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Cuento para niños mayores de 18 años

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(Visita también: Silvia Rodriguez Bravo, poetiza chilena)


Cuando hizo su entrada al comedor, alguien – con toda seguridad un envidioso de esos que proyectan sus propios defectos en otros – notó que el huésped traia los pantalónes al revés. Es decir la bragueta en el culo, y los bolsillos traseros en los muslos. Y si bien es cierto era algo extravagante que no merecia más que una espontánea subida de cejas como un acto espontáneo de extrañeza, el tránsfuga que sentia pesar por el bien ajeno se acercó con una sonrisilla irónica al de los pantalónes y sosteniendo un tibio vaso de cognac en una de sus manos vírgenes le dijo tienes los pantalónes al revés, al tiempo que se reía a hurtadillas.

El huésped, un anciano un tanto encorvado por el paso del tiempo sobre su cuerpo, detuvo su andar lento y observandolo con atención desde su arquitectura torcida le dijo tú no sabes hacia donde me dirigo, porque si camino hacia atrás la bragueta estará en su lugar adecuado. Y retrocediendo hacia el bar holandés exiguió cocaina, tabáco y alcohól para entrar en calor. Y una puta cuarenta años menor que él para pasar la noche sin tener que lavarle la placa dental a su abuela, que dormia en el cuarto trasero de la casa que habitába.

Lavó en cambio la suya cuando al día siguiente y después de despedirse amablemente de la puta, asi como se despiden dos colégas de trabájo, sacó el sabor a labios públicos de su boca, se puso un par de calzoncillos desechables de esos que usan los muertos antes de morir, introdujo sus piernas en sus pantalónes - pero esta vez de manera correcta - se dirigió una vez más hacia el bar holandés y esta vez exigió sal de fruta, aspirina y yoghurt. Y una puta para pasar el día? le preguntó el barman trasnochado. No, le respondió el anciano y agregó entre toces tabaqueras, lo que necesito ahora es un perro y un bastón de esos que usan los ciegos, para llegar a mi hogar.

Y cuando hizo su salida del comedor, el mismo envidioso del primer reglón lo miró algo confundido y antes de abandonar el local, el huésped le dijo con voz un tanto socarrona como vez, ahora voy para delánte y por eso la bragueta apunta hacia el norte y no hacia el sur.

Oh, boy! dijo el barman para si mismo, y cerrándo la noche y el bar se fue a masturbar.


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