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PATRICIA TRONCOSO ROBLES, LIDER MAPUCHE

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La mujer que lucha, vivirá, aunque la médica-presidenta la deje morir


Agoniza con los grilletes que la encadenan. Los grilletes no valen nada. Pronto serán un sinsentido. No habrá a quien engrillar, no estará la que estuvo.

Te envían a lugares en donde el escarnio se apodere de tu cuerpo como si buscaran tu muerte de una vez. ¿No ven sus ojos estrechos, que mientras más te matan, más vives?

A su lado hay guardias que la vigilan y la castigan por ser la que es. Guardias horrendamente vacíos de dolor por el otro, guardias que cuando llegan a su casa besan a sus hijos y hacen el amor con la mujer que vive con ellos, o con otro hombre tal vez, o con una novia, y se sientan a la mesa para que su madre les sirva, y comentan que una modelo con otra se disputan un cetro, un programa, una farándula…

Guardias que miran a la que encadenan, sin ver a nadie allí. Guardias que cumplen con su trabajo, y para lograrlo, eligen activar toda la carga de odio por su propia piel morena, heredada de la Colonización. Por lo demás, la que está allí, es sólo una mujer que les han dicho: “es delincuente y terrorista”.

 

Ella no prueba alimento hace casi 100 días, pero sí, mucha opresión, miradas lejanas de esas que siempre te señalan como una pasada de moda luchando por cosas antiguas. Que dicen cruelmente, o piensan, hipócritamente, que eres una mujer que quiere protagonismo y para eso te autoinmolas. Burlas solapadas de esas que ríen con muecas atrozmente postmodernas desde bocas indiferentes. Envidias silenciosas de aquellas y aquellos que ya dejaron de hacer lo que tú sigues haciendo, y entonces buscan la manera de autotranquilizarse, diciéndose que eres tú la que está fuera de contexto, que no accedes a la verdad como ellos, que te saliste de la realidad, ya definitivamente… (Y claro, ya sabemos que todo lo que dicen de ti, habla más de ellos mismos que de nadie).

 

Pero también sabes, porque aunque torturen tu cuerpo, tu inteligencia sigue en pie, que hay declaraciones, cientos de declaraciones y cartas en tu favor. Miles de gentes en las kalles de este país y de otros países, con tu nombre en el grito, repartiendo tu rostro bonito y tus palabras: “si mi muerte sirve…”.

 

Son muchos besos, son muchos abrazos, son muchas caricias que traspasan tal vez tus dolores y tus insomnios, para decirte que no estás sola. Pero tú sabes, que a la vez, hay caminos que únicamente se pueden recorrer sola… Aunque tú, tienes a Dios, y como dicen, debe ser madre y padre, entonces ella-él, te acompaña. Estoy segura.

 

La mujer que lucha, no está sola. Hay médicas que la han acompañado, médicas que el gobierno prefiere que no se nombren en los informes. Mujeres cuyos nombres, la autoridad no quiere ver. Son activistas que elevan su voz para decir verdades de ellas y de unos cuantos miles más.

 

También hay hombres que la acunan y la defienden. Hombres que han ido un sinfín de veces, y han esperado horas al sol sentados al lado de un presidente traicionado, que también, alguna vez, prefirió morir a vivir como un esclavo.

Hombres que esperan que alguna distinguida autoridad los reciba para no decirles nada, para no darles respuesta, para decirles sin hablar que ella simplemente va a morir en la huelga de hambre más larga de la historia de esta franja de tierra violada sistemáticamente, por colonizadores, torturadores y renegados.

 

Y es que, La Moneda y quienes la habitan, son así, con extrañas excepciones.

La Moneda, como su nombre lo indica, responde al capital, a los privilegios, a la desidia y al oro imperial.

 

Por eso es que en La Moneda, una médica-presidenta de esta República llamada Chile, calla ante la muerte lenta de una activista. Y calla, cuando callar es dejar morir…

 

¿Puede una médica que hizo un juramento institucional -que dicen que es muy “serio”-, dejar morir a una persona por mucho que no comparta sus ideas y discursos?

 

¿Puede un médico asesorar a los torturadores en la intensidad del suplicio, según los objetivos sean que la víctima soporte o no?

 

¿Puede una mujer alguna vez luchadora por los derechos humanos, dejar morir a otra que hoy lucha por sus derechos humanos y los de todos sus lagmien?

 

¡Puede!

Así es la realidad construida en este país aislado, y en casi todo el globo.
A menudo no coincide con la justicia ni con la libertad. Y es un dolor que cargamos quienes elegimos no cerrar los ojos ni el corazón, aunque por declararlo y accionarlo y escribirlo y describirlo, seamos burladas, encarcelados, rechazadas, asesinados, maltratadas, desautorizados. No es heroísmo, No. Es convicción. Unos ojos abiertos que ya no pueden cerrarse, que ya no quieren cerrarse, porque cerrarlos y renegar de lo que ven, sería vivir sin dignidad, sería vivir una pésima y vergonzosa vida.

 

¿Puede un país viendo tevé y consumiendo lo que no puede comprar, ilusionándose con teletones y loterías, dejar morir, sin pena ni sorpresa, a una mujer libertaria?

 

¿Pueden medios de comunicación que comunican sólo en nuestras mejores y más ignorantes fantasías, profitando de la miseria humana, dejar morir a una mujer mapuche para luego dar la noticia y ganar audiencia?

 

¡Pueden!

La cruz dorada, inquisidora y santa, la svástica criolla, la alegría que no vino, el imperio del mall, la caja llena de idiotas, lo han hecho y lo están haciendo.

 

Son castigadoras y castigadores, que alegan no saber que una mujer está muriendo, que alegan que es “un conflicto judicial”, “un tema delictual”, que no es posible anular un fallo, que dicen que no es para tanto, que se lavan las manos hediondas de asesinatos y agresiones, que no ven lo que no quieren ver, que aprendieron a no ver los que les incomoda.

 

Que desde ese silencio cómplice, castigan a su víctima por haber dicho lo que ha dicho, por luchar, por creer, por no haberse vendido ni dejarse comprar. Por hacer lo que ellos y ellas ya renunciaron a hacer a cambio de una buena tajada de la torta neoliberal. O lo que ellos y ellas, jamás, ni pensaron en hacer, porque la dignidad que les tocó en la repartija es casi inexistente, y les alcanza apenas para persignarse los domingos en la Iglesia, pero es todo lo que harán por el mundo en el que viven sus hijas e hijos.

Castigan a la mujer que lucha por existir y haber tomado el último camino ante el dolor y la represión…

 

Lo que no quieren saber los serviles, los ciegos, los sordos, los mudos, ante la protesta, es que si ella muere, estará más viva que nunca y aunque sus conciencias rechacen toda imagen de autoconciencia, el nombre, la vida, la lucha de Patricia Troncoso Robles, será tan fuerte como el Roble que le heredó su madre.


 

Ella, ya no puede morir ni aunque muera, sus ideas menos, su vida seguirá presente.

 

Victoria Morales Aldunate

 


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