están convencidos de que, todo esa farsa de la monarquía está ya un tanto desgastada como para tomársela en serio. Pero con todo, es un rey oficial, con el título de Monarca y Jefe de Estado. Según tradición ancenstral y machista, su primer hijo varón debería ser su sucesor en el trono, pero por un desliz de la Naturaleza – que poco se preocupa de decisiones tomadas por el ser humano - el Parlamento sueco hubo de aprobar por unanimidad, con carácter de urgencia y sin demasiados debates, un cambio a ese respecto.

El flamante y jóven soberano tuvo una niña como primogenito y parece que los parlamentarios suecos no confiaron mucho en las capacidades reproductivas del rey Gustavo y creyeron que más hijos no iba a tener. O tal vez, si los tenía serian también del sexo femenino. Cualquiera que hubiese sido la razón y para evitar el riesgo de quedarse sin soberano, aprobaron entonces rápidamente que la sucesión al trono le sería otorgada al primer hijo, al márgen de su sexo. Su segundo hijo fue un varón y se perdió aquél la buena oportunidad de ser un verdadero monárca del siglo veintiuno, gracias a la democracia parlamentaria sueca. Pero en fin, ese es problema de él.
Lo cierto es que paraléla a la Monarquía oficial conviven, aunque no coronados en pomposas ceremonias ni ser descendientes de la alta alcurnia, un montón de otros reyes que se mueven a diario por las calles de Estocolmo, haciéndole honor a sus títulos. Son los reyecitos que con ironía o nó, han sido productos de sus propias experiencias y se han ganado sus coronas gracias a las vivencias trágicas, sabrosas, entretenidas y también tristes, conque algunos representantes del exilio chileno en Suecia, particularmente en Estocolmo, capital de éste frio reino escandinávo y nórdico, han contribuido a condimentar un poco ésta – de otra manera – bastánte aburrida sociedad. Estas son pues, algunas de sus legendarias historias.

De Cuando Carlos Primero de Estocolmo, se arrancó de Londres y se enamoró de un papagayo

Sentádo en un restaurante en el interior del Centro comercial de Kista, suburbio industrial al norte de Estocolmo, saboreába Carlos su tercera cerveza en compañía de unos cuantos súbditos. La vida no le habia sonreido, pero se empeñaba no obstánte por ser persona amable, de buen sentido y respetuoso. Todo aquél que lo conoce puede sin titubear decir que es así, como también que nunca le conocieron trabajo o profesión determinada. Pero, en ésta sociedad, eso no constituye un gran problema y para varios es incluso, una bendición terrenal de justicia social. Tal vez lo sea, tal vez no. Las opiniones aqui son dispares y los porcentájes de uno y otro bando varían, según la coyuntúra económica por la que atravieza el país.
De 25 años de edad y sin duda uno de los reyecitos más jóvenes que haya conocido nuestra historia de ciudadanos pasajeros por estas tierras, irradiaba Carlos una simpatía grandiosa y era muy difícil que a alguien le cayera mal. Nada de mal parecido, con una sonrísa permanente en su cara de niño travieso, atraía en forma especial al sexo femenino sueco, de lo cual sacó muy buen provecho. De cuando en cuando, caía en largos periodos de depresiones que lo obligaban a recurrir a la botella como anestésico de sus angustias, lo cual poco a poco lo llevó a una dependencia total con el alcohól, de la cual ya nunca pudo salir. Pero, muy por el contrario de lo que se podría suponer, ésto lo hizo más popular aún y la gran mayoria de sus súbditos, estaban dispuestos a vender sus almas con tal de ofrecerle ayuda. Tal era su carisma. Carlos Primero de Estocolmo, jamás se aprovechó de esa situación. Muy por el contrario, siguió siendo el mismo tímido y discreto reyecito que parecía querer excusarse cada vez que alguien le tendía una mano. Pero para no faltar a la verdad, debo también puntualizar, que su largo período en el trono de los personajes que han pisado las antiquísimas y bien tenidas calles de Estocolmo, se ha debido en gran parte, a la excepcional política de Bienestar sueca y su Seguridad Social, a la cual todos los que aquí viven tienen derecho. Sin ésta, indudablemente que otro hubiese sido su destino.

Hace no muchos años atrás, me lo encontré en una estación del Metro y me contó que estaba en un dilema.
-”De que se trata?” – le pregunté con curiosidad y con su generosidad acostumbrada me invitó a un café y ya instalados en la mesita de una agradable cafetería del centro de Estocolmo, me explicó:
- ”Tú sabes” – empezó mientras prendía un cigarrillo – ”que el Estado sueco me ha ofrecido un montón de tratamientos médicos contra el alcoholismo y que gracias a ellos continúo sobreviviendo”.
”Correcto!” – pensé, pero no dije nada.
La jóven muchacha sueca que atendía en la pequeña cafetería, era de una belleza extraordinaria y al pasar por el lado de nuestra mesa, guardamos silencio siguiendo como hipnotizados su bien formado trasero, que se balanceaba provocativamente bajo la corta y delgada falda que llevaba sobre si.
– ”A estas tías como las hagan salen bien hechas!” – dije en voz alta y Carlos dejó escapar una risita al tiempo que agregó:
- ”Con ropas interiores negras y de espaldas sobre una gran cama, no hay quien les gane”.
– ”Y con sábanas rojas.” – le dije con malicia – ”La combinación amarillo, rojo y negro es mi favorita”. Soltó una gran carcajada y comenzó a toser. Bebí un sorbo del café y le pedí un cigarrillo. Estaba intentándo dejar de fumar pero sin mucho éxito. Al menos habia dejado de comprar tabaco, lo cual no hacia mejor las cosas y alguien me dijo un día que si seguía asi, iria a morir de ”cáncer ajeno”. Vaya idea!
– ”Pero bueno! Cuál es el lío?”- le dije, invitándolo a hablar.
– ”La Caja de Seguros estatales me ha ofrecido una jubilación por enfermedad.” Lo dijo casi como si estuviese reconociendo un crimen. Por aquellos años iba ya por los treinta y a esa temprana edad no eran muchos los cuales podían acogerse a ese beneficio. No supe exáctamente que decirle y esperé. Le hice un gesto con la mano para que siguiera en su desarrollo, a la vez que en forma espontánea y sin quererlo, le pregunté:
- ”Y eso, está bien o está mal?” -
Me miró fijamente a los ojos y aplastándo con fuerza el cigarrillo en el cenicero me contestó con sarcásmo:
- ”Y que crees?” – acentuándo el ”tú”. Lo miré a los ojos y nada dije, aunque estaba conciente de que habia metido la pata.
– ”A nadie le gusta reconocer que somos es un caso perdido, no te parece?”, agregó con voz suave y dulce. Era el mismo Carlos de siempre, el que nuevamente hablaba y la pequeña tensión provocada por mi estúpida pregunta, desapareció por completo.
– ”El asunto es que me ponen como condición para la jubilación por enfermedad, la siguiente alternativa: tratamiento en una clínica francesa o en una clínica irlandesa. Por un año”. Guardé silencio pues presentí que una nueva pregunta sería un error. No parecía estar en mi mejor forma de sico-terapeuta. De todos modos la respuesta que pensaba obtener llegó por si sola cuando Carlos agregó:
- ”Me parece que he estado en todas las clínicas estatales y privadas de Suecia y no tienen nada más que ofrecerme aqui! Je, je, je!”.
Siempre bromeaba de su tragedia personal. Era seguramente su manera de sobrevivir. Me reí también y le pregunté:
- ”Y el dilema? Cuál es el dilema?”
- ”El dilema, mi gran amigo, es que no sé si elegir los vinos franceses o el wisky irlandés!” Y se retorció de la risa, llamándo la atención de la gran mayoría de los que se encontraba allí. Debo reconocer que tenía humor.

Me enteré algunas semanas después, que se había embarcado rumbo a Irlanda y que se habia comprometido con la Caja de Seguros sueca a cumplir el año que duraba el tratamiento. Recuerdo que pensé no sin ciertos sentimientos de culpa, que el wisky le había ganado al vino francés.
Al llegar a la clínica le habian quitado su pasaporte, limitándole además las salidas afuera del establecimiento. No se sentía a gusto y quería volver cuanto antes a Estocolmo.
Pasaron un par de méses sin que nada supiese de él hasta que cierto día recibí una llamada de larga distancia desde Londres.
– ”Si; desde Londres!” – me dice la operadora con cierta irritación en su voz.
– ”Está dispuesto a pagarla o nó?” – Más que nada por curiosidad acepté cancelarla pues estaba seguro de no conocer a nadie en esa ciudad. Pero claro, no habia contado con la astucia del reyecito Carlos y su asombrosa habilidad para conseguir que lo ayudasen. Donde estuviera y de quien fuese.
- ”Escucha!” – me dice con calma. – ”Necesito tu ayuda!”
Y antes que continúe lo interrumpo:
- ”Te trasladaron a Londres?”
- ”No” – me dice y agrega – ”Me arranqué!”
Un montón de preguntas dan vueltas por mi cerebro, sin decidirse en que orden salir.
– ”Pero, cómo llegastes a Londres sin pasaporte?” – logro preguntárle después de titubear unos segundos y agrégo – ”Y de dónde estás llamando?”
- ”Desde el teléfono de una inglesa que vive en el centro de Londres!” – me dice y suelta esa risita suya tan típica y agrega – ”Ya te explicaré todo!” ”Ahora necesito que alguien me vaya a buscar a Arlanda.”

Vehículo para irlo a buscar al aéreopuerto no fue ningún problema conseguir y ya instalados en el auto de uno de sus súbditos me contó que, una noche simplemente habia saltado el cerco que rodeaba la clínica, había esperado el día caminando por las calles de aquella ciudad irlandesa (de la cuál nunca supe como se llamaba) y ya entrada la mañana, se había dirigido al consulado sueco, donde habia contado que su pasaporte se le habia extraviado. Fenómeno bastante habitual entre los turistas suecos en el extranjero y que no llamó en nada la atención del personal consular, quién con mucho agrado y sin más indagaciones le otorgó un pasaporte provisorio, válido hasta la entrada a Suecia. Le compraron además, un pasaje en tren hasta Londres desde donde se embarcaría rumbo a su reino de nieve y hielo.
– ”Y la inglesa que te prestó el teléfono?” – le inquirí con verdadero interés pero no obtuve más respuesta que su risita tan típica y unos golpecitos en mis espáldas.

Así era Carlos Primero de Estocolmo hasta que se enamoró…de un papagayo. Al menos eso fue lo que le confesó al fiscal en el juicio en que estuvo involucrado, cuando éste le preguntó el porqué del intento de robo de tal pajarraco.

Saborendo su tercera cerveza en compañía de algunos de sus súbditos, dió su mirada con la vitrina de un negocito de venta de animales domésticos, situado exáctamente al frente del restaurante en donde se encontraba. Desde dónde estaba, distinguía perfectamente dos papagayos: uno verde y monótono en su colorido y el otro como un arcoiris exótico de algres tonos y matices. Excusándose unos instántes de su consorte, se encaminó un tanto inseguro en sus pasos, atraído por tal explosión de colores, hacia la vitrina donde se encotraba el cautivo papagayo. Lo contempló durante varios minutos y pegándo su frente al vidrio de la vitrina, le hizo unas cuentas señas amistosas. El pajarraco, malinterpretándo sus buenas intenciones, dió unos cuantos aletazos y se alejó a la esquina más lejana a Carlos, observándolo desde alli con desconfianza y recelo.
Los gritos de sus súbditos que lo llamaban desde el restaurante, lo sacaron de sus meditaciones terrenáles y decidió volver a sentárse entre ellos, esperando con calma y muchas cervezas, la hora en que cerraran sus puertas los distintos negocios del Centro comercial de Kista. El restaurante cerraría varias horas más tardes y eso le daba un buen márgen para planificar el golpe que pensaba llevar a cabo.
De cuándo en cuándo, miraba hacia la vitrina para cerciorárse que el plumífero de alegres colores aún estaba allí y el verlo inmóvil y majestuoso en su prisión de cristales gruesos, le serenaba un tanto su impaciencia de amante esperanzado.

Cuando anunciaron en el restaurante que se serviría la última tanda ya estaba preparado. En una de sus idas al baño a vaciar la vejiga, que hinchada como un globo a punto de explotar lo obligaba a orinar litros y litros de cálido y vaporoso líquido, se habia proveído de un grueso y pesado candelabro, que el personal de ese establecimiento tenía por costumbre ubicar sobre una pequeña mesita, situada al lado de una de las puertas de los baños. Lo habia deslizado al interior de un bolso que siempre llevaba consigo y que normalmente lo usaba para transportar botellas de vino, latas de cervezas y similares, tan necesarias en su vida actual de monarquita desposeído y justo. Se despidió de sus súbditos con fuertes apretones de mano y abrazos y simulándo salir del Centro comercial, que a esa hora ya estaba vacío de gente, giró rápidamente sobre sus talones y de una carrera, se metió a uno de los baños públicos situado al lado del restaurante. Nadie lo observó y su calma era absoluta. La decisión ya estaba tomada.

Agazapado en la entrada de uno de los baños, asomó cautelosamente su cabeza recorriendo el vacío Centro con su mirada. Y cuando comprobó que nadie habia en sus cercanias, se empinó sobre la punta de sus pies y dándo un pequeño saltito, se lanzó a toda carrera contra la vitrina del negocito de venta de animales domesticos. Su agilidad era admirable si se toma en cuenta que se habia bebido más de quince cervezas. En medio de su enfurecido galope, sacó el pesado candelabro que llevaba escondido y al llegar a su meta, golpeó con fuerza y decisión el enorme ventanal de la vitrina. Justo al centro de la misma. Cual no seria su sorpresa cuando vió con fascinación que el enorme vidrio se desplomó hecho trizas como si fuera de caramelo. El sonido de los miles de pedazos al chocar contra el mármol del reluciente piso fue ensordecedor y unido al silbido agudo e intermitente de la alarma de aquél local, provocó un barullo infernal que con toda seguridad atraería la inmediata atención de los guardias nocturnos que ya se paseaban no lejos de allí. Actuó entonces con la rapidez y la precisión de un cirujano, haciendo oidos sordos al griterio histérico y mancomunado de cientos de pájaros, roedores y otros tantos bichos que allí cohabitaban en forzada comunidad de intereses hetereogeneos. Saltó hacia el interior de la destrozada vitrina y un pedazo de vidrio que aún quedaba en pie, se le incrustó en uno de sus múslos. Soltó una maldición pero no se preocupó en sacárselo. Simplemente no tenia tiempo para vulgos detalles cotidianos. Parádo al lado de la jaula que cautivaba al papagayo de sus amores, estiró la mano y lo agarro firmemente del pescuezo. Repetidos picotazos le despedazaron parte del dorso de la mano y también de la muñeca. Era indudable que el pajarraco inconciente no apreciaba en absoluto su plan liberador. El otro papagayo en tanto, tal vez por solidaridad o tal vez por resguardar su propio y emplumado pellejo, dió unos cuantos aletazos desesperados y volando, aterrizó sobre su hombro izquierdo picoteando sin misericordia una oreja, la frente y parte de la cabeza de Carlos Primero de Estocolmo, el cual comenzó rápidamente a sangrar en forma profusa. Con su mano libre le dió un violento palmetazo y el plumifero fue a dar con su cuerpo afuera de la vitrina, desde donde emprendió enloquecedora carrera hacia algun lugar desconocido.
Tiempo después y cuando ésta historia ya era clásica en el abultado curriculum de éste singular reyecito, me contó que, en medio de esa enorme batahola, le habia parecido como si aquél desagradable bicharraco chillón, habia partido concientemente con su andar ridículo y desfachatado, en busca de ayuda, para tenderle una mano a su desgraciado compañero de celda.

Carlos Primero de Estocolmo saltó nuevamente por sobre los pedazos de vidrio diseminados por todas partes y con el pajarraco fuertemente asido entre sus manos, abandonó el lugar del delito a toda carrera, perdiéndose entre los vehiculos cubiertos de nieve de un estacionamiento cercano al Centro comercial de Kista, protegido por la cerrada obscuridad de una noche invernal más, en la capital del reino sueco.
La policía no tuvo grandes dificultades en dar con su paradero porque para mala suerte suya habia dejado de nevar y las huellas de su fuga eran muy fáciles de apreciar. Y estaban además adornadas con manchas de su sangre más unas cuantas plumas que el papagayo perdía cada vez que se removia intentado liberarse de su raptor. Por esos tiempos vivía Carlos en un departamento ubicado a unos cien metros del lugar de los hechos y no le tomó a la patrulla policial encargada del caso más de unos cuantos minutos en dar con su domicilio: no tuvieron más que seguir el reguero de sangre y plumas que terminaba a la entrada del departamento en donde habitaba. Al descerrajar la puerta de su casa, lo encontraron tumbado sobre su cama sumido en un profundo sueño, con sus ropas en completo desórden, la cabeza y parte de su cara cubierta de una pegajosa costra de sangre reseca, roncando estrepitosamente y en un rincón de su departamente al papagayo completamente desprovisto de su vistoso plumaje, cual pollo faenado esperando hacer su entrada al horno.

El veterinario encargado de examinar al desplumado pajarraco determinó "pérdida de plumas, ocasionada por el violento shock psicológico que sufrió el ave, al ser sometida a tratamiento desacostumbrado de violencia y terror", constatándo además que "no se detectó penetración sexual alguna".
Durante el juicio al que fue sometido, mantuvo Carlos Primero de Estocolmo su acostumbrada calma y en su cara de querubín inocente, se dibujaba esa sonrisa suya tan típica: un poco timida, un poco sarcástica,como si estuviera actuando ante un público que conocía sus debilidades, pero también sus grandezas.
A la pregunta del fiscal entonces de, qué lo habia motivado a tan salvaje acto de maltrato y destrozos? contestó con toda naturaleza que "apenas lo ví, me di cuenta que me habia enamorado de él. O de ella." "Porque nunca supe si era macho o hembra, aunque no era eso lo fundamental."
Los presentes en el juicio, tanto representantes de la ley como el público asistente ( en su gran mayoria súbditos del reyecito ) soltáron una enorme carcajada que relajó el ambiente y aminoró su condena. Le dieron tres meses de libertad condicional, 200 horas de trabajo social y una multa de ocho mil coronas que cubriría los daños y perjuicios ocasionados a la dueña del negocito de venta de animales domésticos.
La vitrina del negocio de venta de animales domésticos fue reemplazada por otro vidrio del mismo tamaño, el papagayo recuperó poco a poco su colorido pelaje y las heridas sobre el dorso de la mano, la cara, la cabeza y uno de los múslos de Carlos, cicatrizaron sin mayores consecuencias estéticas y la vida siguió su rumbo acostumbrado, con el reyecito Carlos Primero de Estocolmo sentádo en el trono de los inolvidables, de aquellos que aún en vida, son ya una leyenda.

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