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La sin título

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(Visita también: Héctor Díaz )

Entre otros amores, el amor a las piedras de la ciudad que nos atrapó, sus arroyos, sus lluvias, sus truenos y rayos son los dioses que hicieron nuestros sueños. Crecimos en la topografía única de una simbiosis entre tierra y paisaje que anda.



Nos evadimos
recordando a la ciudad perdida,
como si la ganáramos cada día,
caminamos en la avenida ancha
de otros poetas, que nos llevan el equipaje.
Así las baldosas flojas,
reventando las veredas,
las raíces de los plátanos,
muestran un dedo indiferente.

Montevideo, es como un plato volando,
se aleja en el tiempo y más nos atrapa,
se bambolea, entre cúpulas de cobre
un rococó francés, disfrazado de verde
ojos entornados, hacia el cielo celeste.
Del otro lado de la ventana,
la nieve nos saca del refugio,
el hielo de la península escandinava
compite con las arenas blancas.
Aquí somos sostén y paso,
apenas certidumbre,
tan sólo la avenida ancha,
y el recuerdo
alimentan estas noches en blanco.

Asumiendo la constelación del álgebra,
en la galaxia de la abstracción,
un malvón en la lata oxidada,
olvidado en un corredor sin esperanzas.
Todos los días armamos el confesionario,
calle Fernadez Crespo,
que para nosotros es Sierra,
la vía del tranvía, incrustada en la calle,
los fantasmas de galera y levita
con bastones apuntando
a las orillas del Plata.

Arabescos labrados en coloniales caras,
balcones que se pierden en amores lejanos
plazas españolas que dejaron la huella,
del tiempo en que empezaba, a resoplar la nada.
Nosotros hacemos aquí, todas estas cosas
recordamos a la ciudad extraviada,
el refugio de la piza a la piedra,
el Ejido marcando los linderos,
Capurro con sus canarios viejos,
el amor llenando los ancestros,
el botija aquél,
que andaba con un lápiz y un cuaderno,
el cantor solitario, con su guitarra vieja,

Omar sin soltar la utopía,
la entrega abierta a un mundo nuevo
del estudiante muerto,
el llanto, el dolor, el miedo
eso que se llama familia,
que se perdió en el tiempo,
el preso que se quedó
trece años sin ver la luna,
el “ nunca más ” de una niña
abrazando otro “ reo “.
Un río de banderas,
a liberar los presos,
treinta años es un tiempo,
tan cercano y tan lejos,
y nosotros perdidos,
en la avenida ancha,
sin encontrar la cara
de los amigos muertos.

Ahora sopla otro tiempo,
pero es el mismo viento.
Por estas menudencias y otras yerbas,
Montevideo es un tango de la calle,
una “yira” que busca su sustento,
mi viejo, que iba a laburar todos los días,
las novias cazando una ilusión,
las palomas de la plaza,
el perro rabón, que embelleció mi infancia
el viento, una mentira
que nos acerca a la verdad posible,
la lluvia torrencial de los veranos,
metiéndose, en las rendijas de la tierra,
y la mano en el aire de un hombre,
en la plaza pública, de la avenida ancha
hablando de la libertad y el entusiasmo.


Héctor Díaz

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