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Nocturno

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La noche está tranquila y yo más callado que un molusco del Pacífico, pienso que la luna era mi tierra. Y a ritmo de candombe japonés dejo que las gotas de una lluvia de fin de verano laven mi pelo y guardo mi paraguas en la mochila de mi espalda mojada, mientras al otro lado del planeta arrestan a los transeúntes clandestinos y cotidianos que transporta el Río Grande, humedeciendo sus esperanzas sin papeles oficiales y color de piel equivocado.

Y como imán involuntario cargado por magnetismo genético de abuelos bien paridos, atraigo a locos y locuelos que se acercan a mi lado como perros callejeros pidiendo pasta recocida. Cuál será la atracción? me pregunto mirandome al espejo, y ahora entiendo! Porque si yo fuese loco, demente o angustiado, también seguiria a la imágen desconcertada y confusa, pero muy clara en su pesar, que me muestra ese cristal indiscreto de profundidades infinitas. Porque diganme si alguien ha visto caer una imágen de sus ramas, antes que se pierda en su túnel temporal.

Ayer pasé por el parque de Kungsträdgården en el centro sur de Estocolmo, y vi siluetas que se movian con desgáno al ritmo de música de rock aguado, porque a quién le gusta volver a la rutina de la normalidad de horarios establecidos por la superestructura oficial?  Di una vuelta por la plaza de Gustav Adolf en las afuera de la Opera, y escuché un poco desganádo como Svante Turesson mostraba lo ultimo de sus fuerzas para sacar una voz que ya se marchitó. El coro de mujeres jóvenes vestidas con prendas rojas de verano fue lo mejor de su actuación, porque el viento divino que pasó por nuestro lado interpretó correctamente nuestros pensamientos y les levantó las polleras cortas, mostrando piernas muy hermosas y culos redondeados por la historia escandinava, de brujas rubias y narices respingadas.

El bus que me llevó al paradero de mi vida se repletó de turistas cansados pero satisfechos de haber hecho un buen día, y sus voces extranjeras me hicieron comprender que la torre de Babel no es solo cuento bíblico sino realidad contemporánea. A preté el botón para abrir la puerta y me bajé sin siquiera haber utilizado una mínima parte de mis recursos afectivos para amar a todo el mundo. Di las buenas noches a una pareja que pasó por mi lado, y me perdi en la ultima noche del verano de Estocolmo, entre el Báltico y el azfalto de una calle cualquiera.

Apagué la luz de un farol y me di cuenta que fue un error pues me quedé sin lumbre para el cigarro del estribo, tan necesario cuando no se puede dormir caminando afirmado en las brisas nonatas de un viento otoñal, que con su soplido tibio, ya está borrando las quimeras de un verano sin calor.     



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