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Crisis en Ucrania. Acabar con la violencia

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Menos de una semana después de la firma de la Declaración de Ginebra sobre Ucrania, todo el optimismo inicial se ha desvanecido para dar paso a dudas, escepticismo y pesimismo. Cada vez a más políticos y observadores se les hace ahora cuesta arriba creer que pueda mantenerse en absoluto el "espíritu de Ginebra". De hecho, hay quienes incluso afirman que la reunión de Ginebra ha hecho más mal que bien, al suscitar falsas esperanzas de que Rusia y Occidente puedan superar sus diferencias fundamentales sobre Ucrania y al crear la ilusión de que todas las partes puedan llegar a un consenso en torno a una salida de la crisis.

No puedo estar de acuerdo con esa opinión. La reunión del 17 de abril en Ginebra era necesaria, no cabe duda. Como mínimo, los participantes se sentaron juntos a la misma mesa y se miraron a los ojos. No obstante, los escépticos también tienen su punto de razón: la declaración conjunta sobre los resultados de la reunión puso de manifiesto que ninguna de las partes está dispuesta a asumir la plena responsabilidad de resolver los problemas [latentes] en el corazón mismo de la crisis ucraniana. No han sido capaces de demostrar disposición alguna a llevar a cabo acciones conjuntas específicas, en ausencia de las cuales posiblemente no puedan ofrecer una ayuda eficaz a Ucrania.

Rusia ha manifestado públicamente su posición y ahora muestra poco o ningún interés en proporcionar ayuda a gran escala a Ucrania. Eso es comprensible, teniendo en cuenta que no importa lo que Moscú pueda hacer ni lo buenas que sean sus intenciones, ni la histérica campaña mediática desatada en Ucrania, ni que Occidente atribuya todo pecado mortal a Rusia y le eche la culpa de todos los problemas, reales o imaginarios.

Los principales estados europeos han decidido adoptar una postura de esperar y ver, a pesar del hecho de que la crisis de Ucrania es lo que copa allí los titulares de la prensa. Entre ellos hay que incluir Alemania, Francia y Polonia, cuyos ministros de Asuntos Exteriores firmaron el acuerdo de Kiev de 21 de febrero y que, por tanto, tienen una responsabilidad directa a la hora de llevarlo a la práctica. Reino Unido también se ha retirado a estos efectos de cualquier participación real en la solución de la crisis, con su consentimiento de que se enviara a la jefe de Política Exterior de la Unión Europea, Catherine Ashton, a la reunión de Ginebra a pesar de que no está autorizada a tomar decisiones por su cuenta. Con ese mismo espíritu, la Unión Europea (UE) indicó al presidente de la Comisión Europea, José Manuel Barroso, que discutiera la cuestión de la deuda del gas entre Ucrania y Rusia, a sabiendas de que siempre ha adoptado una postura de lo más inflexible respecto de la cooperación con Rusia en el ámbito de la energía. La UE no ha hecho más promesas de ayuda económica o financiera, a pesar de que Bruselas es consciente de que Ucrania necesita ayuda inmediata para evitar la quiebra.

Juego geopolítico

Para Washington, Ucrania no es más que un peón de su juego geopolítico más amplio. Estados Unidos no tiene intención de ofrecer en serio ayuda a Ucrania o de asumir el más mínimo coste económico para respaldarla. Washington no para de hablar de los 1.000 millones de dólares [alrededor de 723,45 millones de euros al cambio de hoy], en su mayor parte avales a préstamos a largo plazo, que ha prometido a Kiev, cuando al mismo tiempo es consciente de que va a hacer poco por sacar a Ucrania de la actual crisis económica.

Para Washington, lo importante no es Ucrania sino cómo Estados Unidos puede aprovecharse de esta crisis para defender sus propios intereses. En esta fase, [los norteamericanos] tienen tres objetivos principales. En primer lugar, EEUU quiere parar los pies a Rusia e impedirle que refuerce su posición internacional. En segundo lugar, quieren dar un nuevo aliento a la OTAN en unos momentos en los que la alianza ha dejado de tener una idea clara de su función y, al mismo tiempo, forzar a los europeos a soltar dinero para sus necesidades militares. En tercer lugar, Estados Unidos está tratando de fortalecer su posición en los mercados energéticos mundiales.

Declaración de Ginebra

En semejantes circunstancias, difícilmente debería sorprenderle a nadie que, entre todas esas declaraciones de "solidaridad con el pueblo ucraniano", se haya desvanecido rápidamente el impulso positivo que prendió con la firma de la Declaración de Ginebra. Una vez más, nos hemos quedado enzarzados en un debate infructuoso sobre cómo interpretar frases descontextualizadas de ese tan manoseado documento de una sola página.

Por desgracia, resulta evidente que Ucrania es en estos momentos un polvorín a punto de estallar y que las consecuencias van a ser graves para todos. Constituiría un error fatídico que no se diera continuidad tan pronto como sea posible al trabajo iniciado la semana pasada en Ginebra. A pesar de su brevedad y su ambigüedad, la Declaración de Ginebra sigue siendo la única base sobre la cual desarrollar esfuerzos de cooperación internacional con vistas a la superación de la crisis de Ucrania. En el empeño de dar continuidad a ese trabajo, los participantes deberían tener en cuenta los siguientes factores.

En primer lugar, la tarea más urgente es poner fin a la violencia y aflojar las tensiones. Las fuerzas responsables de Ucrania y todos los actores internacionales que sinceramente quieran contribuir a resolver la crisis deberían centrar sus mayores esfuerzos en la consecución de este objetivo.

Crisis social y económica

En segundo lugar, a pesar de los muchos desacuerdos sobre temas políticos, todas las partes comparten una visión común acerca de la gravedad de la crisis social y económica a la que Ucrania se enfrenta. Todos los expertos, tanto sean del Oeste como del Este, reconocen el riesgo inminente de que Ucrania sufra un gravísimo hundimiento económico y financiero. Ésta es la razón por la que Rusia, la UE y Estados Unidos deberían poner en marcha de inmediato medidas económicas que eviten tamaño desastre. Si no se da ese paso, y con urgencia, cualquier diálogo sobre reformas constitucionales o políticas carece por completo de sentido.

En tercer lugar, los participantes en las conversaciones de Ginebra deben llegar rápidamente a un acuerdo sobre la manera de organizar unas elecciones democráticas, transparentes y justas en Ucrania, tanto presidenciales como parlamentarias. Lo peor que puede ocurrir es que se lleven a cabo esas elecciones y que, sin embargo, una parte importante de la sociedad ucraniana y de sus socios en el mundo no reconozcan su legitimidad. Por supuesto, el momento de las elecciones es importante, pero aún más importante es crear las condiciones necesarias para que se puedan llevar a cabo. Esto incluye la aplicación escrupulosa de los procedimientos pertinentes, la presencia de observadores internacionales y otras medidas de este estilo. Los socios internacionales de Ucrania deben desempeñar un papel activo para garantizar la legitimidad de las futuras elecciones.

Por último, todas las partes interesadas deben centrarse no ya en lograr ventajas tácticas sino en ayudar a Ucrania a librarse de la agitación en la que se ha visto sumida. Cuando el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, expresó públicamente sus dudas de que la Declaración de Ginebra se pusiera en práctica apenas unas horas después de que se firmara, se puso al lado, ya fuera a propósito o involuntariamente, de aquellos que no quieren una solución a la crisis y que están trabajando para que aumenten las tensiones en Ucrania.

La crisis de Ucrania es una prueba de la máxima exigencia para la comunidad internacional pero, como dijo hace unos 50 años el presidente de Estados Unidos, John F. Kennedy, "Nuestros problemas están producidos por los hombres; por lo tanto, pueden ser resueltos por los hombres".

Igor Ivanov fue ministro de Asuntos Exteriores de Rusia desde 1998 hasta 2004 y actualmente es presidente del Consejo de Asuntos Internacionales de Rusia.

 

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guillermo_suecia@hotmail.com


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